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Por: Gustavo Zelaya Herrera

A diferencia con el resto de Hispanoamérica, Centro América no obtuvo su independencia luego de conflictos armados contra la Corona española sino por medio de negociaciones del grupo de poder colonial   expresadas en el Acta de Independencia de septiembre de 1821; meses después ese grupo proclamó la anexión a México. La decisión de anexar la región al imperio mexicano de Agustín de Iturbide no fue unánime y desató conflictos entre las elites de la región. Ante la caída de la monarquía se convocó una asamblea constituyente en 1823 que dio lugar a las “Provincias Unidas del Centro de América”[1], conformada por cinco Estados: Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. La lucha entre los grupos de poder se agudizó. Por un lado, las elites guatemaltecas y sus aliados de otras partes de la región defendían el centralismo para conservar el predominio heredado del periodo colonial, esa era la posición del bando conservador. Por otro lado, las elites salvadoreñas en particular abogaban por una federación para afianzar su influencia en la región, perspectiva asociada al bando liberal.

En ese proceso de independencia, encabezado por hacendados, autoridades coloniales y comerciantes criollos, también participaron de la anexión y posterior separación que se desarrolló aproximadamente en dos años; casi todos los documentos oficiales del momento: actas, proclamas, informes, etc., elaborados alrededor de varias tazas de café, fueron suscritos por los que ocuparon sitiales de poder desde finales de la hegemonía colonial hasta un poco después de la supuesta independencia, algunos fueron: Gabino Gainza, El Marqués de Aycinena, Miguel de Larreynaga, José Cecilio del Valle, Mariano de Beltranena, Manuel Antonio Molina,  José Matías Delgado, Antonio Rivera, José Mariano Calderón, José Antonio Alvarado, Ángel María Candina, Eusebio Castillo, Mariano de Larrave, José Valdés, José Domingo Diéguez, Mariano Gálvez, José Domingo Estrada, Pedro Molina.

El interés de la mayoría de esos personajes quedó bien claro en el Acta de Independencia de 1821, cuando el redactor de la misma propuso: “1º.- que siendo la Independencia del Gobierno español la voluntad general del pueblo de Guatemala, y sin perjuicio de lo que determine sobre ella el Congreso que debe formarse, el señor jefe Político la mande publicar para prevenir las consecuencias que serían temibles en caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”[2]. Además de su terror a las “temibles” consecuencias de que el pueblo fuera quien encabezara el proceso independentista, en otro apartado del Acta dejaron en firme la continuidad del poder político colonial: “7º.- Que entre tanto, no haciéndose novedad en las autoridades establecidas, sigan éstas ejerciendo sus atribuciones respectivas con arreglo a la constitución, decretos y leyes, hasta que el Congreso indicado determine lo que sea más justo y benéfico”[3]. Y como corolario: “8º.- Que el señor Jefe Político, Brigadier Don Gabino Gaínza, continúe con el Gobierno Superior político y militar; y para que éste tenga el carácter que parece propio de las circunstancias, se forme una Junta Provisional Consultiva, compuesta de los señores individuos actuales de esta Diputación Provincial y de los señores Don Miguel Larreynaga, Ministro de esta Audiencia; Don José del Valle, Auditor de Guerra; Marqués de Aycinena; Doctor José Valdés, Tesorero de esta Santa Iglesia: Doctor don Ángel María Candina; y Licenciado don Antonio Robles, Alcalde 3º Constitucional: el primero, por la provincia de León, el segundo, por la de Comayagua, el tercero, por Quezaltenango, el cuarto, por Sololá y Chimaltenango, el quinto, por Sonsonate y el sexto, por al Ciudad Real de Chiapas. 9º.- Que esta Junta Provincial consulte al señor Jefe Político en todos los asuntos económicos y gubernativos de su atención”[4] .

 Fue en ese contexto de la mediatizada independencia en donde destacó el hondureño Francisco Morazán. Sus victorias militares le erigieron en caudillo centroamericano liderando la tendencia liberal a favor de una federación frente a la dominación guatemalteca. Fue elegido dos veces a la presidencia de la República Federal entre 1829 y 1839 y aclamado como Benemérito de la Patria. Sin embargo, no logró apaciguar las luchas entre facciones y surgió otro caudillo opositor de dimensión centroamericana, el guatemalteco Rafael Carrera, relacionado con los conservadores.

Tras la derrota militar de 1840, Morazán decidió partir al exilio, dejando la Federación desarticulada. Volvió dos años después, creyendo poder reafirmar su autoridad, pero murió fusilado en 1842. Todo el accionar político de Francisco Morazán dio paso a una idealización de su figura; fue curiosamente erigido en una especie de mártir político gracias al esfuerzo de gobernantes conservadores y otros menos conservadores como los identificados con ideas liberales y positivistas. Al menos en Honduras, la manipulación de su figura ha servido para que los grupos que han controlado y controlan el poder económico y político legitimen su hegemonía y hagan creer que son los herederos de sus ideas avanzadas. Estos grupos son los que organizan la conmemoración del bicentenario, además, son los que agreden a las comunidades y llevan a cabo proyectos de concesiones del territorio nacional al capital extractivista; son los fanáticos abanderados de la forma extrema del expolio con el nombre de Zonas Especiales de Desarrollo y Empleo.

Aunque sin aparente vinculo inmediato con la independencia negociada por los grupos de poder del año 1821, existe una estrecha relación entre los eventos de ese año en la ciudad de Guatemala y la inútil lucha de Morazán por la unión de Centroamérica. En el fracaso del proyecto federal participaron caudillos, caciques municipales, funcionarios con mentalidad colonial, la frágil estructura financiera del Estado, los roces con la iglesia, el atraso general, el débil aparato militar de la federación y el imperio inglés respaldando a los separatistas; eso y otros elementos históricos hicieron que el programa de Morazán no tuviera impacto en aquella circunstancia y casi ningún eco en el presente.

Desde entonces hay cambios relativos en Honduras. La estadística en salud, educación, derechos humanos,  tasas de crecimiento, niveles culturales, etc., muestran la existencia de algún avance y el desarrollo de formas de dependencia más descaradas, más tecnificadas; la violencia estructural provoca profundas inequidades sociales y agresiones a los derechos fundamentales. La existencia de una tasa oficial de homicidio que las autoridades hacen oscilar entre 38 y 45 por ciento, depende del tiempo electoral o de la etapa de la crisis, y que el gobierno se jacte de tal cuestión es prueba de la gravedad de la situación. Frente a las dudas que provoca la certeza de ese dato o la estadística de la pandemia, puede afirmarse que la circunstancia de la colonia fue placentera y que el régimen actual, con sus medidas económicas, la sistemática corrupción, la entrega del territorio y la represión potencian la mentalidad colonial y expanden la violencia contra la mayoría de la población.

En el grupo del poder existe un poderoso sector servil, fanático, corrupto, que supera cualquier entreguismo anterior, representado en Juan Hernández Alvarado y su pandilla, que pone a un lado conceptos burgueses esenciales como el de Soberanía, Estado Nacional, Contrato Social, División de Poderes, la clásica noción de los contrapesos, etc. La anulación de esos presupuestos básicos y la concesión de porciones del territorio nacional nos muestra la vigente claridad del pensamiento de Morazán cuando sostenía que el enemigo no tiene nación ni respeta derechos y, a pesar de ello “Los pueblos que han sabido sostener la libertad, cuando el pacto social se veía disuelto a esfuerzos de las intrigas y maquinaciones de los enemigos del orden, sin regla fija que pudiese dirigir sus pasos, y abandonados a sus propias opiniones y recursos, sabrán también sostener la integridad de la República”[5] .

Esa confianza morazánica en el pueblo está pendiente de realización y su posibilidad podría fundarse en el fortalecimiento de los movimientos sociales, en la intención de construir una sociedad antirracista, antipatriarcal, respetuosa de las diferencias, que sea capaz de superar la tradicional concepción de la igualdad y se edifique a partir de la equidad. Bajo el régimen actual, ese que organiza la “celebración” del bicentenario, todos esos momentos son imposibles de objetivar y no sólo por su carácter reaccionario, también por efecto de una crisis general manifestada en la pandemia, la crisis sanitaria, política, económica y ambiental; crisis que está en los fundamentos del sistema capitalista que, es razón suficiente para entender que el desastre se encuentra en la esencia de ese sistema, porque atenta contra el fundamento mismo de la vida humana y contra la naturaleza. A esto se le agrega el hecho inmediato del descalabro del sistema de salud provocado por los recortes presupuestarios y los ajustes estructurales.

El latinoamericano de Nuestra América José Martí, elogiando a Morazán, sostuvo que “La Independencia, proclamada con la ayuda de las autoridades españolas, no fue más que nominal y no conmovió a las clases populares, no alteró la esencia de esos pueblos – la pureza, la negligencia, la incuria, el fanatismo religioso, los pequeños rencores de las ciudades vecinas: sólo la forma fue alterada. Un genio poderoso, un estratega, un orador, un verdadero estadista, el único quizás que haya producido la América Central, el general Morazán, quiso fortificar a esos débiles países, unir lo que los españoles habían desunido, hacer de esos cinco estados pequeños y enfermizos una República imponente y dichosa. Y lo hizo, -pero los pueblos, que están generalmente formados por gentes vulgares, tardan en comprender lo que los hombres geniales prevén.- La política de las rivalidades venció a la política de unión; la vanidad de los Estados fue más poderosa que la unión bienhechora. Morazán fue muerto y la unión se deshizo, demostrando una vez más que las ideas, aunque sean buenas, no se imponen ni por la fuerza de las armas, ni por la fuerza del genio”  [6] .

Ese legado fue asumido por Martí y lo incluyó en su propuesta latinoamericanista, en tal sentido el cubano creyó importante “Resucitar de la tumba de Morazán a Centroamérica”[7] .

La validez de Morazán, ese genio poderoso, se muestra no sólo por el uso de su imagen en los movimientos sociales que buscan superar el liberalismo y viejas formas socialistas, especialmente en algunas ideas unionistas que pueden incorporar nuevos contenidos democráticos propios de la experiencia de la lucha popular, que puede integrar a grupos sociales que ayuden a construir relaciones solidarias, cálidas, valientes entre todas las personas. Pero la reivindicación democrática sigue siendo manipulada por la corrupción de los grupos dominantes y su delirio neoliberal, que arremeten contra los anhelos por edificar una sociedad más digna y moralmente superior a la condición existente.

Pero en la Honduras de Morazán  también está Juan Orlando Hernández y su pandilla; están las maquilas, la base norteamericana de Palmerola, los movimientos sociales, el extractivismo y la narcopolítica; nuestro país colmado de contradicciones en donde el sistema de seguridad promueven inseguridad en las comunidades; con funcionarios públicos que abiertamente dijeron ser parte del asalto al sistema de seguridad social y que llevan a cabo una profunda operación de privatización de los sistemas de previsión.

Aunque sea complicado hablar de la necesidad de una sociedad  respetuosa de la vida y de las diferencias en el momento en que la muerte en forma de represión y pandemia  azota la geografía nacional ; la posibilidad de un país más digno y justo fue indicado por algunos próceres, por ello hay que lograr más conocimiento de su herencia, sacarlos de museos y cuarteles, discutir sobre el contexto en donde se forman  las ideas avanzadas del genio poderoso que rechazó la tiranía, garantizó el sufragio, la educación laica, el matrimonio civil y la separación de la iglesia con el Estado; no dejar de lado un notable elemento presente  en la estatua de Morazán del  parque central: esa espada en mano, la que señala el horizonte. Ese puede ser el medio, desde ella se indica el rumbo.

“El mentor y tío de Morazán, Dionisio Herrera, primer Presidente de Honduras, al ver el triunfo del oscurantismo sobre las aspiraciones de libertad y modernidad en Honduras, dijo: “No sé qué presagios funestos, no sé qué porvenir desgraciado cubre mi alma de luto y tedio…No hay país en el mundo donde haya más apatía, más pereza en los negocios y menos espíritu público que en Honduras … Sólo veo hombres que quieren elevarse, y sin títulos bastantes, se creen capaces de gobernar el mundo”[8] . Uno de los objetivos de la lucha popular por hacer realidad la independencia es abatir el triunfo del oscurantismo que cubre el país desde el inicio del primer proceso independentista.

[1] Del Blog Historia Crítica. Anarella Vélez Osejo. Declaración de Independencia Absoluta de Centroamérica. DECRETO LEGISLATIVO DE LA ASAMBLEA NACIONAL CONSTITUYENTE, DEL 1º DE JULIO DE 1823

[2] https://blogs.unah.edu.hn/degt/acta-de-independencia.

[3] Ídem.

[4]   Ibíd.

[5]  Meléndez, Carlos Ch. (1996): Escritos del General Francisco Morazán; Banco Central de Honduras, pp.108-109.

[6] Martí, José (2011): obras completas, volumen XIX, Karisma Digital, Centro de Estudios Martianos,  Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, p. 96.

[7] Ídem.

[8] Del Blog Otramérica de sur a norte:   Morazán, de la República Centroamericana a la No República, por Ollantay Itzammá.

Un comentario en “El Bicentenario y el genio poderoso

  1. Me recuerda la historia de Juana (la loca), una mujer sin ambición de poder en medio de la turbulencia de ambición de poder de las monarquías de lo que hoy se llama Europa (no existía tal concepto aun). Los comuneros de Castilla quisieron hacer bando con ella, negándose a tal pretensión, firmo su sentencia de reclusión de por vida encerrada y obligada a enfermarse mentalmente por querer ser ella, libre y mujer, sus hijos, de la tal Juana, fueron reyes repartidos por bastos territorios. Eran los 1550, cuando acá teníamos los que después desarrollaron la trama de poder, los bis nietos de aquella época, seguramente, buscando el poder nos han dejado todo lo que usted de una manera clara y concisa ha resumido. Lo interesante es el «pueblo», sea aca o alla, siempre a merced de lo que «sus majestades, sus licenciados y nobles» decidan, de bien o de mal. Miedo al pueblo SI. Hoy con el cacique Juan Orlando, cual regente de una provincia norteamericana, hace tal cual hacían en la época colonial, salvando las distancias y modos, por supuesto. Y el pueblo, el pueblo sigue igual, acudiendo a las iglesias a ser adoctrinados, viendo los «bandos (TV)»donde el regente Juan Orlando proclama las bondades del redimen y la obediencia a sus mandatos. Si alguien se tuerce o se revela contra dicha autoridad, ahí están las FFAA y la fuerza represiva para castigarlo. Siempre con la esperanza de que los tiempos sean mejores.

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