Opinion

      Ecuador, modelo para rearmar

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Por: Cesar Verduga Vélez  

Foto portada: Xinhua

 

Analizar el Ecuador y su coyuntura no parece ser asunto que concierne a la sociología o a la ciencia política. Parece más de la literatura y no de cualquier corriente literaria sino de aquella que habita en el raro terreno del “irracionalismo fantástico”, donde las palabras de Julio Cortázar son irreemplazables: “La opción del lector, su montaje personal de los elementos del relato, serán en cada caso el libro que ha elegido leer”.

En las cuestiones que el Consejo Nacional Electoral (CNE), a través de un comité de debates, se planteó el cruce de los candidatos a la segunda vuelta electoral. Millones de ecuatorianos lo vieron, oyeron, comentaron o rumoraron. No estuvieron temas que son centrales para el Ecuador del 2021 y años posteriores.

El estallido en el sistema penitenciario, que apenas hace días provocó un motín con la muerte de 80 reclusos, desnudó una crisis que es espejo de otras mayores y que involucran al estado y la sociedad. Desde 2009 se han registrado más de 50 amotinamientos carcelarios y los muertos suman más de 250 reclusos. El Estado, los medios y redes sociales, los analistas y, por supuesto, el CNE, lo olvidaron con tanta premura como se secaba la sangre de los muertos y heridos de esa tragedia

 Imposible olvidar las palabras de Nelson Mandela: “Quién no conoce las cárceles, no conoce un país”. En Ecuador el ataque de amnesia parece ser general.  Esa crisis del sistema penitenciario es como la gota de agua de lluvia fresca y limpia que permite transparentar la estructura social injusta, el Estado ausente, la creciente presencia de la delincuencia organizada transnacional en la vida del país.

Según la Policía Nacional, el sicariato se ha vuelto no ya un asunto de noticias de prensa de Colombia o México sino que es ya tan ecuatoriano como el seco de chivo o el llapingacho. Tiene centenares de pistas de aterrizaje clandestinas e importantes provincias que actúan como bodegas y puertos de reexportación de drogas ilícitas. Ya son varios los ciudadanos que perecen asesinados misteriosamente, sin que nunca se aclare a fondo su asesinato y su contexto de causalidades.

Son noticias de un día y solo mantienen vigencia en los medios cuando la persona asesinada es “alguien” en una sociedad de señores y sirvientes. Esos no fueron temas del debate electoral realizado para millones de ciudadanos. En el Ecuador la amenaza real de transformarse en narco estado no es tema del debate de quienes disputarán las elecciones para decidir quién será el Jefe de Estado a partir del 24 de mayo de 2021.

Vuelvo al Cortázar de 62: Modelo para armar. “Ahora todo no me ha dejado más que la curiosidad, el viejo tópico humano: descifrar”. ¿Quiénes integraban el comité de debates? ¿Por qué no pusieron estos temas en los extensos cuestionarios que elaboraron? No se trata de buscar cómplices entre quienes integraron ese comité, ni tampoco declararlos ignorantes absolutos. El asunto es más grande e importante. Y es que no están en la conciencia social “esos insignificantes temas”.

Provoca pena y temor.  Gobiernos zombis suelen ser la antesala de un estado fallido. La erosión de la autoridad legítima y la incapacidad para suministrar servicios básicos, dos de las características de un estado fallido, ya están presentes en el Ecuador. Un estado fallido no se gesta, viviendo en democracia, en uno o dos períodos gubernamentales. Fructifica en un período prolongado de tiempo que se mide en varios lustros. Cuando emerge y se consolida cuesta otros tantos lustros superarlo. Y el costo social y humanitario es gigantesco.

Esa amenaza latente y emergente tampoco fue tema del debate.  La necesidad de cambiar estructuralmente un estado centralista, burocratizado, ineficaz e ineficiente no fue debatida con la seriedad que el asunto demanda.  Ni las necesarias reformas a una Constitución y un Código Penal que ignora el derecho internacional de los derechos humanos, permite la sentencia de un acusado en ausencia, o la penalización de quien se opone y llama a resistirse a una política pública, delineada por un gobierno constitucional y temporalmente en el poder.

Hay quienes se preguntarán por qué ningún candidato rompió la rigidez de un cuestionario incompleto. Ellos mismos se responderán parafraseando la sabiduría de Cortázar: “Usted le parece que en realidad somos en el lado derecho y en el lado izquierdo, uno poco útil y otro inservible”.

Pero, afortunadamente, el debate no es el único hecho destacable en la campaña electoral en marcha. Los candidatos tratan de coincidir en la defensa de la dolarización, que hace ya muchos años garantizó una salida razonable a la crisis fiscal y la inflación, que acompañó a una economía que había sido conducida erróneamente desde la política. También suelen coincidir en la necesidad de fortalecer el precario sistema de salud pública, vandalizado por la corrupción en varios gobiernos. Y presentan ofertas para enfrentar la dramática pérdida de empleos y el crecimiento de la extrema pobreza, agudizados por la pandemia Covid-19. Con las críticas metodológicas mutuas, propias del juego electoral democrático.

Coincidiendo con la realización de la primera vuelta, han sido electos los miembros de la Asamblea Nacional. El pluralismo y la diversidad han sido los grandes ganadores. Ahora el desafío para quien resulte electo el 11 de abril será la negociación y la búsqueda de acuerdos para construir políticas de Estado en las áreas críticas, en las que deberá intervenir centralmente el poder público. Para que el gobierno que resulte electo sea eficaz y eficiente debe buscar en el centrismo su estilo político de conducción, para superar la paráfrasis de Cortázar sobre “el poco útil y el inservible”

La búsqueda de gobernabilidad en base a acuerdos y consensos en temas críticos dejó de ser una aspiración política. La pandemia lo transformó en necesidad patriótica. En especial en un país pequeño, flanqueado por dos vecinos de mayor peso geopolítico. Para que no haya que sufrir la sentencia de Cortázar: “Solo las palabras como símbolos existen en el vacío de los siglos”, los ecuatorianos deben recurrir a su espíritu democrático y pacífico, repitiendo la masiva asistencia a las urnas de la primera vuelta, observando el entusiasmo y los cuidados sanitarios requeridos.

Entonces se podrá aspirar no a un “modelo para armar” sino a un país para re/armar.

Así, el 11 de abril, se podrá gritar la frase histórica del expresidente Jaime Roldós: “Vamos a escribir historia ecuatoriana”

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