De monstruos, femicidas y sobrevivientes

Porque las personas que deberían protegerte de los monstruos, resultan ser también monstruos y por poco te matan. Necesitamos que el sol salga después de tanto, creo que nos merecemos el sol: Jessie Burlingame, a su niña interior.  El juego de Gerald.

 

Por: Jessica Isla

Feminista y escritora

redaccion@criterio.hn

Tegucigalpa.-Hace poco me preguntaron sobre el período en el que pensaba publicar un nuevo libro de relatos. –No sé, les comenté. –El tiempo se me va en escribir cartas abiertas, comunicados, pronunciamientos, noticias y en redactar todo aquello que no se dice más allá de las cifras, escribo para denunciar lo que este país le hace a sus mujeres, porque si no escribo sobre eso, creo que sería muy difícil vivir. Y para mí, sinceramente, lo es. Porque veo las caras de las mujeres al levantarme, al caminar, en el trabajo e incluso cuando me acuesto son sus voces y sus pasos las que pueblan mis noches de insomnio. Tal vez será porque en cada una de ellas me veo a mí y a mi hermana chiquitita con una o de angustia en su boca, interponiéndose entre el padre y mi cuerpo soñoliento, así como veo a mi madre suplicando que pare de golpearla, que si no lo hace por ella, lo haga por nosotros. Me veo a mí, dolorosa en ese tiempo y resistente ahora, sabiendo que nunca parará de hacernos daño. Nunca lo hizo y nunca lo hará, ni él, nuestro monstruo particular, ni todos los monstruos que pueblan esta patria y no tienen empacho en asesinar a sus amantes, vecinas, hijas, primas, nietas, amigas, la chica que cruzó la calle, la que no dejó tocar en el bus, la que les denunció. 

Puedo imaginar la soledad que invade a los niños y niñas a la que la madre le es arrebatada o el desconcierto que se apropia de sus miradas cuando tienen que convivir con ella, mutilada. Puedo sentir la ira de los hermanos y hermanas y la angustia del padre, tanto como el dolor profundo de las que de pronto sienten un vacío en el útero, ese que gestó por meses, con amor, decisión o indecisión a sus hijas, pero que finalmente las sostuvo. Esas madres, ahora vacías que vieron abrir los ojos a sus niñas, escucharon sus primeras risas, cuidaron sus primeros pasos, compartieron sus dudas y sus miedos, las vieron crecer, acompañarse, tener otros hijos y escoger al hombre que jurándoles amor, las mutiló, las violó y las mató.

También veo al hombre que les juró amor a las madres y terminó asesinando a sus hijas o al ladrón que esperó a la chica que se no se dejó robar para hacerle pagar con su vida la osadía de resistirse y por supuesto, al hombre que rapta a la bebé para violarla y después tirarla en un cubo de basura, al jefe del crimen organizado que rapta y comercia con mujeres o a los tipos que dirigieron su mirada a aquellas adolescentes que se negaron a obedecerle y a las que finalmente terminaron en bolsas negras. Las que estuvieron en un lugar y hora equivocados porque desafiaron la creencia que las calles, las noches y la vida son de los hombres.  Los veo a ellos, monstruos pequeños e intuyo la luz de las que quedan. Lo que no puedo entender es como una sociedad entera no puede imaginarse estas escenas, no puede sentirlas y vivirlas, no puede dolerles a tal punto de paralizar las calles exigiendo que ya no maten a sus mujeres. Supongo que mucho de esto, lo promueve un Estado donde la norma en el asesinato de mujeres es la impunidad y unos medios que justifican a los femicidas con frases como “La mató, cegado por los celos (como si los celos, físicamente, pudieran quitar la vista) o por estar sola, la asesinó y no podía faltar: la madre no la cuidó y terminó muerta” porque como no, la culpa, por donde la veamos, siempre es nuestra, tanto si lo queremos, como si no. Por eso debemos combatir día a día con la culpa y desterrarla a algún lugar profundo, por eso no debemos dejar de horrorizarnos con los femicidios y exigir justicia.  

Un escritor de ciencia ficción decía que se puede prever el futuro de una nación por como trata a sus mujeres, puesto que ellas son no solo la vida, si no, la promesa de ella. Y yo me cuestiono eso cada vez que pienso que Honduras es un país de apenas 9 millones de habitantes, donde una mujer es víctima de femicidio cada 23 horas y a los 31 días del mes de 2019 reporta 29 mujeres asesinadas. No sé si como Estado nación, tengamos algún futuro. Lo que sí sé, cada vez con más certeza, es que de haberlo, somos las mujeres las que construiremos ese futuro, tanto como construimos este presente y por eso nos matan, por ser vida, luz, voz, palabra, cuerpo de protesta. Esa protesta que enfrenta a los monstruos cotidianos e intenta alejar la violencia que los consume y nos consume, esa protesta que se niega a ser sepultada, esa denuncia que no se calla y que salió a las calles después del golpe de Estado, para nombrarse por primera vez pública y masivamente, feminista.

Este país tiene nombre de mujer, como diría una de nuestras más conocidas poetas y yo agregaría que este país es una guerrera que se levanta a pesar de los golpes y de las torturas, a pesar de las violaciones y los encierros, a pesar de las amenazas y la muerte. Una mujer que son miles de mujeres que resisten y guerrean, que no caen sin pelear por la vida, a cada minuto, a cada segundo, ya sea enfrentando o huyendo de la muerte con sus hijos e hijas, con sus cuerpos niños, jóvenes o viejos, con sus discapacidades, con su color de piel negra o profundamente indígena, con sus vestidos trans. Todas somos Honduras, no porque sea literalmente cierto, si no, porque esa es la utopía que nos impulsa a seguir. Y porque al final, quieren desaparecernos porque son ellos los que tienen miedo de nosotras, tienen miedo de nuestro poder, de nuestra sexualidad y nuestra fuerza.

Mi madre me preguntaba porque Honduras se había convertido en pocos años en uno de los países más peligrosos para las mujeres, casi desde el Golpe de Estado. Y me vi contestándole: -Porque allí, como en otras épocas, empezamos a rebelarnos y nos atrevimos a pensar que nuestros cuerpos y voluntades no son de nadie, más de que nosotras mismas. Estoy segura que estas mujeres no están muriendo sin presentar pelea, sin someterse y eso, en este país, nos cuesta la vida. Por eso escribo desde mi ser sobreviviente que me recuerda casi todos los días que no olvidé agradecer por estar viva y ser lo suficientemente afortunada para poder escribir sobre aquello que otras no pueden porque silenciaron su cuerpo o su voz, de mil maneras.

Finalmente, quiero desearles un buen camino a todas, amadas guerreras, a las que están y a las partieron. Que el camino y las estrellas, nos sean propicias para seguir sembrando nuestras rebeldías, porque la lucha sin duda será larga. Sin embargo, conscientes o no, estamos paradas en el tiempo esperando el día que nos encontremos desde la ternura y la sabiduría, en todos los poderes (públicos y privados) en todas las calles, cantando en grupos cada vez más grandes, pintando muros y paredes, dispersando nuestras palabras por todos lados, escribiendo nuestras propias leyes y contando nuestras historias, tomando el control de los medios de comunicación, caminando por las calles libres o en nuestras sillas de ruedas, dirigiendo este país y haciendo del erotismo y el placer un derecho inalienable, negándonos a callar y a renunciar a quienes somos, siendo tantas que seamos imparables. Esta matria es nuestra y de los amores que decidan acompañarnos. Esto claro está, es una utopía, como muchas, pero es una que me asalta iluminada y potente, destinada no dejarse doblegar, porque como todas las guerreras saben, es la utopía rabiosa de las sobrevivientes.

En el país que mata a sus mujeres

Febrero, 2019

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