De la aguda inteligencia de Gramsci

Céteris Páribus

 

Por: Julio Raudales

 

Hace pocas horas que los relojes marcaron en el puño y el celular de la gente; o las paredes de las casas y las iglesias, la llegada del 1 de enero de 2020. Curioso número que parece hechizar con su sinsentido las esperanzas e ilusiones de todas y todos.

2019 no fue, como sí fueron sus antecesores terminados en “9”, al menos en las últimas 5 décadas, un parteaguas o hito, bueno o malo para Honduras: 1969 fue el año de la guerra fratricida, 1979 el de la revolución del vecino, 1989 el fin de la “guerra fría”, 1999 el huracán que asoló nuestro territorio y 2009 la hecatombe política que destruyó nuestra esperanza republicana. 2019 fue más bien un año anodino, parco, prosaico y frustrante, un año para el olvido, para echar a la basura.

Las expectativas generadas por los hechos de finales de 2018 sólo sirvieron para ahondar la desilusión de millones de compatriotas que, más que un giro político, esperaban algún atisbo de mejora en su calidad de vida. Las caravanas migrantes, el juicio por narcotráfico, los procesos por corrupción gubernamental y los movimientos reivindicadores de la educación y salud pública, parecen ahora espejismos de un pasado que “pasó sin que pasara nada”.

Y henos aquí: el 2020 se cierne sobre Honduras como un torrente de malos augurios.

La sequía y falta de una política clara de apoyo al agro, (o será que pasar dinero a los militares cuenta como política), sumadas a la caída en el precio internacional del café, el aceite de palma y demás postres que producimos para exportar, solo hacen prever que el hambre persistirá en la gran mayoría de las familias, especialmente las que viven en zonas rurales.

El ingreso multitudinario de compatriotas deportados de los Estados Unidos, la entrada al mercado laboral de mas de 200 mil jóvenes que esta vez no podrán siquiera albergar la esperanza de migrar; la estampida de corporaciones internacionales que no avistan negocios florecientes en el territorio y la falta de asistencia y financiamiento a las mipymes, parecen el tiro de gracia a las esperanzas de cientos de miles.

¿Qué hacer? ¿Cómo cambiar esta odiosa realidad que vivimos en este pequeño pedazo de territorio que parece hasta dejado de la mano de Dios?

Quisiera ser optimista o desbordar mi fe, a propósito de las 12 campanadas o las uvas recién comidas. Lamento defraudar a quien me lee. El 2020, con toda su pompa numérica, no trae un pan bajo el brazo, solo más decepciones y dolor para un pueblo que no lo merece.

Por ello, sentado frente a mi ordenador ya avanzada la noche del 31, viene a mi el famoso libelo atribuido a Gramsci, el genial político comunista italiano, que a comienzos del siglo 20 espabiló a los gurús del recién estrenado ensayo socialista con su retórica innovadora que muchos tildaron de “revisionista”.

“Odio el año nuevo, porque cada mañana debe serlo” dijo el joven Antonio en aquella publicación del diario Avanti. La necesaria renovación y, agrego yo, el llamado a evacuar el inmovilismo de nuestras vidas debería ser motivación suficiente para tratar de lograr nuestros objetivos de forma eficaz.

Así que, más allá de lo rimbombante que nos pueda sonar, el 2020 no será ni el año de la ventura, ni el de la liberación de las tiranías, si continuamos creyendo que las cosas sucederán por sí mismas o por la gracia del Distrito Sur de NY, sino por el despertar consciente de una sociedad activa y sabia.

¿Sucederá? No lo creo. Como Casandra en la Ilíada, debo conformarme con ser un portador de malos augurios y defecciones. Ojalá y esté equivocado. Tal vez para el 31 de diciembre de 2020, en el umbral del bicentenario, los lectores de Criterio.hn serán los testigos de mis disculpas y buena noticia de mi error. Ojalá.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.