Daniel Ortega: el sepulturero de la revolución social

Nicaragua: la trampa de la deuda externa

Por: Oscar René Vargas 

Maquiavelo argumentaba que “la simulación o disimulación sirven al Príncipe (al dictador) para confundir la cabeza de los hombres con patrañas y hacer que se crean sus engaños”.

 

  1. Desde el 2007, Ortega ha implementado una política de alianzas que lo ha transformado en el sepulturero de la revolución social de 1979, al implementar políticas públicas en beneficio del gran capital, de los políticos tradicionales de derecha y transformarse en un dictador.
  2. Los poderes fácticos de la nueva y vieja burguesía se fueron haciendo dueño de mayores posesiones y de más poder. El dominio de Ortega, de los nuevos oligarcas, de los poderes fácticos tradicionales sobre el país son casi absolutos.
  3. Sin embargo, algunos intelectuales ligados al “orteguismo” han aceptado la tesis, contraria a la realidad, que a partir del 2007 vivimos la segunda etapa de la revolución social. Por lo tanto, dicen que Ortega es el continuador y rescatador de la revolución social de los gobiernos neoliberales (1990-2006).
  4. Estos intelectuales piensan que el “orteguismo-murillismo” es una fase “necesaria”, “prosaica”, “mediocre”, pero de carácter “progresista” de la evolución del proceso político de Nicaragua. Simpatizantes, militantes e intelectuales orteguistas piensan que en esta tesis hay un cierto “núcleo de verdad”, “válido” y de “preservación” de la revolución social.
  5. Los eventos sociopolíticos del 2018 en adelante, muestran, incluso a los ojos de algunos orteguistas, que este régimen no es ni progresista ni revolucionario, más bien es atrasado, reaccionario, corrupto y criminal. Por esa razón, el poder de atracción política del orteguismo en la juventud duró hasta la rebelión de abril de 2018.
  6. Esos intelectuales y militantes consideran al orteguismo, con todos los horrores, como un mal menor que busca cómo preservar el proyecto de la revolución social y ahora administrado por el dúo Ortega-Murillo, en donde han sido borrado cualquier veleidad de autonomía, libertad de pensamiento y democracia. Esos militantes, en su defensa al orteguismo, esconden sus propios intereses materiales y los de la burocracia estatal.
  7. La degeneración política y la involución moral del orteguismo-murillista se ha desarrollado tanto que se hace difícil, a ciertos militantes orteguistas, defender muchos aspectos de la política dictatorial, por eso la ruptura de algunos cuadros políticos del sandinismo con el “orteguismo-murillista.
  8. El monopolio del poder autoritario más la discrecionalidad más la impunidad menos la rendición de cuentas condujo al régimen a la corrupción política generalizada como método de enriquecimiento ilícito de la elite del poder y de los funcionarios del gobierno.
  9. La corrupción política ha permeado todos los espacios de la administración, en donde tenemos policías y/o funcionarios del poder judicial que están vinculados o protegiendo a grupos delincuenciales. La corrupción y la impunidad le permite a Ortega mantener amalgamado a sectores importantes del orteguismo.
  10. En los últimos años ha demostrado que sus principios son más moldeables que la plastilina, prometió un cambio estructural y nos regaló una pesadilla de la que ni siquiera nos deja despertar. La podredumbre de la corrupción es tan grande que entregar el poder es un suicidio para la nueva oligarquía. Y no lo van a permitir.
  11. Cuesta considerar con seriedad la idea que vivimos en la segunda etapa de la revolución como sostiene los voceros de la dictadura, intelectuales y militantes ligados al orteguismo; afirmación tan absurda, la cual es rechazada por la mayoría de la población, especialmente por los jóvenes, que siguen interesados en la lucha por un cambio estructural de la sociedad nicaragüense.
  12. Los que conocen bien al dictador, y esto incluye a las figuras que dicen oponerse a la dictadura, tienen que saber que toda negociación con él conduce al fracaso si con los resultados de ese proceso se pone en peligro su continuidad en el poder absoluto.

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