Coherencia, democracia y libertad de expresión

“Si no creemos en la libertad de expresión de aquellos que despreciamos, no creemos en esta en absoluto”.  Noam Chomsky

“Nunca imaginé que hablar, escribir y contar la verdad de lo que pasa, podría significar estar en la línea entre la vida y la muerte”. Dina Meza. Periodista y defensora de derechos humanos

 

Por: Rafael del Cid

“Coherencia” es una de las palabras favoritas de mi vocabulario como docente, investigador social y ciudadano común y corriente. Uso este término sin pretender reclamar superioridad alguna. Por el contrario, traer a consideración la palabra “coherencia” es como acudir al silicio o a cualquiera de las formas de autocastigo que utilizaban algunos buscadores de santidad del pasado. Es que este vocablo ayuda a recordar que somos humanos, y como tales estamos expuestos al error, siendo uno de los más frecuentes el decir una cosa y hacer otra. Adherirse de palabra a principios y, a la vuelta de la esquina, actuar en completo desacato a los mismos, esto es justamente lo que llamamos incoherencia. El llamado a ser coherentes es no sólo un asunto de razón, es también una alerta para evitar la traición a nosotros mismos y a nuestra causa.

El logro histórico más monumental de los sapiens en materia de capacidad para dialogar y lograr acuerdos de beneficio común ha sido, hasta ahora, la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). La expectativa original de esta declaración fue que cada país adherente la pusiera en práctica, sentando con ello las bases para que la democracia y la paz asumieran el imperio del orbe.  Sin importar el sistema económico asumido o el bloque político al que las naciones pertenecieran, de respetarse los derechos humanos como proclamados en esta declaración, la humanidad podría considerarse a salvo de las diversas formas de opresión social del pasado, de la intolerancia, del colonialismo y de las guerras del ayer.

Sin embargo, duele constatar que esta Declaración, como las muchas otras buenas intenciones de la historia (la Biblia, por ejemplo), ha pasado a ser una de las grandes víctimas de la incoherencia, es decir, de esa ruptura entre lo que se anhela y lo que al final se hace. Y no ha podido ser de otra manera en tanto la incoherencia es hermana o prima de la estupidez (o bobería), esa característica humana a la que Einstein (1879-1955) observó tan infinita como el universo o que el húngaro Paul Tabori (1908-1974) mostró presente en todos los lugares y tiempos en su memorable “Historia natural de la estupidez” (1959).

No obstante, ni la incoherencia, ni la negación de los estúpidos han de derrumbar el poder de un consensuado anhelo. Así, que siento pertinente traer a recuerdo lo que expresa el Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948): “Toda persona tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

Valga decir, que los diversos atentados al derecho a la libre expresión forman parte -no podía ser de otra manera- de la lista de indicadores de ausencia de la gobernanza democrática. Esto es bueno porque con ello se martillan las conciencias en reclamo de coherencia. Si un sistema social proclama ser democrático, libre o comprometido con el bienestar de la humanidad; si un partido político o una agrupación cualquiera se adhiere a causas como la justicia social, a la libertad y la democracia, que lo piense dos y mil veces más, porque será incoherente, un haraquiri contra su propia causa, el que su práctica contraria lo desnude a plena luz del día, especialmente en lo que a la libertad de expresión se refiere.

Pero sucede que la estupidez -de los poderosos principalmente- mira hacia el lado de la ignominia y antes que curar sus cuitas optan por disfrazarlas. Así se ha puesto de moda en (¿casi?) todo el mundo el enmascarar, con el chantaje, la intolerancia a la crítica o a la opinión de otros. ¿Adivinan a qué me refiero? Vemos aparecer entre los nichos del comercio la mercancía del pensamiento. Se vende y se compra el pensar. Hay demanda y hay oferta. El tintineo merodea el mundo científico-académico y sobresale, por su conexión con las grandes masas, en el mundo del periodismo. Los intolerantes acuden a adueñarse de los medios, a las buenas y a las malas, o a sobornar con publicidad y arreglos directos. Aquí, entonces, juega aquello de que el peor enemigo de una causa es quien la traiciona desde adentro; de nuevo, la incoherencia. El periodismo mismo, al ceder a la tentación o amenaza de los sobornadores termina por trivializar su propia razón de ser, el derecho a la libre expresión. Así socava sus propias bases y liquida su significado.

Alarmado por la magnitud del hecho, el papa Francisco condenó esa realidad del periodismo que se entrega a tergiversar las noticias. Con términos severos alertó a los periodistas a evitar el “caer prisioneros de la copromanía y la coprofagia” [Copromanía: interés anormal por los excrementos; coprofagia: encuentro de placer en los excrementos. Declaración al Semanario católico Tertio, Bélgica]. El mismo papa Francisco ha indicado a la gente que la forma de salvarse de ese periodismo de alcantarilla es la educación, cuando ayuda a discernir, valorar y formar criterio propio.

Dichosamente, gracias a la educación o al simple amor a la verdad, tampoco dejan de surgir y tornarse visibles en nuestras sociedades aquellos que logran vencer sus miedos o debilidades y mantienen su coherencia, su fe en principios, en causas fundamentales en las que creen y por las que terminan pagando con pobreza, incomodidades, cárcel, destierro o entierro. A estos insumisos les debemos los ciudadanos el agradecimiento, la honra y, principalmente y por coherencia, el imitarlos.

Una de las más caras expresiones de la libertad, es la libertad de pensar. Es un derecho. Y como tal, debía estar excluido de la interminable lista de mercancías. En este sentido, aunque muchas veces estuve en desacuerdo con su enfoque y forma de divulgar y analizar la noticia, le rindo mis respetos al periodista David Romero (QDDG). No he sabido que rogara piedad, que se arrodillara ante sus perseguidores, al contrario, exhortó -como un día lo hiciera Morazán en su testamento- a continuar su ejemplo.

Tegucigalpa, 18 de julio de 2020

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