¿A dónde vas, Juan? La mentira oficial y su disfunción

Alianza

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

La crisis exigía la unidad democrática de la nación, compartir conocimientos, la fusión de energías y conciencias colectivas, esfuerzos mancomunados, la definición por consenso técnico de la política sanitaria, la elección de los más competentes para dirigirla, una propuesta económica a la altura de las circunstancias. Pero ni lo intentaron, estos mediocres. ¿Para qué?

Sí, ¡no pasa nada! Una cosa es mantener la tranquilidad indispensable, prevenir la histeria colectiva que puede ser el peor mal de todos. Y otra, muy distinta, para nada conducente a la primera, es engañar a la gente. A la vista, tenemos una multicrisis que se imbrica de manera inextricable, se desplaza en la geografía, se desliza de una dimensión a otra. Más, según los voceros oficiales, los opositores obtusos se desahogan volándole mecha al gobierno que se sacrificó y resolvió lo que podía porque lo rebasaba la dimensión mundial. ¿Y ha actuado en forma ejemplar? Aun si en ningún otro lado ha sido excusa la peste para atracar las arcas y el crédito público.

En rigor, el apego oficial a los hechos solo es propio de las culturas democráticas, donde hay transparencia, en que no sirve de casi nada la mentira, porque la información certificada circula en forma amplia. En el mundo real, los países del Atlántico Norte, los escandinavos, Nueva Zelandia y Australia, Canadá por extensión y en América Latina, Costa Rica, Uruguay.

De modo que no es una condición única del gobierno de JOH, mentirle a la población, como ha hecho desde su primer día. Deliberadamente o no, ha sido y es de lo más común.  Los farsantes son los más. A D. Trump han tenido que desmentirlo en más de un par de ocasiones, los médicos encargados de la lucha contra la pandemia en EUA, Bolsonaro fue el peor y escapó.

Y a AMLO repetidamente se le ha reclamado distorsionar los datos oficiales.  Aquí cerquita D. Ortega finge demencia con la pandemia. Se ha pillado también al gobierno de Guatemala en la farsa que, en este contexto, llamamos la de los negadores. Los que dicen que no. Que no es cierto, no es serio, quienes gobiernan no son los responsables, el virus no es grave, tiene baja mortalidad, no hace falta alarmarse, solo tener a mano la hidrocloroquina y la ivermectina. Y que los que se mueren, que se mueran quedito.  

JOH es el campeón. Quiere hacer creer que aquí ya la epidemia está bajo control, porque ha bajado el contagio en las poblaciones concentradas, donde encontró un límite natural. ¡Que solo se han muerto en ocho meses 1800, entre cristianos y ateos! Que la mortalidad ha bajado y que la ocupación en los hospitales está a menos del 50% y ¿a quién no le gustaría creerlo? Pero es indemostrable, y una verdad a medias sigue siendo una mentira que exige en lugar de ofrecer una explicación. Ha bajado el registro de contagios, también porque se desplomó el proceso de pruebas. Y por esa misma razón, sigue sin identificar y segregarse a los contagiados. 

En los hospitales de los núcleos urbanos inicialmente afectados, cierto, hay menor ocupación. Con la mala fama que han cobrado, la gente ya no quiere asistir ahí.  Y que lo entuben, y que lo contagien las enfermeras sin equipo de bioseguridad, y otros enfermos cuyas estancias se prolongan el doble de la norma mundial. Llegan más del área rural.

Se mantiene elevada la ocupación hospitalaria en los departamentos aledaños y sigue aumentando en rumbos alejados y áreas rurales, en donde el contagio tardó más y es relativamente nuevo, en Roatán. Todo ¡antes de la reinfección, que puede ocurrir después de 4 meses! y de la casi segura segunda oleada.

Ya murió, en todo caso, casi medio centenar de galenos y un centenar de auxiliares ¿qué podría ocurrir si terminan los médicos y enfermeras abandonando los hospitales, porque no se les paga sus sueldos ni les dan mascarillas? Ellos y los policías son los grupos más contagiados, en una tarea superior a sus medios, que los expone en forma desproporcionada.

En el área rural, ¡tan poblada que gana todas las elecciones! hay muchos sepelios que no pasan por un servicio funerario o una clara causa. Pero la Asociación Nacional de Funerarias que se ufana de aglutinar a la mitad de las empresas del sector, ha divulgado que al día de ayer habían enterrado a casi cuatro mil individuos ¡con certificados médicos de defunción por y con el protocolo oficial para el Covid! Y estima que ¡podrían ser 10 mil los muertos!  Entonces, el Covid-19 se prolonga antes de alcanzar la inmunidad de la manada. Por lo demás, el problema no es ni mucho menos solo el de la enfermedad.

La enfermedad puso en evidencia la política perversa, la privatización neoliberal y la abdicación del Estado a su responsabilidad. Dejó a la vista las deformaciones estructurales de la desigualdad extrema y la ubicuidad de la miseria. Puso de relieve la incompetencia y la improvisación oficial. Destacó la bestial corrupción de un régimen ilegítimo, que padecemos solo porque estamos abatidos. Y dejó al descubierto que -por esas mismas razones, JOH no se deja aconsejar. Ese es el problema, no solo porque no quiera, sino porque no puede abrirse sin que se revele y divulgue más.

A la vista, se nos viene encima, en cuestión de días, el tsunami de la crisis económica, cuando no logra abrir de nuevo la maquila, sigue desempleado medio millón de jóvenes a los que ya no les pueden vender mango verde, paletas y raspados los del sector informal. Y sigue cerrado, sin remedio, gran parte del comercio, el sector de servicios, los cines, restaurantes y salones. Mientras arranca el turismo cuando han pasado ya la Semana Santa y las vacaciones en el extranjero. La economía no consigue encender, no tiene luz, arranque, ni batería.

Y como nadie puede por cuentas, bajo estas circunstancias, pagar impuestos, lo único que se les ocurre a estos bárbaros es ¡rematarle en subasta al mejor postor la soberanía territorial y esos recursos naturales (las playas y litorales) que, por limitados, tienen un valor especulativo creciente! ¡para capitalizarse y tener con qué robar en adelante, el último año.

En el trasfondo, como con un guion paralelo, los políticos en el poder y los de la oposición, le dan la espalda a la gente. Parecen hipnotizados en un teatro mudo de marionetas, cuando trasciende el fraccionamiento ocasionado por la falta de legitimidad y de representatividad del sistema, y por la estrategia de división de la oposición en ¡catorce partidos! Enfrascados en una obsesión que vacila sobre el despeñadero de las reformas electorales, que el régimen se rehúsa a conceder, aunque sean absolutamente indispensables. Y cuya falta podría incluso impedir la clase de elección nacional que ofreciera una eventual salida pacífica. Entonces ¿A dónde vas Juan? ¿Quién te lleva? ¿Será que podemos dejarte ir, sin rendir cuentas?

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