Covid-19 hace que hondureños se reinventen para sobrevivir 

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Cindy, es la pareja de Israel, ambos se dedican ahora a cuidar carros y motocicletas en el Centro de Tegucigalpa. 

Joven pareja pasa de vender chicles y cigarros en bares, a cuidar motocicletas en el Centro de Tegucigalpa

 

Por: Redacción CRITERIO.HN

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Tegucigalpa. –Desde el Centro de Tegucigalpa hasta la colonia Arturo Quesada de Comayagüela hay un aproximado de 10 kilómetros, según Google Maps. Esa es la distancia que Kevin, hijo de Israel y Cindy, camina con su abuelo materno, cuando sus padres no pueden cuidarlo.

Desde que inició la cuarentena y las medidas de excepción del gobierno, Israel ha tenido que cambiar su trabajo de vender chicles y cigarros en los bares del Centro de Tegucigalpa.  “Eso ya no da para comer”, me dice, porque los bares han cerrado y la vida nocturna es otra o ninguna ahora.

Antes de la pandemia del coronavirus, Sars-Cov-2, vivía en la colonia Ulloa de Comayagüela donde junto a su esposa Cindy rentaban un cuarto por 2.000 lempiras mensuales. Ahora se han mudado al barrio El Guanacaste, en el centro de Tegucigalpa y cambiaron sus ventas por el de vigilancia de motocicletas.

Sus nuevos clientes son, en su mayoría, hombres que hacen mandados en el Centro de Tegucigalpa y que temen que les roben su medio de transporte, que es muy apetecido por los delincuentes. Este trabajo les permite pagar la renta de la habitación que encuentren disponible en el barrio El Guanacaste. Su precio varía entre 100 y 180 lempiras, me comenta Israel.

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Israel y Cindy, se han hecho amigos de los motociclistas, pues a muchos los conocen en las jornadas nocturnas de los bares bohemios del Centro de Tegucigalpa. Ahora, ya no les compran ni chicles ni cigarros, pero si depositan su confianza para que les cuiden sus motos.

Israel tiene 26 años, es de piel blanca, usa una mascarilla negra, es educado. El proceso de parqueo es así: llega el conductor, Israel lo saluda, abre una plática, ofrece guardar el casco, si el cliente no anda candado. También ofrece cobertura del sol con cartones, los que ubica sobre el asiento a modo de cuidar que éste no se caliente por los rayos del sol, que en este mes de abril apenas se ven por la densa capa de bruma, producto de la quema de los bosques.

Unos cinco metros delante de él, su esposa también ubica motos, carros y los cuida, ambos denuncian que los policías municipales no los dejan trabajar. “No siempre, pero cuando andan enojados la agarran conmigo”, confiesa, mientras se quita la mascarilla para hablar mejor. Un bigote ralo, una sonrisa incierta y las palabras suenan mejor.

Kevin y Cindy se suman a miles de quejas de hondureños a quienes las raciones de alimentos, compradas con los fondos públicos, no les han llegado. Ellos no saben que ha pasado con la promesa del gobierno de repartir 800 mil bolsas con comida con un valor de 2.000 lempiras. “Una señora de allá, por ese parqueo, a la par, nos regaló una bolsa de comida”, me dice Israel mientras con uno de sus dedos índice señala hacia un parqueo y demanda que la ayuda del gobierno le llegue, porque hasta el momento solo ha recibido la caridad de una persona particular.

En el marco de la emergencia sanitaria, decretada desde el 10 de febrero, el gobierno hondureño ha aprobado fondos de emergencia para compras y contrataciones directas, sumando a la fecha alrededor de 92 mil millones de lempiras, entre fondos nacionales, préstamos y donaciones. El más reciente préstamo se anunció el miércoles de la semana pasada por parte del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE) con una línea de crédito de 200 millones de dólares.

El gobierno aseguró que los fondos son un instrumento de carácter revolvente que tiene como principal objetivo fortalecer la posición y capacidad de gestión de liquidez del Banco Central de Honduras, en el contexto de la emergencia sanitaria provocada por el COVID-19 y para fortalecer el nivel de reservas internacionales como medio para asegurar el mantenimiento de valor de la moneda nacional, el buen funcionamiento del sistema de pagos y la estabilidad del sistema financiero hondureño.

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Isreal, se gana con su amabilidad la solidaridad de los capitalinos.

Cindy e Israel no saben de liquidez bancaria , ni de reservas internacionales, lo único que saben es que no han recibido ni un tan solo lempira de esos millonarios fondos que el gobierno anuncia constantemente a través de los medios de comunicación.

“No podemos esperar que nos den”, dicen. En ese momento llegan dos motos, de una de ella baja un empleado de un banco. Sus “clientes” le solicitan el servicio por el que pagan entre 15 y 20 lempiras. Al final la forma de pago se traduce en la voluntad de los motociclistas, muchos de ellos lo hacen como un gesto de solidaridad, mientras Israel los recibe con una mirada amable, porque la mascarilla cubre su sonrisa.

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A un costado de donde se ubican Cindy e Israel, una pareja de indigentes comparte un plato de comida que alguien les regaló.

El Centro de Tegucigalpa se siente menos comunidad a diario, las filas en los bancos son el común denominador, en las farmacias los guardias se aburren y salen a la peatonal a respirar aire fresco, o bueno, lo que permiten los incendios.

Con una sospechosa gradualidad han comenzado a abrir distintos comercios que, considerando la emergencia sanitaria, no son esenciales.

La vida nocturna de bares y centros culturales del Centro de Tegucigalpa permitían que Israel ganara alrededor de 300 o 400 lempiras diarios, un salario mínimo y a veces superior a este.

La historia de Cindy e Israel sigue poniendo en evidencia que los fondos de la emergencia sanitaria en poder del gobierno no están llegando a los más necesitados, a aquellos que son parte de los 3.5 millones de los 9.3 millones de hondureños que viven en pobreza extrema, según los datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE).

“Ya sabe aquí estoy para cuando venga”, me dice Israel mientras con una regla de madera señala a otro motociclista el lugar donde estacionarse.

A los migrantes, en pueblos de Centro América les cerraron los espacios para sobrevivir

Vamos a pasar a la historia por desnudar a Trump y hacer que Peña Nieto le dijera sus verdades, señalan

 Por: Blanche Petrich/La Jornada

Sus historias son parecidas y diversas. En sus ciudades o pueblos, en Honduras o El Salvador, se les cerraron los espacios mínimos para sobrevivir. A una le mataron al tío por ser homosexual. A otra le mataron a un hermano porque la familia, pobre y trabajadora, no quiso pagar más la extorsión a las pandillas. Algunos hondureños, porque tenemos un presidente que gobierna muy mal y manda al ejército a perseguirnos. A otra más, a quien le faltaba apenas un mes para terminar la preparatoria, su mamá la lanzó al camino: Prefiero saberte lejos que verte muerta.

La caravana migrante, que arrancó su camino hacia la Ciudad de México el 25 de marzo y que lleva tres días en la capital, fue recibida ayer en la Casa Refugio Citlaltépetl por el titular de la Secretaría de Cultura, Eduardo Vázquez, y la presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la capital, Nashieli Ramírez, para dialogar con algunos integrantes de la comunidad cultural y de colectivos indígenas, deseosos de verlos a los ojos y escucharlos. En ese intercambio de palabras, las lágrimas asomaron de uno y otro lados.

Integrantes de la caravana migrante narran su lucha y sus historias durante un encuentro con autoridades

y la comunidad cultural de la capital del país, donde permanecen desde hace tres días. Foto Carlos Ramos Mamahua

Esta caravana, organizada por Pueblo sin Fronteras, va a pasar a la historia por dos razones, sostuvo la dirigente del Movimiento Migrante Mesoamericano, Marta Sánchez. Primero, porque hizo que Donald Trump se acabara de desnudar ante los mexicanos y que el presidente Enrique Peña Nieto se atreviera a decirle sus verdades. Segundo, porque nos da la oportunidad, como activistas, de colocar nuestra lucha para que este gobierno no siga haciendo el trabajo sucio a Estados Unidos, deteniendo a los migrantes antes de que lleguen a la frontera norte.

Entre los mil 800 centroamericanos indocumentados que arrancaron en plena Semana Santa su anual Víacrucis Migrante viaja un grupo de chicas transgénero, como Marjori Alexandra o la Roxi. Se han hecho amigas en el camino y comparten las mismas tragedias. Maras, policías y crimen organizado han hecho de los crímenes de odio un nuevo deporte.

Frente al poeta David Huerta, el cineasta Paul Leduc, la experta en migraciones María Luisa Capella, los articulistas de La Jornada Pedro Miguel y Hermann Bellinghausen, la actriz Dolores Heredia, el periodista José Reveles, la antropóloga Lucina Jiménez y decenas de representantes de colectivos indígenas residentes en la ciudad relataron los avatares del camino, parando en albergues y en ocasiones topando con autoridades migratorias amenazantes. Con ellos viajan también 200 niños.

Ese colectivo de mil 800 migrantes, apuntó Rubén Figueroa, activista que ha facilitado en años recientes el rencuentro de cientos de familias, es apenas una fracción de lo que entra cada día por la frontera. Se calcula que son entre 2 mil 500 y 2 mil 700 a diario. Avanzan escondidos en el monte, ocultos y traficados en triáileres, donde a veces se asfixian. Otros miles son deportados brutalmente. Y a veces desaparecen sin dejar rastro. Son más de 70 mil nombres que no aparecen en ningún papel, hace 10 años, porque el gobierno de México ni siquiera tiene un mecanismo eficaz para buscarlos.

Estamos aquí por solidaridad, y también por vergüenza: Leduc

Ante sus relatos, Paul Leduc respondió después de escucharlos: Estamos aquí por solidaridad, pero también por vergüenza. Porque tenemos que reconocer que la acogida en México no se puede idealizar, no van a encontrar aquí la respuesta que necesitan.

Cuauhtémoc Cárdenas Batel, cuyo padre fundó la Casa Refugio hace 19 años para honrar la política de asilo del México que implementó su abuelo, el general Lázaro Cárdenas, para recibir a refugiados españoles y judíos, expresó: somos muchos los que sí queremos que ustedes estén aquí, que no queremos que nuestro país sea el perro guardián de Estados Unidos.

Sentada a medio metro de Cárdenas, una ancianita triqui sostenía una hoja de papel que consignaba ese mismo pensamiento: Nuestro país es su país.

Del contingente que salió de Tapachula, poco menos de la mitad continuó su camino hacia el norte. Unos cuantos más se quedaron en ciudades por donde pasaron para de ahí buscar un destino seguro. Y entre 600 y 700 más permanecerán todavía en Ciudad de México mientras definen sus siguientes pasos.

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Mientras tanto, según explicó Anahí, una migrante jovencita que ha aprendido a cambiar el pañal de su bebé de dos años a gran velocidad y sobre las rodillas, las organizaciones civiles les proporcionan lugar de descanso, alimento y cuidados. Son tres familias las que viajan juntas, de un mismo sector de San Salvador, con sus niños pequeños y con un futuro incierto. No esperábamos ver tanta ayuda, tanta gente decidida a pelear por nosotros. Gracias, muchas gracias por no discriminarnos por ser migrantes, concluyó.

Historia reciente de la demencia y la desolación local: Adrienne Pine, sobrevivir Honduras

Rodolfo Pastor Fasquelle

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

¿Se vale reseñar un libro al que le escribiste un prólogo?  Sobrevivir Honduras es la traducción de Working Hard, Drinking Hard, que evolucionó de la tesis doctoral de Adrienne Pine presentada a la Universidad de California en Berkeley, y publicada en 2004. Me gusta el nuevo título porque pone de manifiesto el hecho de que hoy por hoy, Honduras es una condición. A la cual hay que sobrevivir como sea. ¿La tesis central? No. Pos esa.

Chupando duro y chambeando duro se puede aunque sea teóricamente sobrevivir a Honduras.  Aun si no es seguro. Ni siendo protegido. O privilegiado. Porque la que nos rodea es una violencia sistémica, genera las condiciones para proliferar. Torna resistente a todas las estrategias empleadas hasta ahora. Y el mal viene tanto de afuera (del modo neoliberal de producción violento) como de lo más profundo, de una psyche herida desde hace tiempos.

Hagamos memoria. También hubo crimen y violencia antes. Y la violencia que A. Pine investiga en este libro es la de los albores del siglo, de 2001 a 2005. Pero se ha  determinado –contra todo esfuerzo por ocultarlo– que, después del golpe de 2009, los carteles colombianos y mexicanos establecieron su “hub” de rutas en Honduras. Y que como ese tráfico era teóricamente muy perseguido, el consiguiente aumento de la corrupción y de la impunidad de los oficiales de la justicia y de los políticos y de la sociedad en general, incluidos los religiosos y los académicos, incrementó geométricamente la violencia.

En esta etapa post golpe, el primer caso emblemático de violencia fue el de los asesinatos –hace cuatro años, con saña y alevosía, para aplicarles la cero tolerancia–de dos universitarios, uno de los cuales era el hijo de la Rectora Julieta Castellanos. Ese incidente visibilizó el problema que otra vez se trataba de ocultar de la degradación moral, bajo pretexto de celo de la fuerza de orden público. Se planteó entonces la décima Reforma de la policía, se generaron los recursos de tazón y se creó la DIECP que ahora está en vilo, cuando se anuncia la siguiente contrarreforma, en el momento mismo en que luce desnudo el fracaso del gobierno y la OMS nos declara, otra vez, el país más violento de la región. Un paso al frente…

Y dos para atrás. El más reciente incidente fue el de las masacres de anteayer y hoy con más de veinte víctimas mortales, en Choloma, Tegucigalpa, Santa Bárbara y Copán, tan sintonizadas que incluso Nasralla sospecha que fueron planificadas para aterrorizar, como antes. Entre el primer caso y este último, me duele en la cabeza el libro de Pine cuando una “güirra”, que esa misma mañana increpaba al gobierno en la Televisión, aparece por la noche hecha un cadáver atormentado en un costal. Y cuatro estudiantes del mismo colegio que habían protestado con ella horas antes son ametrallados en la calle. Al igual que los veintiséis jóvenes muertos en masacres, atribuidas como de costumbre al marero de la esquina, Zoe y sus compañeros murieron de Honduras. Sin que proteste nadie ni aparezcan culpables. Pero siempre aplaudiendo.

Menciono esos sucesos para ilustrar como es absoluta y dolorosamente actual, el libro de A. Pine que se investigó, se pensó, se escribió y publicó entre el 1997 y el 2008. No other country is quite like this. Debe haber pensado. Todo libro comienza con una pregunta. ¿Qué clase de país es éste? Tiene razón de preguntarse Pine ¿Qué clase de gente es esta?  Entre sollozos, un primo de uno de los caídos anteayer resume elocuentemente, de manera que hasta Renato Álvarez pueda entenderlo: éste es un país mierda, en que te matan sin aviso ni razón. Sin ton ni son.

Digo que es un libro doloroso de leer. Han salido luego un par de libros de periodistas sobre el tema. Pero más allá de la Nota Roja,  Sobrevivir Honduras rastrea y documenta esa violencia contra los jóvenes que se remontan a la penúltima década del siglo pasado, a los 1990s, cuando teníamos en Centroamérica una década de estar peleando la guerra de Reagan contra una URSS representada por las izquierdas locales y se acababa de firmar la Paz.  Se suponía que con el bono de la Paz debía inaugurarse, por fin una era de prosperidad. De modo que, haciendo caso omiso de antecedentes más remotos, la actual violencia ha cumplido una mayoría de edad, más de 33 años. Marca a una generación. Sin que nadie antes se propusiera sistematizarlo. Cómo pudo ser.

Aunque hay muchos países violentos, y allá en Medio Oriente los drones hacen cagadales a diario y los terroristas y los bombardeos de OTAN peor.… Y aunque allá y aquí también hay mucha gente buena. Porque de todo hay en la viña del Señor y en Honduras también. Conozco buenos profesionistas y malos. Artistas excelentes y también impostores. Policías buenos (pocos) y policías corruptos extorsionadores,…Unos pocos políticos honestos, eso, administradores comprometidos, que no tienen chance como dice la gente… y una caballada flaca.

Hoy conozco, y Pine también, al pueblo hondureño, solidario, consciente y combativo… pero no hay duda que ese es minoritario y está confundido, porque ha venido a prevalecer su contrario… la masa valeverguista, fatalista y entreguista… Y todo eso es aún peor en la Costa Norte de Honduras, mi región…  que fue donde Pine investigó un poquito peor… Nada que ver con las sierras de Intibucá o La Paz o con los desiertos de Valle y Choluteca, ni con muchos pueblos tradicionales, en donde no pasa nada… porque se supone que es bueno…

Que no pase nada. Que esto no está funcionando… que hay que cambiar… lo entendíamos ya casi todos… como que somos violentos y machistas muchos de nosotros… Que tenemos un problema de identidad, básico… y medio pochos y pitiyankis… todos lo sabíamos desde antes.

Y que otros somos bolos… (Este año han muerto tres compañeros míos entrañables, de mi gremio, de mi generación, de mi edad, inmenso talento de alma profunda y noble… que produjeron a lo largo de sus vidas mucho menos de lo que hubieran podido, si no les hubiera quitado tanto tiempo la desesperación que los empujaba al alcohol que a su vez los empujaba al error.) Aunque Pine alega que exageramos nuestro vicio para excusar el candor y para manipular al entorno.

Que somos la quinta-esencial república bananera, refuncionalizada por la maquila y dependemos más que cualquier otro país, de los EUA… claro que lo sabíamos.

Que esa dependencia ha permitido que se nos utilice como campo experimental del neoliberalismo y la guerra. Que se nos someta a un bombardeo ideológico y cultural, que no es único pero no tenía aquí posible resistencia, porque no había otro proyecto cultural funcional.

Que la dependencia y su disfuncionalidad nos han hecho también aún más violentos que antes, desde hace poco más de un siglo. Muchas de esas cosas las sabíamos. Entonces ¿qué es lo que agrega Pine? ¿Cuál es el aporte?

Pues quizás no todos entendíamos como esas cosas están interrelacionadas… y como nosotros colaboramos en nuestra propia destrucción sin fin. Yo no lo entendía… que no son abstracciones si no que se reflejan en la vida cotidiana de nuestra gente. Y que no se las puede entender mucho menos remediar en aislamiento o con parches y yerbas. Yo desde hace tiempo… quería reformar instituciones, cosas, invertir en la gente como dice la meta del milenio… Pine me desapendejó. Eso creo.

La comprensión de que se trata de un modelo de dependencia que genera miseria, violencia y alineación. La revelación de que, si no somos víctimas, solo podemos ser cómplices o resistentes, a mí me ha inspirado otra vez ganas de pelear. Y para mi ese es el mérito de Pine.

El suyo es un trabajo académico que relaciona lo que estaba disperso, la historia y el presente, la sicopatía social y la cultura, el trabajo y el trago,  y de ese modo nos revela a nosotros mismos ante un espejo pulido con la sensibilidad del vinagre y nos revoluciona… nos obliga a comprometernos con cambiar las cosas, a salir de la autohipnosis, rebelarnos contra la ficción y contra el terror mediático y el terror económico y el terror de estado con que nos buscan desmovilizar, inmovilizar como con un rayo de caricatura. Pero nos abren los ojos.

Me quedan un par de preguntas de todos modos. Dada la magnitud y la brutalidad de  esta violencia sistémica (social y oficial) ¿cuánta y qué clase de violencia se necesitará para voltear al sistema? ¿Se podrá evitar la violencia revolucionaria? Si ahora es difícil sobrevivir ¿quién podrá salvarse llegado ese momento y cómo? También yo quiero sobrevivir.