Reflexiones
Por: Rodil Rivera Rodil
Nada auguraba que fueran a haber grandes sorpresas en las elecciones primarias del pasado domingo 9 de marzo. La atención de la ciudadanía se centraba en lo que pasaría en el Partido Liberal que, por primera vez en su historia, estrenaba candidatos traídos, o llevados, según se mire, de afuera del partido. Lo que menos se esperaba era que la mitológica Pandora se colara en la “fiesta cívica”, como las denominan los que no saben de fiestas, y destapara su endiablada caja atiborrada de todos los males del mundo.
Debo confesar que cuando escuché a la consejera Cossette López narrar en la televisión la rocambolesca historia del personal del Consejo Nacional Electoral persiguiendo todo el día y por toda Tegucigalpa los buses con las urnas desaparecidas, no sabía si indignarme o reírme. Pues volvieron a mi memoria aquellas malas pero divertidas películas de vaqueros del Viejo Oeste con Tom Mix y Tim McCoy tras indios y forajidos en interminables y polvorientas carreras a caballo.
Está muy bien que se investigue y sancione debidamente a los culpables de semejante chapuza -en el mejor de los casos, de insólita incapacidad gerencial- pero sin descuidar lo esencial, cual es que se adopten las providencias necesarias para que en los comicios generales no ocurra nada parecido. Pero es bueno aclarar que, al margen de la responsabilidad específica que puedan tener las Fuerzas Armadas u otras organizaciones o empresas en lo sucedido, es al Consejo Nacional de Elecciones, y a nadie más, a quien la ley electoral asigna, y copio, la “competencia exclusiva para efectuar los actos y procedimientos administrativos y técnicos de las elecciones internas primarias, generales, plebiscito y referéndum o consultas ciudadanas”.
Y dicho sea de paso, el pleito entre los comisionados no puede continuar. No ayuda a nada ni a nadie. Si no pueden conciliar sus diferencias en privado, sin escándalo público y sin afectar el proceso, será mejor que pongan sus cargos a disposición del Congreso Nacional, que no debería tener problema alguno en elegir sus sustitutos, dada la forma de seleccionarlos por partido político.
Las proyecciones del escrutinio en el nivel presidencial hasta cuando escribo estas líneas, en volumen de votos -en el que debe incluirse el crecimiento vegetativo de la población electoral- muestran diferencias no muy grandes entre los tres partidos. El Partido Nacional se mantiene en el primer lugar, pero con bastantes menos votos que en el 2021, y Libre y el Partido Liberal en el segundo y tercero, respectivamente. Este último con un poco menos de sufragios que en las últimas primarias, y únicamente Libre sube su votación en casi un 40%. Cabe destacar que la identificación biométrica fue determinante para evitar el consiguiente fraude electoral, contrario a lo que, extrañamente, aducían el Partido Nacional y el abogado Jorge Cálix.
En lo que atañe a Libre, el aumento que recibe puede catalogarse de normal porque está en el poder y por haberse ya consolidado el fin del bipartidismo, aun cuando no lo acepten de buen grado los partidos tradicionales y lo sigan confundiendo con el anticomunismo de caverna de la Guerra Fría. Y para delicia de los periodistas, las denuncias y reclamos de irregularidades de algunos de los candidatos que no salieron electos se están ventilando en público, lo que no dejará de causar al partido un perjuicio, mayor o menor, dependiendo de la atención con que sean atendidos por sus autoridades internas, y en atención a que el riesgo que entrañan se debe medir en función de que en esta oportunidad su opción de alianza con otros partidos es prácticamente inexistente. Aun cuando sí la hay con los sectores sociales afines que pueden movilizar decenas de miles de votantes, independientes incluidos. Queda la interrogante -o la curiosidad- de por qué el abogado Rasel Tomé se lanzó al ruedo sabiendo lo que pasaría y abandonando la seguridad de su trinchera como diputado.
En el Partido Nacional se hicieron patentes las secuelas del mayúsculo daño que le causó Juan Orlando Hernández, del que no ha podido desmarcarse, en buena medida, por la oposición de los juanorlandistas que siguen incrustados en sus estructuras internas. Recordemos que el ex presidente encarna un pasado del Partido Nacional que será siempre de actualidad.
El partido, en efecto, no está en su mejor momento para enfrentar un proceso electoral. Según los mismos nacionalistas, es casi seguro que para las generales no podrán contar con un incremento sustancial de los votos que alcanzarán en las primarias, como para disfrutar de una razonable probabilidad de alzarse con el triunfo. Lo que ellos llaman la “pared” y que, igualmente, podría obligar al partido a negociar una alianza en condiciones menos ventajosas, lo mismo que dificultar un acuerdo de unidad con el movimiento de la esposa de Juan Orlando Hernández, que obtuvo una cantidad nada despreciable de votos, y que ha agudizado la confrontación que ya se venía dando a lo interno del partido entre el empresario Asfura y el juanorlandismo que, entre otras desavenencias, quiere que renuncie a su candidatura para negociarla con el Partido Liberal.
En cuanto a este último, desde el golpe de Estado, o más exactamente, desde las elecciones primarias del 2012, no hay modo de analizar e interpretar a cabalidad su comportamiento político electoral si no es en el marco de la mutua interrelación político ideológica que mantiene con Libre desde que este surgió de su seno, la que, seguramente, va a continuar en los años por venir, aunque cada vez será menor por el simple transcurrir del tiempo.
De ahí el singular hecho, en otras circunstancias incomprensible, de que, anteriormente, ambos partidos obtuvieran en las elecciones primarias y en los generales resultados diametralmente opuestos. El Partido Liberal, más votos en las primeras y menos en las segundas, y Libre a la inversa. Lo que, como es sabido, obedecía a que muchos de los liberales pasados a Libre no deseaban o no les convenía que se conociera su nueva afiliación política, pero tampoco querían dejar de votar y preferían hacerlo por su viejo partido. Lo que en estas primarias no ocurrió, pero pudo haber sido compensado con los votos de Nasralla, por lo que sería interesante tener una idea del porcentaje que este aportó y con el que contribuyeron los liberales, propiamente tales.
Este tipo de vasos comunicantes entre las dos agrupaciones explica los innumerables acuerdos y desacuerdos que todo el tiempo se producen entre sus bases a lo largo y ancho de todo el país, como también la variedad y complejidad de las contradicciones que nacen en sus cúpulas y que se resuelven o no por distintas vías, dependiendo de su gravedad y nivel de antagonismo. Y las cuales, incluso, pueden llegar a provocar reacciones coincidentes en ambas instituciones.
El mejor ejemplo de esto último lo encontramos en la suerte corrida por el abogado Jorge Cálix y la estructura de disidentes que organizó dentro de Libre, la “bancadita”, como se la llamó, en lo que ellos consideraban que iba a ser su triunfante “retorno” al Partido Liberal. Y lo menos que puede decirse es que no fueron bienvenidos a sus filas, a pesar de las ingentes sumas que el abogado Cálix invirtió en su campaña. Más aún, aunque hay que esperar el informe oficial, tengo entendido que, sorprendentemente, fue el que más dinero gastó.
Y es que, muchas veces, porque así son los pueblos, el derroche y alarde de recursos y de propaganda terminan ocasionando efectos contrarios. Pero, además, el juego de principios y lealtades que se ha venido desarrollando entre los dos partidos selló su destino desde aquel 25 de enero del 2022 en el que el abogado Cálix se coligó con diputados del Partido Nacional y del Partido Liberal para impedir la elección del presidente del Congreso pactada por Libre con Salvador Nasralla y echar a perder la toma de posesión de la presidenta Castro.
No gustó a las bases de Libre esa clase de disidencia, pero, sobre todo, la forma y oportunidad en que se llevó a cabo, y significativamente, tampoco a buena parte del liberalismo que por ello no le habría brindado su respaldo, tal como lo anticipaban todas las encuestas. Se atribuye al príncipe y obispo de Talleyrand, ministro de Napoleón, haber dicho que “en política, un error es peor que un crimen”. Ya que “el error que se comete desde una estructura de poder no recae exclusivamente sobre el que lo comete, como acaece con el crimen, sino que termina afectando a toda la estructura”. Que ha sido, justamente, lo que acaba de acontecer con el abogado Cálix y su grupo de disidentes.
Algunos analistas se han preguntado si don Jorge Cálix podrá recuperar su carrera política después de un error de tal magnitud. Lo ignoro. La respuesta, quizás, se halle en la popular expresión: ¡todavía está joven!
Pero hay más. Por primera vez desde que tenemos elecciones primarias, el candidato presidencial del Partido Liberal no integrará ni presidirá su Consejo Central Ejecutivo, lo que, quiérase o no, puede dar lugar a inconvenientes discrepancias entre los dos, y peor aún, a la disminución de la necesaria autoridad de que debe gozar dentro de sus diferentes órganos para el mejor desempeño de su cometido, vale decir, para hacer realidad la razón de ser de todo partido político, la toma del poder.
Y en este punto procede ahondar un poco más en el tema de la tan traída y llevada alianza entre liberales y nacionalistas, con respecto a la cual el ingeniero Nasralla no ha sido muy claro, salvo asegurar que solo participará en ella si él es el candidato. Pero de sus declaraciones y de las de sus allegados se puede deducir su total convencimiento de que no requieren de ninguna coalición para ganar la presidencia, que les bastará con el voto de los electores independientes que están seguros de poder atraer.
Debo admitir que no se puede descartar que el ingeniero Nasralla pueda ganar las elecciones sin alianza con nadie, si, efectivamente, consigue suficientes votos de los electores independientes. Él se ha vuelto una especie de fenómeno político en Honduras muy distinto de los liderazgos que estamos acostumbrados a ver. Y al contrario del calificativo de “outsider”, es decir, de ser nuevo en política, que algunos le endilgan, porque nunca antes había incursionado en ella, en realidad, sería el más antiguo, pues se ha presentado en los hogares de los hondureños a través de su programa de televisión todas las semanas por más de 35 años, con la enorme publicidad gratis que el mismo lleva consigo. Lo que le ha permitido combinar la novedad e imagen antisistema que transmite el verdadero “outsider” con la confianza que inspira un rostro familiar, particularmente, en el sector juvenil de la ciudadanía, como es su caso.
Pero el ingeniero Nasralla también tiene su lado vulnerable. Su especial personalidad no deja de inquietar e infundir temor a muchos hondureños, sin excluir a los independientes, que la asocian con el inestable y autoritario carácter de Donald Trump. A lo que quizás haya contribuido la efusiva carta de felicitación y de ofrecimiento de colaboración que le hizo llegar el 20 de enero recién pasado con motivo de su toma de posesión como presidente de los Estados Unidos.
Como sea, siento que el tópico de la alianza se convertirá en una de las noticias de mayor interés público en los meses que faltan para noviembre. Y en los que, asimismo, quizás sepamos algo de lo que, a mi juicio, constituye lo primordial en este asunto: ¿qué pensarán de la misma las bases de los dos partidos, -si al final se conviene la alianza-, puesto que a ellas será a las que, en la práctica, les tocará hacerla efectiva, y sin cuyo voto no servirá de nada? Tengo la impresión de que desde hace mucho tiempo nuestros dirigentes políticos no escuchan a sus votos duros ni a sus votos suaves. Y la historia, la nuestra y la de todo el mundo, les diría que se pueden llevar una sorpresa.
No obstante, independientemente de que haya o no alianza, no parece que tenga mucho sentido la petición del abogado Cálix al ingeniero Nasralla, para “unir” al Partido Liberal, de que obligue a renunciar a uno de sus candidatos para permitirle salir de diputado y, eventualmente, ser elegido presidente del Congreso. O, lo que es igual, que se deshaga de su más importante carta de negociación. De otro lado, la experiencia de esta clase de arreglos en la historia política de Honduras, casi sin excepción, incluyendo la de Mel Zelaya en el 2009 y la del mismo Nasralla en este último período, es que se vuelven la manera más segura de que el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo terminen a las greñas y paralizando la marcha del país.
Hasta aquí un muy somero análisis de las elecciones primarias, de cara a las generales, sin considerar ninguna injerencia foránea. Pero no me cabe duda de que si la embajada se inmiscuye e “instruye” a los dos partidos a que suscriban la alianza, esta se formalizará a la velocidad del rayo y la cuestión de quién la presidirá pasará a un segundo plano. Lo que creímos que se produciría tan pronto llegó Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, máxime con la denuncia del tratado de extradición y la advertencia sobre la base de Palmerola lanzada unos días antes por la presidenta Castro. Cuando, incluso, se rumoraba que los días del gobierno estaban contados, que no llegaría al final de su mandato y hasta que Trump nos impondría aranceles para apresurar su salida.
Pero, he aquí que el nuevo secretario de Estado, Marco Rubio, anunció el pasado 25 de febrero, y más recientemente lo ratificó con contundencia, que “Honduras está en la lista de países que colabora con el gobierno de Trump”. Y en los comunicados de la Oficina de Asuntos del hemisferio occidental y de la Unión Europea no se le dispensa a los sucesos del 9 de marzo la trascendencia que les dan la oposición y los medios. Y los que, molestos, de nuevo están pidiendo un golpe militar, ahora contra el jefe de las Fuerzas Armadas. O sea, los famosos “golpes de barraca”, de los que en el siglo pasado se dieron no recuerdo cuántos.
Y es que estos señores han quedado entusiasmados con los golpes militares. De lo que sea, “de Estado”, “de barraca”, “sucesión constitucional”. Usted escoja. Y, por supuesto, que se den en nombre de la Constitución. Si señor. Siempre hay que invocar la Constitución. Proporciona ese falso barniz de legalidad con el que se arropa la extrema derecha y sus voceros cuando quiere apoderarse del poder a como dé lugar, por las buenas o por las malas. Como es probable que lo intentarán hacer en noviembre mediante el trasplante a Honduras del “plan Venezuela”. Y para lo que les es indispensable un jefe de las Fuerzas Armadas con la vocación golpista de los generales del 2009, o bien, que el nuevo embajador que designe Trump retome la hostilidad de la señora Dogu contra Libre.
En fin, que cuando parecía que todo iba bien para la encrucijada electoral en la que nos hallamos las aguas se volvieron a enturbiar. Con lo que quiero decir, estimado lector, que todavía no tengo la menor idea de quién va a ser el próximo presidente de Honduras. No, al menos, por el momento.
Tegucigalpa, 1 de abril de 2025.
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Abogado y Notario, autor de varios ensayos sobre diversos temas de derecho, economía, política e historia; columnista por cuarenta años de varios diarios, entre ellos, EL Pueblo, El Cronista, Diario Tiempo y La Tribuna, y diputado por el Partido Liberal al Congreso Nacional de 1990-1994. Ver todas las entradas