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Reflexiones sobre la pandemia (52)

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Por: Rodil Rivera Rodil

¡Vaya! Quién hubiera pensado que un simple acuerdo de la Corte Suprema de Justicia sobre la jurisdicción especial para las ZEDE podría ser la gota que derramara el vaso, o más propiamente, la chispa que encendiera la pradera que ha sido la paciencia del pueblo hondureño durante los largos años del régimen de Juan Orlando Hernández. Y no deja de ser curioso, porque la resolución era totalmente innecesaria puesto que ya figura en la ley que las regula.

Por ello, es posible que sea cierto el rumor de que el mencionado acuerdo, a pesar de que significaba montar albarda sobre aparejo, fue emitido por orden terminante de JOH para calmar el temor de los inversionistas de las ZEDE ante el rechazo y advertencias de su eventual derogación por parte de prácticamente todos los sectores del país y, además, a las Naciones Unidas.

El mesianismo que padece y el hecho de que a pesar de todas las barbaridades que ha cometido, haya podido hasta ahora mantenerse en el poder que ejerce, no por mandato popular, sino por la voluntad del expresidente estadounidense Donald Trump, es lo que ha hecho que JOH esté convencido de que también nos podrá imponer las ZEDE a sangre y fuego y salirse con la suya.

No puede ser más claro que está sufriendo de una pasmosa ingenuidad si realmente cree que va a persuadir a los hondureños de que estos enclaves resolverán el problema del desempleo y del desarrollo. Y, aparte de las graves sospechas de corrupción que se ciernen sobre ellos, está subestimando a nuestro pueblo si piensa que no le interesa que trafique o no con la soberanía del país.   

También es probable que JOH no se haya percatado de que se están concitando factores capaces de desencadenar una correlación de fuerzas que puede sobrepasar la suya con creces. En otras palabras. Que se está quedando solo en esta antipatriótica cruzada. Ya solamente lo acompañan unos pocos líderes evangélicos, de ambigua reputación, y su incondicional jefe de las fuerzas armadas.

Pero el endeble sostén religioso que le pueden proveer los primeros está siendo ampliamente contrarrestado por la contundente posición contra las ZEDE de la Iglesia Católica, con mucha mayor feligresía en el país. Sin contar con que el cardenal Rodríguez no le perdonará nunca sus veleidades evangélicas. Y en cuanto al jerarca del ejército, lo único que este puede ofrecerle es mandar a la soldadesca a reprimir y asesinar a quienes protesten en las calles. Con lo que JOH solo conseguirá hundirse más de lo que está.

El empecinamiento de Juan Orlando con las ZEDE está colocando a la ciudadanía contra la pared. Si el clamor nacional porque se derogue totalmente la ley no es atendido, solamente quedará el recurso a la desobediencia civil que han invocado varias personalidades del país. Pero en esta ocasión, es seguro que contará con el apoyo casi total de la sociedad hondureña, y posiblemente, de la comunidad internacional. Las convulsiones sociales, como se sabe, siempre han sido un excelente aliciente para las caravanas de emigrantes.

De otra parte, el misterio sobre el plan de JOH para eludir a la fiscalía de Nueva York después de su salida del poder parece que comienza a despejarse. Su abstención en la condena de la OEA a Nicaragua, incomprensible en un mandatario de la extrema derecha y sumiso a la política de Washington, podría explicarse porque esté intentando negociar su refugio en el vecino país, tal como en similar apuro lo hiciera el expresidente Mauricio Fúnez de El Salvador.

Igual puede estar ocurriendo con la venta de la soberanía nacional a las ZEDE, donde, quizás, podrían protegerlo de la extradición, aunque con menos garantía y seguridad. Y es que, para los neoliberales, la nacionalidad y los valores patrios no son más que monedas de cambio como cualquiera otras. Como bien dijera el gran poeta Antonio Machado de los fascistas de su país durante la Guerra Civil de España: “Quien vende a su patria se desnaturaliza y ha de sobreentenderse que renuncia a su patria para buscar cobijo en la patria del comprador”.

Y contrario a lo que muchos piensan, no creo que su “amigo”, el ex primer ministro Netanyahu le hubiera prometido asilo en su nación. Ya tuvo un serio problema con los Estados Unidos en 1997 por haberse negado a extraditar al judío Samuel Sheinbein en un caso de asesinato. El Congreso norteamericano bloqueó toda la ayuda a Israel, por lo que esta, para salvar la situación, se vio obligada a juzgarlo rápidamente, condenarlo a 26 años de cárcel y, más tarde, a reformar su ley de extradición.

No. Su especial relación con ese país obedece a otras motivaciones. Una es la ayuda que Netanyahu sí le proporcionó para que Trump lo mantuviera en la presidencia después del fraude electoral del 2017. A cambio, no faltaba más, de que Honduras pasara por la vergüenza mundial de reconocer a Jerusalén como capital de Israel violando varias resoluciones de las Naciones Unidas.

Y otra, todavía más retorcida, que tiene que ver, de un lado, con el fundamentalismo evangélico en el que junto con Ebal Díaz ha metido de lleno al gobierno. Y del otro, con la incontrolable afición al show que el poder ha despertado en él. Ha dado tantos en cadena nacional que era lógico que quisiera culminar su paso por el teatro político fungiendo como actor principal en una apoteósica presentación de nivel internacional nada menos que en la “Tierra Santa”.

Por eso no le importó exponerse a la crítica que sabía que le llovería de todos lados, hasta de los mismos israelitas, por el exorbitante gasto en que incurriría emprendiendo en su propio avión y con una exagerada comitiva una gran peregrinación a la “Tierra Prometida”. Menos, desde luego, le preocupó que la pandemia se hubiera recrudecido, que sus compatriotas solo pudieran ser inmunizados a cuentagotas con vacunas de caridad.

De ahí la alucinante idea de convertir lo que, en las circunstancias actuales debió haber sido la sobria apertura de una sede diplomática, en un espectáculo en el que, según fuentes israelíes, se mezclaron, en el marco de una parafernalia de mal gusto: un insólito desfile de modas ante el famoso muro de las lamentaciones de Jerusalén, una jornada de oración bajo una estridente liturgia oficiada por Evelio Reyes, el pastor oficial de la casa presidencial, y un fastuoso banquete en un hotel de seis estrellas al cuerpo diplomático acreditado en Israel. Y todo esto, estimado lector, en nombre de un país eminentemente católico y pobre de solemnidad.

Tegucigalpa, 30 de junio de 2021.

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