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Por: Rodil Rivera Rodil

 

Desde que el coronavirus comenzó a ensañarse con la humanidad, han sido incontables los intentos de encontrar el mejor modo de combatirlo, de fijar el alcance de sus consecuencias en prácticamente todos los campos de la actividad humana y, más que nada, de extraer enseñanzas para el futuro. Tarea nada fácil, dado que en ella intervienen tanto la diversidad de los impactos del virus en cada país, como los múltiples puntos de vista de los analistas. Y si agregamos que, tal vez con excepción de China, la pandemia aún no ha sido erradicada, ni mucho menos, tenemos que el tema es de extrema complejidad. 

No obstante, existe un claro consenso acerca de que el factor fundamental para la aceleración del contagio y la debacle económica que trajo consigo ha sido la carencia de estructuras sanitarias adecuadas, derivado, a su vez, del modelo neoliberal que impera en casi todo el mundo, y más específicamente, de la privatización de la salud pública. Al igual que ocurre con la fabricación y costo de las vacunas que imposibilitó el acceso oportuno para los países no desarrollados. Para los que aún rezan en el altar neoliberal lo acontecido en China y en los Estados Unidos podría hacerlos reflexionar. Veamos.

En la primera, no solo se enmendaron enseguida los errores en que incurrió cuando se descubrieron los primeros brotes del virus, sino que con inusitada rapidez se movilizaron todos sus recursos para echar a andar un plan integral, cuyos resultados han sido asombrosos. Hoy en día, el país más poblado del mundo, con más de 1.400 millones de habitantes, reporta en total únicamente 90.697 mil contagiados, 4.636 fallecidos y apenas 323 activos. Es decir, menos que Honduras. La vida social y la economía están retornando a la normalidad del 2019. Y fue el único que en el 2020 alcanzó un crecimiento positivo, de 2.3%,

En los Estados Unidos, con un presidente neoliberal hasta el disparate, fue justo al revés. Creo innecesario citar las escalofriantes cifras de contagiados y muertos que dejó Trump. Pero he aquí que Biden, mejor asesorado, parece decidido a comenzar a revertir su desastrosa política. Así lo indicaría, además de la vacunación masiva que ha emprendido, la suspensión de las patentes de vacunas que está evaluando y su propuesta fiscal para obligar a las grandes transnacionales a pagar tributos e incrementarlos a las herencias, y a las rentas más altas hasta un 39.6%, aunque solo un poco más de dos puntos arriba del 37% actual.

Este giro que el nuevo mandatario le está dando a su país podría empezar a hacer alguna mella en el neoliberalismo y su envenenado fruto, la desigualdad, que se ha convertido en el problema fundamental de Norteamérica y del resto del orbe. Aun cuando la solución definitiva pasa por el cambio de modelo económico, la redistribución de la riqueza y de los ingresos nacionales por la vía fiscal ha probado ser una alternativa viable, en tanto, por supuesto, que no vuelvan los regímenes de ultraderecha a trastornarlo todo, como sucedió con los de Reagan y Trump. Y, contrario a lo que los neoliberales sostienen, el aumento de impuestos y salarios puede servir de detonante para el crecimiento y la disminución de la desigualdad.

La subida del salario mínimo tiene un impacto positivo sobre el empleo, asevera el Premio Nobel de Economía y ex vicepresidente del Banco Mundial, Joseph Stiglitz.  Agregando que “la presunción de que el mercado de trabajo funciona como cualquier otro mercado definido por la oferta y la demanda, una especie de creencia religiosa no es cierta, como lo comprueban abrumadores datos de centenares de estudios hechos en Estados Unidos”.

En el paquete de medidas (el new deal) que implantó el presidente Franklin Delano Roosevelt en 1933 para enfrentar la gran depresión que había estallado en 1929, la de mayor peso fue, tal vez, la elevación progresiva de impuestos a la renta personal hasta el 47%, a la corporativa hasta el 52% y a la propiedad, herencias y grandes patrimonios, hasta el 72%, lo que  -afirma en su obra, “La conciencia de un liberal”, el famoso economista y también Premio Nobel de Economía, Paul Krugman–  niveló socialmente a la sociedad norteamericana y creó cincuenta años de prosperidad, crecimiento, mayor igualdad social, un vasto sistema de salud, hospitales públicos, etc”.

El mantenimiento de esta política tributaria se prolongó por lo treinta años posteriores a la terminación de la Segunda Guerra Mundial, los llamados “los 30 gloriosos años” o “La edad de oro del capitalismo”, durante la cual la prosperidad y la reducción de la desigualdad marcharon muy de cerca hasta el abrupto advenimiento del modelo neoliberal en los años ochenta del siglo pasado con los terribles efectos que todos conocemos y que la pandemia ha llevado a niveles inimaginables.

Otra víctima mortal del neoliberalismo ha sido la democracia occidental que cayó en franca descomposición y dejó de ser la concepción político-filosófica de supremos imperativos morales que conocíamos. Una mal concebida teoría de proliferación de partidos la atomizó y el neoliberalismo la pervirtió hasta la médula. Ahora no es otra cosa que una simple mercancía más y, como todas, fácil presa de la corrupción. Pero, además, la propia democracia está cavando su propia sepultura. ¿Qué otra cosa, si no, significa la insólita paradoja que de elecciones “democráticas” estén surgiendo líderes tan francamente antidemocráticos como Trump y Bolsonaro?

A China la acusan de haber vencido la pandemia por su autoritario sistema de gobierno. Falso. El componente de autoridad fue el menos importante. Lo fue mucho más el tremendo potencial económico, científico, tecnológico, organizativo y, por encima de todo, de máxima reducción de la desigualdad, que en solo cuatro décadas le ha deparado su especial modelo económico, que muchos califican como una sabia combinación de socialismo y capitalismo.

La derecha internacional pasa por alto intencionalmente que la democracia china es un producto oriental muy diferente, cuyas raíces se hunden en milenarias tradiciones. Y se empecina en que, a fuerza, se rehaga a imagen y semejanza de la occidental. Nada más absurdo. El éxito de China con la pandemia, en total contraste con el fracaso de Occidente, prueba hasta la saciedad que la que debe cambiar y regresar a sus orígenes es la nuestra.

Y a propósito, acabo de leer que la vicepresidente de Estados Unidos, Kamala Harris, el secretario de Estado, Antony Blinken y el Alto Representante para la Política Exterior de la Unión Europea (UE), Josep Borrell, han hecho pública “su profunda preocupación sobre la democracia de El Salvador” por la destitución del fiscal general y de varios magistrados de la Corte Suprema de Justicia por los diputados de la asamblea nacional partidarios del presidente Bukele. ¡Qué bien! Pero deberían estar más preocupados con JOH que para llegar al poder hizo algo mucho peor. Releamos la noticia de esa aciaga fecha: “El 12 de diciembre de 2012, en horas de la madrugada (a las 04:00 horas), con el edificio rodeado por miembros de las Fuerzas Armadas de Honduras, el Congreso Nacional (bajo la presidencia de Juan Orlando Hernández) acordó la destitución de cuatro de los cinco Magistrados integrantes de la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia”.

La acción de Bukele proviene -que no la justifica- de la aplastante victoria electoral que le dio el control total del parlamente salvadoreño. La de Juan Orlando fue para impedir que los magistrados separados pudieran declarar la nulidad del fraudulento triunfo que hacía un mes había obtenido en las elecciones primarias contra el candidato Ricardo Álvarez. Y que le permitió un año más tarde, mediante otra escandalosa manipulación de votos, hacerse con la presidencia de la república. Y de nuevo en el 2017, siempre con trampa y esta vez burlando nuestra Carta Magna, se reeligió para otro mandato, para lo cual, paradójicamente, se valió de una espuria sentencia de la misma sala constitucional de la Corte Suprema que declaró inconstitucional ¡nada menos que a la propia Constitución! Y a esto cabe agrega, por supuesto, las acusaciones de narcotráfico de la fiscalía de Nueva York.

Pero mientras a Bukele lo critican fuertemente de todos lados, a JOH no le dicen nada. Los voceros de Biden se expresan siempre de él con ambiguedad. Como si no supieran qué hacer y no conocieran sus intenciones de seguir en el poder, ya sea personalmente o por la interpósita mano de “papi a la orden”, en cuyas planillas lleva íntegra la corrupta estructura de Juan Orlando. La lucha contra la corrupción, por tanto, que pregona la administración de Biden, parece que solo va a ser un sueño. “Y los sueños -dijo el poeta- sueños son”.     

¿Y qué vamos a hacer los hondureños para salir adelante si en las próximas elecciones conseguimos expulsar del poder al Juan Orlandismo y su trasnochado régimen neoliberal? Yo diría que sería sensato proceder en similares términos a los de Biden. Copiemos a los Estados Unidos lo bueno y no solo lo malo. Aparte de recobrar la poca democracia que teníamos, el Estado debe retomar su rol constitucional de principal conductor y responsable del bien común. Compremos vacunas. No sigamos acusando e implorando a medio mundo por ellas. Nos pone en ridículo JOH después de haber tirado a la basura -o a los bolsillos de a saber quién- cuarenta y ocho millones de dólares por unos inservibles hospitales móviles. Y con talento y sentido común, que son dos cosas distintas, reactivemos la economía, entre otras medidas, con el aumento del gasto público, pero también del salario mínimo y de impuestos a los que pueden pagarlos.

Acabemos de una vez por todas con las franquicias y otros privilegios injustificados. Y también con el derroche a manos llenas de nuestros exiguos recursos en que a diario incurre JOH, aviones, helicópteros, barcos patrulleros, fastuoso centro cívico, programas de proselitismo, propaganda para ensalzar su imagen y en mil otras banalidades. Y no olvidemos sancionar de verdad a los corruptos, sin excluir a los que se dice que están ofreciendo vacunas a cambio de votos ni a los que han sido absueltos por el nuevo código penal, al que hay que declarar nulo de nulidad absoluta.

No pueden quedar impunes los que se aprovecharon de la pandemia, o lo que es lo mismo, de la desgracia de nuestro pueblo, para atracar las arcas del Estado y robar a tontas y a locas.

Tegucigalpa, 4 de mayo de 2021

Las opiniones aquí publicadas son de exclusiva responsabilidad de quien las escribe, no representan la línea editorial de Criterio.hn

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