RECUERDOS (II)

                                                           

   Por:  Víctor Meza

“Uno es lo que guarda”, dicen que alguna vez dijo Picasso. He pensado mucho en el sentido de esa expresión, sobre todo en estos tiempos de reclusión y aislamiento, cuando el temor a la peste del virus me ha obligado a refugiarme en mi biblioteca del Valle y sumergirme (“Agua del recuerdo/ voy a navegar…”) en viejos y apolillados papeles. Lo confieso: siento una especial satisfacción al hacer el recorrido por el pasado, revisando documentos viejos, fotografías antiguas y libros que tienen sus páginas amarillentas y opacas. Es una manera de revivir ciertos hechos, repoblar la memoria con detalles, nombres, peripecias y aventuras que un día fueron la esencia de nuestra vida y el motivo sublime de nuestros mejores ideales.

Navegando entre papeles, de pronto, sin aviso previo, aparecen los recortes de prensa de hace 50 años. Aquel abril caluroso en las calles polvorientas de León, la ciudad nicaragüense a la que había llegado apenas un par de días antes, proveniente desde muy lejos. Con Oscar Turcios (le llamaban cariñosamente “el ronco”, por la tonalidad carrasposa de su voz), uno de los hombres más buscados por los esbirros somocistas de entonces, habíamos cruzado, en operación nocturna, la porosa frontera que divide a Honduras de Nicaragua en la zona sur de nuestro territorio. Mientras Òscar viajaba clandestino hacia Managua, yo debí quedarme en León, haciendo compañía a un pequeño grupo de compañeros, entre los cuales destacaban tres: Enrique Lorente, Igor Úbeda y Luisa Amanda Espinoza. Un tiroteo inesperado, con saldo negativo para la Guardia Nacional, a cien metros de nuestro escondite, atrajo la represión a nuestra zona. Toda la noche, fusil o pistola en mano, esperamos el desenlace letal. A la mañana siguiente, cuando por fin pudimos abandonar la improvisada “casa de seguridad”, la muerte se nos vino encima. Una patrulla de la Guardia reconoció a Lorente cuando abandonábamos la zona de peligro. Junto a Luisa Amanda (su nombre  hoy lo ostenta la Asociación de Mujeres) se parapetaron y resistieron hasta que sucedió lo previsible: ambos murieron en el patio de una casa vecina. Mientras tanto, Igor y yo, presión mediante, logramos salir del cerco y refugiarnos en la Casa Cural de la Iglesia Católica. Un mes y medio después, a mediados del mes de mayo, Igor murió acribillado en las cercanías de la sucursal Boer de Managua. Era casi un adolescente y se había graduado de bachiller con altas notas y merecido respeto. Sufría una grave afección de Leismaniasis, la temible “lepra de montaña”.

La noche en que nos mantuvimos en vela, pendientes de la posible llegada de la Guardia, hablamos de muchas cosas, pero sobre todo del amor y sus consecuencias. Lorente insistió en colocar el tema como punto central de las confesiones y confidencias. Cuando la muerte se acerca, el hombre se vuelve más humilde, dicen que escribió José Martí. Esa noche fuimos muy humildes.

Las aguas del recuerdo me han llevado ya demasiado lejos, mar adentro. Y no puedo menos que pensar en los ideales que entonces nos animaban y concedían valor y arrojo, sentido ético profundo a nuestros juveniles años.

Pienso y escudriño más cuando veo a jóvenes activistas del régimen distribuyendo bolsas de comida y humillando a los pobres receptores, al recordarles el origen de la ayuda, la falsa benevolencia del gobernante. ¿Qué clase de jóvenes son esos, en donde están sus valores, con qué basura rellenan el hueco maloliente de sus supuestos “ideales”…? ¿Cuál es el sueño o la utopía que los mueve? Nada, no hay nada, ni sueños, ni utopías, ni ideales, ni valores. Solo cálculo político, arribismo simple, oportunismo diario, sin ética, sin neuronas y, a lo mejor, también, sin hormonas.

¡Ah tiempos aquellos! En este abril se cumplen cincuenta años…  

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