Qué cosa no fue el motín en El Capitolio, un cuento largo

Alianza

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

No sé si explica mucho, pero el había prometido un día bárbaro (a wild day) y Trump cumplió. No todas las conspiraciones son imaginarias, Raúl, pero lo real no se te aparece. Una máxima de la teología hindú afirma que, puesto que Dios es incognoscible por infinito, es también innombrable, no se le podrá definir por lo que es, ni designar con un nombre. Solo se puede acercar a él por la vía de enumerar lo que no es. Neti neti. No es esto ni es aquello. ¿Acaso no es cierto eso en general de La Verdad, y no solo de lo intrínsecamente misterioso o de las fantasías recónditas? La neta hay que descubrirla, sacarla del descuido, apartando ilusiones, cernerla entre verdades a medias.

Un informe técnico del Grupo Eurasia advierte antier que, entre los mayores riesgos de 2021, a la par de la pandemia extendida y las tensiones globales entre bloques, está el abuso de las redes. Todos hemos conocido de la forma en que estas han servido para enfrentar, y poner nuevos dictadores en Medio Oriente, y para el disenso en China, en Europa y en América Latina. Pero no importa cuan “inteligente” es una tecnología, si le metes basura, sacas bodrio.[1] Y el valor de una técnica es siempre neutro. En distintas manos da vida o mata, puede servir para el mal como para el bien. Desde el hacha de piedra paleolítica hasta el Watsapp, o el tuit que puede develar una verdad ocultada o propagar una mentira desorientadora.

Es un problema, como pone en evidencia la noticia de que las plataformas sociales Twitter y Facebook, que ya había eliminado miles de perfiles falsos y bots de Juan O Hernández, reconocen su peligrosidad y también han cancelado las cuentas del aun presidente de EUA, Trump, por su arbitrariedad para propagar delirios tóxicos. Ese abuso cibernético está directamente ligado al motín de anteayer, un asalto al Capitolio para detener el conteo y certificación de la elección presidencial, evento que, aunque inaudito y único, no tuvo nada de accidental o de espontáneo. Fue promocionado durante meses con anuncios financiados, con las contribuciones de los participantes, organizado y, a último momento, animado desde la Casa Blanca, en donde con un grupo de amigos y sus familiares, se preparaba para dar el grito de ataque el propio Trump. Hipócrita que, ante las consecuencias, hoy condena el desafuero, les manifiesta desprecio, y avisa que se les castigará. ¿Mal paga el diablo a quien bien le sirve?

En ese último discurso, exhortaba a la turba a interrumpir la cuenta de los votos en la sesión conjunta del Congreso y a ser indómita, porque solo así se podía detener el robo. Y aun habiendo entrado la turba al edificio del que alguien -desde adentro- abrió la puerta lateral, Trump la animaba. Hasta que, luego de la noticia de la primera muerta, envió un tuit en que pidió que guardaran la compostura, y se retirasen en paz, asegurándoles que los amaba (We love you). Aunque ya abundan hoy entre sus seguidores quienes niegan que Trump tuviera que ver, pobrecito, y aun niegan que se diera el motín, asegurando que las imágenes son un montaje de adversarios, para calumniarlo, o que los antifas infiltrados, descarrilaron una manifestación pacífica. Aún frente a las evidencias de que este caótico galimatías fue producto de años de agitación y respondió a la puntual exhortación del bufón demagogo. Ahí están las imágenes de los ataques contra la prensa, contra los oficiales, contra los congresistas, contra los muebles y monumentos.

¿Quiénes eran? Hay que descifrar los símbolos que ellos mismos desplegaban. Muchos eran celosos fundamentalistas, que consideran a Trump su fiel presidente. Pero la mayoría variopinta, ostenta signos y, más que frases, siglas, leyendas antisemitas, evocaciones de lemas de los campos de concentración, con calaveras sobre fémures cruzados. A la par de estos estaban los Proud Boys, milicianos armados a los que Donald defendía y saludaba en los debates. Otras docenas de manifestantes enarbolaban las banderas de la confederación de los estados esclavistas del Sur, que quiso separarse de la Unión en 1860. Y una buena parte de ellos portaban los emblemas de QAnon. (Por un par de días, en los parques de Washington, islas de información con computadoras y banderas de QAnon, orientaban a los peregrinos, que habían respondido al llamado del líder). Esto se pone difícil y con cada observación, mas misterioso.

De los miles de manifestantes, cientos llevaban bandera de QAnon. Otros vestían camisetas o tatuajes con el logo de la secta. Incluido el más notorio de todos, alias Jake Angeli, quien se proclama a si mismo desde hace meses el shaman de QAnon, el mensajero de Q, el misterioso originador de la secta. Jake se instaló en la tribuna del Senado a posar, lanza en ristre con bandera, con el lomo cubierto de pieles, pero el torso desnudo para mostrar los tatuajes, con un casco de cuernos en la cabeza, y el rostro pintado. Igualmente era fanática de esa teoría conspirativa, la ex oficial de las Fuerza Aérea, Ashly Babbit, que murió ejecutada con un disparo en el cuello cuando su contingente intentó abrirse paso hacia el refugio, en que los guardias habían concentrado a los congresistas amenazados. ¿No se hubiera conseguido lo mismo con una bala en la pierna?

¿De qué se trata? Varios allegados al presidente han participado en los chats de QAnon. Su hijo, Erik Trump (mismo que extorsiona a los republicanos con sabotearlos si no apoyan sus extremos) ha subido memes de QAnon al Instagram, y el propio Trump, ha retuiteado a miembros de QAnon, de quienes dice que de verdad me quieren, y ha descrito a sus fieles como gente que ama a nuestro país y lo defienden. Ellos, a cambio, a él lo han convertido en figura de culto, ubicándolo en el centro de su rara explicación del mundo. Lo conciben como un fiel paladín y redentor de su lucha paranoica, contra una imaginaria red multinacional de pedófilos satánicos, que lideran entre otras celebridades B. Obama, G. Soros y H. Clinton, a quien se proponen ejecutar. Una logia secreta de políticos poderosos y grandes empresarios, empeñados en darle un golpe de estado a su presidente, como se ratifica en los fallos de las cortes, y ahora queda confirmado en la exigencia de invocar la Enmienda 25 y la amenaza de nuevo juicio político. ¿Verdad que nadie cree realmente ese cuento? Pues ¡son muchos miles a lo largo y ancho del país virtual, los que entre ellos se llaman patriotas!

¿De dónde sale QAnon? No está claro; pero en principio, de una serie de mensajes enigmáticos que se difundieron en 2017, supuestamente del susodicho Q, un fingido agente de inteligencia retirado, quien presentaba las investigaciones que entonces hacía el Fiscal Especial Muller, sobre la interferencia rusa en la elección de 2016, como una elaborada coartada para ocultar la evidencia de la verdadera conspiración, en contra de D. Trump. Y se le identifica fácilmente a cada uno porque entre otras cosas -como aquí, Lupe- no creen que el covid sea más que una gripa mitificada por los demócratas, para asustarlos, y ¡no usan mascarilla! Pero entonces el tumulto de antier, qué cosa no fue. Solo le pongo un grano de sal a lo que dicen los medios y los jefes. Pudo haberlo pensado R. Giuliani, pero no.

No se ensayaba un golpe de estado en este caso un autogolpe, ni fue un conato de revolución, con la que Trump pensaba que podría revertir el resultado de la elección. No lo creo ni un minuto. Porque el motín no tenía esa posibilidad, ni Trump pudo haberse engañado al respecto. Si no, más bien ¿buscaba escenificar la contra ceremonia? ¿Dramatizar su salida de opereta cómica de La Casa Blanca, en sus propios términos, como si estuviera saliendo de su propio Casino? ¿En vez de por una concesión formal, o una derrota?

Tampoco es cierto que fuera este disturbio el primer disparo de inicio de una nueva guerra civil. No tenía ese alcance, aunque pudiera aun repercutir en actos de violencia puntual y peligrosa, aislada en el interior del país, como esas masacres de desquiciados o ataques suicidas. Pero no guerra civil, porque sus guerreros de reparto en película fantasiosa no representan una milicia real, guerrilla, ni partido. Ni tampoco el interés genuino de una población, sino solo un estado de hipnosis, de idiotez más o menos transitoria, con que se entra a una batalla fingida.

Menos aún es cierto que el motín de Washington fuera nueva evidencia de una decadencia terminal de la supuesta democracia americana imperial bicentenaria, como se ha estado declamando solemnemente en círculos de la izquierda intelectual, desde los sesenta, cuando alguna vez me tragué el cuento.

Porque si bien no pudo suceder antes, el happening en la explanada del Capitolio puso en evidencia la resiliencia y, según su propio juicio, la sensatez del sistema moderado establecido, las razones por las que tiene que limitarse este ímpetu de la democracia directa. Y, asimismo, su capacidad intrínseca para superar un reto de este tipo, aun cuando surja –instrumentalizado- desde la más alta esfera del poder público. De repente, ojalá, no esté haciéndome ilusiones, el motín fue más bien el desfile fúnebre del proyecto autocrático de DT, sin duda el republicano más popular desde Reagan, en el curso de la cual procesión perdió Donald a los aliados que hubiera necesitado para prorrogar un poder informal y alzarse con el Partido. ¿Pondrá tienda aparte?

No es cierto tampoco que el drama exótico del sitio, asalto, toma, vandalización y retiro triunfal con trofeos (souvenirs) de la hueste de Trump, no tengan nada que ver con EUA y que no representen del todo -sus intérpretes- a los estadounidenses. Como aseguró Biden en el momento mismo, y como han repetido después sus amigos. Y notoriamente Macron, deplorando la turba que no podía sino recordarle la que -vestida con chalecos amarillos- en París hace no muchos meses, lo obligó a dar marcha atrás con unas sus políticas antipopulares. No es cierto que únicamente fuera aquello un evento de circo extraño, y ajeno. Decir eso es negación y wishful thinking, tiene que reconciliarse ese país con la existencia de estos personajes que son muchos.

Por supuesto que hay chiflados parecidos en muchos otros países. Nosotros tenemos al marero letal y al narco, los europeos tienen antisemitas y antiárabes. Pero este particular torrente de locos especiales puso en escena, a la capa más colorida quinta esencialmente americana de un segmento representativo de estadounidenses jingoístas, exaltados, racistas y xenófobos.  Inconfundiblemente gringos que con sus actos y expresiones refutaban la idea de que ellos fueran materia de burla, the but of the joke o una pesadilla del resto del país, coreando this is real frente a quien lo dudaba, y una y otra vez USA, USA, USA, cuya bandera nacional también flameaba en todas partes, como aquí en las manifestaciones de los blanquitos. Por supuesto que los amotinados reflejan un componente consustancial de la psyche estadounidense, una sensibilidad y predilección gótica de su imaginación. Y aunque no he podido leerlo, me gusta el valiente titular de un editorial del New York Times de ayer, que reza Dejemos de fingir que no somos nosotros.

Algunos grupos milicianos que -en efecto- participaron armados, son peligrosos. Pero no se puede sostener tampoco que los manifestantes del Capitolio, como afirma con sospechosa solemnidad Joe Biden, sean terroristas domésticos. ¿Una amenaza inminente? Esa acusación se agotó ya cuando -en tiempos de Nixon- el establishment nos acusaba a los estudiantes que protestábamos contra la guerra en Viet Nam, de ser conspiradores peligrosos. Y antiamericanos.

En los hechos, no podía ser más inocente la conspiración. De los cinco muertos, cuatro murieron de susto. Quien sabe quién las fabricó, pero nunca detonaron tres supuestas bombas (pìpe bombs, pedazos de tubo galvanizado con pólvora) que alguien repartió entre las sedes de los partidos y el palacio. El cual, con su arte y elegancia, pudo sufrir bastante más daño del que sufrió si hubieran sido estos locos verdaderos iconoclastas, y terroristas, y no una alegre mascarada, que desfilaba entre las cuerdas que les marcaban el camino por los salones. El mayor triunfo de los trumpistas al final ¿sería acaso provocar un estado de represión paranoico en su contra y después contra otros disidentes, contra los demócratas progresistas, que igual protestan? Hay mucha gente detenida por delitos mayores. Y se habla de censurar –para protegernos– las redes, que no son las culpables, y que nos harán falta para defendernos. Philip Bump del Washington Post por otro lado analiza hoy una encuesta del Huffpost, según la cual, aun después de todo y haber quedado evidenciada la patraña, ¡una tercera parte de los votantes republicanos se identifican con los amotinados! ¡Casi 24 millones de electores que el Grand Old Party, como la llaman los republicanos y la democracia estadounidense necesitan mantener interesados para conservarse sana y estable! Less Trump take them away with him to never neverland a Lago.

El Carmen San Pedro Sula, 10 de enero de 2021.

[1] De forma ligera y maniquea, se asegura, además, que los medios son una cosa y otra contraria, las redes sociales de comunicación. Quizás es más complicado. En la práctica, dime si no, observamos más bien un nuevo poder de medios que tienen una agenda, y que se articulan con redes sociales, para amplificarse y organizarse.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.