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Chile: El velo de la ignorancia

Perú, la última tregua de “todas las sangres”

«Si quieres, si te provoca, dame la muertecita, la pequeña muerte, capitán»
José María Arguedas, “Todas las sangres”

Por: Pedro Morazán

Golpe y contragolpe

El mundial de fútbol de Qatar tenía su primera pausa después del impresionante triunfo de los abnegados jugadores marroquíes ante los fieros ataques del equipo español y de la imponente victoria de Portugal frente Suiza. En ese intermedio mundialista sin juegos pendientes, recibíamos la noticia de un golpe de Estado frustrado en el Perú. Irónicamente algunos amigos aún pendientes del balompié, describían el desenlace como un contragolpe en el que una apabullante mayoría de 106 diputados con solos seis votos en contra en el Congreso, destituía al presidente indigenista Pedro Castillo. Nos tocó vivir dos momentos que, en mi opinión, más que paradigmáticos son sintomáticos de la actual situación en la que se debate gran parte del continente latinoamericano: Por un lado, una interpretación populista de la democracia y sus instituciones y, por el otro, un nuevo ímpetu de la razón instrumental en aras de la justicia social y contra la arrogancia del poder.

Evidentemente que la dicotomía presentada más arriba se refiere solo a los proyectos progresistas que, de nuevo, se presentan a los ciudadanos latinoamericanos como alternativas a los fracasados proyectos neoliberales de las oligarquías. En esencia se trata de la falsa premisa populista, de derecha y de izquierda, que, al obtener la mayoría de los votos, en el caso concreto del derrocado Pedro Castillo, el 50.1%, el presidente electo tiene carta blanca para hacer lo que se le antoje. En este caso concreto declarar, inconstitucionalmente, disuelto el Congreso, una institución que de igual manera es el resultado de la elección popular. No intentó siquiera gobernar para el 50% que le dio el voto en la segunda vuelta y que estaba muy lejos de ser la mayoría de su partido que apenas había alcanzado un 19% en la primera vuelta de unas elecciones sumamente fragmentadas. Muchos menos intento, como lo exige la democracia, gobernar para todos los peruanos.

En mi opinión, José Pedro Castillo representa una figura trágica que siguió un guion político apto para una novela costumbrista o para una ópera verdiana. He estado ya varias veces en Perú evaluando proyectos de desarrollo en diversas regiones, incluida Cajamarca, de donde es oriundo el presidente derrocado. Castillo fue un luchador sui generis que logró, desde el “Perú profundo” proyección nacional después de haber dirigido exitosamente, una huelga de maestros. Su llegada a la presidencia en la segunda ronda de unas reñidas elecciones en 2021, fue poco más que espectacular. Su gobierno fue considerado el más inestable en la historia de ese país: Castillo impuso y destituyó a más de 65 ministros en menos de un año de gobierno. No vamos a realizar aquí un análisis de su corto gobierno, para ello existen ya muchas fuentes, que de hecho vale la pena consultar.

Al igual que muchos otros países latinoamericanos Perú tiene una sociedad muy polarizada, producto de una historia de injusticias estructurales, de las que es víctima especialmente la población indígena. Sin embargo, a pesar de las enormes injusticias; sin un consenso nacional es casi imposible cualquier tipo de gobernabilidad. Lideres políticos como Petro en Colombia o Ignacio Lula da Silva en Brasil, son conscientes de tal situación y, por ello, buscan establecer gobiernos de consenso.

En una primera reacción ante la destitución de Castillo, el representante de Colombia ante la Organización de Estados Americanos (OEA), hacia un llamado a pensar los términos del filósofo alemán Jürgen Habermas. y asumir la verdad, el diálogo y la justicia como los tres elementos fundamentales para lograr el entendimiento. Un deseo expresado, pienso yo, por casi todos los representantes reunidos paralelamente en el marco de dicha institución.

El Discurso de Dina Boluarte

La sucesora de Pedro Castillo se llama Dina Boluarte. Debo confesar que, hasta escuchar su breve discurso de toma de posesión, el nombre Dina Boluarte era desconocido para mí. Dina Ercilia Boluarte Zegarra nació, al igual que Castillo, en el “Perú profundo” y es conocida en su país como una abogada comprometida defensora de los derechos de las mujeres y la igualdad de género. Fue candidata a la vicepresidencia durante las elecciones generales de 2021, por el partido Perú Libre de Pedro Castillo. También ella, como ministra de Desarrollo e Inclusión Social, fue víctima de las purgas realizadas por Castillo y su nuevo entorno político. Cabe mencionar aquí que Pedro Castillo abandonó el partido que lo llevó al poder ya en agosto de 2022.

En mi opinión el discurso de Dina Boluarte, a pesar de su brevedad, es verdaderamente programático y paradigmático. Me gustaría recoger algunos aspectos del breve discurso de Boluarte ante el Congreso de su país. En primer lugar, reconoció que su ex compañero de Partido intentó dos horas antes dar un golpe de Estado, “que no ha encontrado eco en las instituciones de la democracia y la calle”. Negar este hecho en nombre de la legitimidad electoral, resulta un tanto miope. Hizo un llamado a una “tregua política para instalar un amplio proceso de diálogo”, lo que, en mi opinión, no es más que un grito de auxilio ante una situación política sumamente delicada. El enemigo político sabe que tiene actualmente el sartén por el mango y no estará muy dispuesto a darle esa tregua, sin pedirle nada a cambio. Así es la cultura política en un continente lleno de populistas y guerras intestinas.

Otro momento de su discurso que me causó mucha impresión fueron su referencias directas e indirectas, a uno de los escritores más admirados del continente, José María Arguedas. Al igual que Boluarte y el mismo Pedro Castillo, Arguedas nació en el Perú profundo. Su biografía es la de una víctima de la dramática desigualdad económica y social que golpea a ese país desde hace más de 200 años de vida independiente. “No puedo dejar de recordar a José María Arguedas, al tayta Arguedas, quien enseñó que la lucha es un bien, el más grande bien que le ha sido otorgado al hombre”, tales palabras en la boca de una futura presidente, son esencialmente programáticas y una clara toma de posición, más que de posesión, por los más excluidos de su tierra.

Su segunda referencia a Arguedas fue más bien indirecta, pero no por ello menos bella e impresionante. Boluarte anunciaba que establecería una coalición de “todas las sangres”, haciendo una alusión indirecta a la que quizás fue la obra magistral de ese gran escritor peruano. En “Todas las Sangres”, Arguedas nos muestra, a través de su personaje Rendón Willka, las humillaciones de las que son víctimas los indígenas de los Andes por una élite racista afincada sobre todo en Lima. “Si quieres, si te provoca, dame la muertecita, la pequeña muerte, capitán», reclama Willka para anticipar su muerte como el punto máximo de su humillación.

Perú es un bello país con tres zonas geográficas y culturales muy bien definidas: la costa, los andes y la selva. A pesar de haber tenido uno de los desarrollos económicos más dinámicos del continente en los últimos años, ese país no ha logrado superar la violencia estructural de la inequidad y la exclusión. Allí el componente racista de la exclusión sigue fuertemente presente.

Mientras no se supere, será muy difícil encontrar la paz y la tan necesaria calma política. “En virtud a esa enseñanza (la del “tayta” Arguedas), me comprometo ante el país a luchar porque los nadies, los excluidos, los ajenos, tengan la oportunidad y el acceso que históricamente se les ha negado”, así cerró su discurso esta mujer que podría darnos un ejemplo de dignidad y honradez en un país tan sediento de justicia. Si la dejan.

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