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Por: Daysi Flores

Noviembre siempre ha estado lleno de sorpresas. En general buenas. ¡Tal vez sea sólo porque es el mes en el que nació mi madre o tal vez es porque algo de mí se apacigua entre las brisas que anuncian la llegada del frío y con él, el permiso para usar botas! o quizá es que desde que nací, las elecciones son en noviembre y la esperanza y el cambio siempre fueron las palabras resonadas en el ambiente.

Y es que yo nací en dictadura, pero no la recuerdo a pesar de que la conozco demasiado bien porque la he vivido tanto en la piel de mis ancestros como en la propia. Lo que sí recuerdo es la pasión de mí abuelo liberal defendiendo a su candidato, el que fuera el afortunado.

Las largas pláticas sobre cómo el país ahora sí estaba cambiando. La ilusión en los ojos de mis tíos jóvenes ansiosos de tener un futuro que les fue negado. Tal vez es solo que, como dice una amiga, nací con la maldición de la memoria y me cuesta mucho trabajo olvidar.

Tal vez por eso, es que estos noviembres me transportan a mí primera infancia cuando Carlos Flores era la fuerza joven de un spot publicitario que escondía un proyecto de muerte y terror. Del mismo modo en que ahora esconden entre canciones plagiadas y discursos que incluyen palabras como «patria, vida y progreso» un Continuum de odio, violencia y de usurpación en el que reafirman su compromiso con NO dejarnos nada. ¡NADA!

Y para las mujeres, menos: nosotras sólo somos vistas en función de procrear más esclavos del cemento con mano de obra barata, seres que sirve para amamantar y nutrir sus votos ignorantes. Un compromiso con seguir explotando todo lo explotable y llenando sus bolsillos en el extranjero mientras viajan en clase turista de vez en cuando para aparentar.

Un compromiso con el desmantelamiento completo de un Estado que nació incompleto. Y, por otro lado, una oposición que no nos llena del todo y que genera anticuerpos y dudas sobre si podrá o no estar a la altura de lo que el momento político demanda.

Una oposición llena de ideas rancias que conviven con la frescura y el desenfado de quienes quieren construir un país con amor y sembrar árboles aquí, en este país, árboles cuyos frutos sólo verán sus hijos que también tercamente les sueñan viviendo aquí.

Es que la terquedad de quedarse implica saber que nuestros tejidos se han roto de manera deliberada y que la idea de la democracia no construye un país con votos, pero el poder visible está ahí y hasta el narcotráfico lo sabe y por eso, tanto ellos como otras fuerzas lo controlan de frente o tras bambalinas. Honduras no se va a refundar con un voto, una alianza o un partido político sino con la construcción de la vida comunitaria, cualquiera que esta sea, día a día.

Construyéndonos y deconstruyéndonos, aprendiendo de aquellas personas que nos quieren hacer ver como «las otras» las malas, las brujas, etc. Pero el voto puede generar el movimiento telúrico que necesitamos como lo hizo en el 2017 y honestamente, si el voto decidiera el destino de nuestro país, este sería otro ya, pero hemos crecido y ojalá aprendido que tenemos que seguir abriendo nuestras mentes y corazones para escuchar lo que dicen incluso con sus discursos de odio.

Es por eso que, noviembre parece traer reflexión y discusiones acaloradas como en el pasado. Y yo a las discusiones no les temo, porque me enseñaron que hablando se entiende la gente.

Aunque esta dictadura nos quiera quitar también la categoría de gente, por el simple hecho de tener la osadía de soñar con poder decidir sobre nuestro cuerpo, nuestra cama, nuestro país y nuestra vida. Y, sobre todo, por seguir guardando en nuestros corazones la esperanza de un nuevo amanecer que cure las heridas de los Golpes y que abra un camino que nos ayude a remendarnos con hilos fuertes y resistentes.

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