Los migrantes y las bases militares de EE.UU. en Honduras

Por: Andrés Molina

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Tegucigalpa.- En los últimos días el mundo ha vuelto de nuevo su mirada sobre Honduras. La nueva crisis migratoria que nadie se atrevió a predecir y que puso de correr a las autoridades de Guatemala y Honduras por los regaños públicos del gobierno de los Estados Unidos, cuyo presidente acostumbrado a gritar en redes sociales, ha reaccionado con virulencia atacando la caravana con calificativos llenos de odio y xenofobia.

Veinte años después que el poderoso huracán Mitch generara una oleada masiva de migrantes hondureños y hondureñas, esta vez la crisis social y política generada por la imposición del gobierno de Juan Hernández, ha obligado a miles de hondureños y hondureñas a huir de forma masiva de la pobreza y de las múltiples formas de violencia que se generan desde el Estado.

Dada la respuesta del gobierno  de los EE.UU., cabe preguntarse si el presidente norteamericano sabe que Honduras es un país ocupado militarmente por los Estados Unidos y cuya democracia ha sido anulada por una serie de golpes sucesivos a partir del año 2009 consentidos y dirigidos por su embajada en Tegucigalpa, que en su último episodio para imponer una dictadura obediente al gran país del norte, contó con la participación protagónica de su encargada de negocios, Heide Fulton, quien literalmente se metió al Tribunal Supremo Electoral (TSE) para decir que los resultados eran válidos a pesar de las protestas, la represión y los muertos que estaban ocurriendo.

  

Pero por qué los EEUU se sienten con derecho a pisotear nuestra soberanía y cuando nuestros hermanos huyen de esta situación— provocada por su gobierno— nos humillan y nos atacan como si se tratara de delincuentes, sin que pase nada.

La respuesta no es única, pero se explica precisamente en el control extremo que se ejerce sobre las decisiones que deberían tomar los hondureños y no un gobierno extranjero, se trata de una situación compleja, de relaciones de subordinación, de control y de ejercicio del poder del gobierno norteamericano sobre el de Juan Hernández que por un lado le debe al gobierno de Donald Trump su imposición en el poder, y por el otro la extorsión y la amenaza de que en cualquier momento le puede pasar lo que le pasó al general Manuel Antonio Noriega y que los norteamericanos se lo lleven y lo enjuicien en territorio norteamericano.  

La caravana es una crisis sin precedentes en la historia moderna de Honduras y de Centroamérica, a la que los grupos de poder que han controlado a punta de pistola cualquier movimiento social o político que se atreva a reclamar justicia en el país, no encuentran una respuesta racional a pesar de la grave crisis social, política y económica que vive el país, su única respuesta es la descalificación –se van porque son haraganes- la violencia, el gobierno debe cerrar las fronteras. La gente va tan desesperada que ni la represión, ni las amenazas, ni la militarización de las fronteras han logrado detener su éxodo.

Tal como lo predijo el Premio Nobel de Literatura José Saramago “El desplazamiento del sur al norte es inevitable; no valdrán alambradas, muros ni deportaciones: vendrán por millones. Europa será conquistada por los hambrientos. Vienen buscando lo que les robamos. No hay retorno para ellos porque proceden de una hambruna de siglos y vienen rastreando el olor de la pitanza. El reparto está cada vez más cerca. Las trompetas han empezado a sonar. El odio está servido y necesitaremos políticos que sepan estar a la altura de las circunstancias.”.

Las grandes potencias deben entender que a cualquier acción siempre habrá una reacción. No se puede ir a bombardear un país y esperar que no va ocurrir nada, no se puede tirar por la borda un sistema democrático e imponer un títere corrupto de presidente y esperar que no va pasar nada. La migración es el resultado directo de la imposición de una dictadura que obedece ciegamente a Washington, es el resultado de la imposición de políticas neoliberales, de la violencia generalizada y de la impunidad, situación que solo va cambiar cuando EE.UU. comprenda que no es torciendo la voluntad popular e imponiendo presidentes que va cambiar la situación, esto solo va cambiar cuando el pueblo hondureño sea el arquitecto de su propio destino. Mientras tanto, los hondureños y hondureñas seguirán buscando sobrevivir a costa de su propia vida en el gran país del norte.

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