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Las imposibles elecciones inminentes y el cambio obligado inminentes y el cambio obligado

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Alianza

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

                   a mis amigos de Patria en acción que –juntos- iluminan

Los demócratas decimos que las elecciones son el camino por el cual el pueblo puede efectuar cambios. Y tradicionalmente los EUA ha insistido que la vía electoral es la forma de cambiar régimen y gobierno. También sabemos que hay de elecciones a elecciones. Que tienen alcances muy limitados en los sistemas de un solo partido. Que las dictaduras celebran elecciones controladas.  Y que existen sistemas bipartidistas de pensamiento compartido en que -a través de fingimientos y pactos- la elección alterna rostros, lemas y colores, pero frenan el cambio verdadero.

Dentro de unas semanas según el calendario convenido en ley, tengan o no techo o pan, cinco millones de hondureños -un millón menos que antes- están convocados a elecciones internas de los partidos mayores, en que varios movimientos se disputan el poder de nominar candidatos. Estas justas con que las estructuras partidarias manejan la participación son un procedimiento cuestionado, pero hoy inevitable.  En los tres partidos que pueden ganar, hay un forcejeo feroz por esas posiciones en las papeletas. De atenerse a principios democráticos, su viabilidad organizativa de los partidos depende de dirimir esas pretensiones mediante elecciones creíbles. Y a los habituales del oficio, se les va la vida en ganarlas para su comparsa, sus ungidos, los incondicionales, los mismos de ayer, a como dé lugar, cueste lo que cueste.

Entonces, en cada partido a todos tiene que conmovernos la sinceridad y el ánimo con que jóvenes y viejos, profesionales y líderes humildes, soñadores y defensores de los derechos se lanzan al ruedo eleccionario, y estamos llamados a respetar ese gran y valiente esfuerzo. Pero roto el orden constitucional, el sistema eleccionario luce cada día más como una trampa, incapaz de sacarnos de la dictadura, no digamos de conseguir un cambio. Ciertamente, al bajar ahora la marea, en el Consejo Nacional Electoral han quedado a la vista los riscos y bancos de arena, las trampas de siempre, avaladas por la subcultura del fraude, en que encallaría ese buen propósito. Es un real dilema, entonces ¿cómo?

Escucho a un connotado presentador de CNN preguntarle a un principal candidato de la oposición: Luis Zelaya ¿por qué piensa que JOH entregará el poder luego de la próxima elección, si antes no entregó y si acaba de sobrevivir holgadamente al intento de formularle un juicio político? El ingenioso aspirante responde que justo el problema es que JOH controla El Congreso y La Corte Suprema, es decir que es un dictador. Pero que hay una coyuntura favorable porque antes, el actual mandatario tuvo el apoyo de EUA, que lo legitimó. (Y no sé si, por pudor, omitió mentar el apoyo de los militares que reprimieron la resistencia contra el fraude, a solicitud de grandes empresarios.) Pero aun si hay mucha habladuría como dice Y, en EUA sobre JOH, sin que hasta ahora haya ninguna mención o señal de que la Cancillería estadounidense se inclina a desestabilizar al actual gobernante.

No me atrevo a pedirle a Luis Zelaya que muestre sus cálculos, porque lo he escuchado también decir que él cree (¿calcula?) que podría ganar la elección general como aliado de Salvador Nasralla. Pero cabe preguntarle al Ingeniero que, si atiende a su aritmética, ¿acaso habrá perdido Juan Orlando esos apoyos y controles después de las elecciones inminentes?  Será que cualquiera de nosotros estando bien informado, puede objetivamente anticipar que, en enero de 2022, el actual jefe de estado ¿habrá perdido el control de la bancada nacionalista que, junto con los diputados del residuo de maletín y los del lado oscuro liberal lo juramentaron en 2018, habiendo amplia evidencia de fraude, y lo protegieron ayer contra el juicio político? Es difícil imaginar que la oposición, desarticulada, pueda arrebatarle el control del parlamento.

¿Acaso no estará aún instalada la misma Corte, negociada entre el Lado Oscuro y el Partido Nacional? ¿No seguirá presidida La Fiscalía por el escogido de JOH? ¿Habrá cambiado el mando de la cúpula de las FFAA? Los empresarios que cuentan -los banqueros, los grandes industriales y dueños de medios- ¿le habrán dado la espalda a tan rentable socio? ¿Los pastores a sueldo lo habrán abandonado? Pues entonces, JOH podría pasar a ser diputado del Parlacen en 2022. Pero el país seguirá estando en el mismo trance, rodando bajo espeso de la dictadura corrupta.

La actual crisis del proceso electoral también es una crisis obvia del sistema político, que ha perdido toda credibilidad, porque no defiende el interés de la nación, sino que cobija el beneficio de los capos y de sus argollas. Devenida en casta, cartel, mafia y mara, la clase política hondureña -que solo se representa a sí misma- precisa un relevo desde el fondo, lo que no permite el sistema estratificado, y diseñado para preservarla. Un sistema que ya no puede generar el cambio necesario, sin ser él mismo reformado.

¿Alguien no entiende esto? Para reestablecer el orden y el derecho, enderezar el rumbo, convocar a elecciones creíbles y alentar la esperanza de una democracia real, primero habrá que obligar a JOH a entregar el gobierno, como intuye Luis Zelaya, sin explicarse bien el cómo, ahí es donde la mula botó a Genaro. Y no hay muchos caminos para eso. Y democrático, ninguno que le dé la espalda al pueblo, o le imponga otro yugo, o bota.

Solo el pueblo puede obligar a JOH a entregar. Acompañado de todos los actores democráticos, porque pueblo somos todos, para construir un nuevo consenso. Uno capaz de organizar un gobierno de transición que salve al país ante la multicrisis sanitaria, económica, social y política, agudizada por el mal gobierno, los fenómenos naturales y sus consecuencias, mediante la ejecución de un plan mínimo acordado, sanitario, de educación, económico de emergencia y de regeneración cívica.

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