La universidad de Bryans y bullangeros

Gustavo Zelaya Herrera

Por: Gustavo Zelaya Herrera

El actual movimiento estudiantil universitario y sus tácticas de lucha como la toma de edificios, el uso de la máscara, la forma de entregar peticiones, el contenido de las mismas, sus expresiones artísticas, el decorado que hacen en los nuevos edificios del campus, etc., han provocado reacciones que parecen viscerales, otras parecen más pensadas, incluso hay expresiones divertidas cargadas de religiosa fe; he podido leer súplicas a un ser trascendente y absoluto para que ilumine los pasos de todos y con su mano divina resuelva conflictos; otras voces claman por que las autoridades adquieran el don de lenguas para saber divulgar las bondades de la reforma universitaria.

Poco falta para reunir apóstoles, profetas y obispos para espantar los demonios del campus. Esos malditos daimones y diábolos que pululan en el máximo templo de la diosa razón, que cantan en nocturnos karaokes y en los juzgados, cargan videojuegos, se divierten engrillados viendo la Eurocopa y, algo gravísimo, usurpan la piscina y otros espacios públicos.

Los inquisidores invocan seres del más allá para que se lleven los irreverentes Bryans que llenan el campus de grafitis, poesía, música y rebeldía. Y el más conservador de los pedidos solicita que la nueva “tropa bullangera” se atenga al cumplimiento de las leyes nacionales y a la normativa del campus; hay quienes aceptan que con el golpe de Estado se llegó a un quiebre institucional pero admiten la “legalidad” generada desde entonces por conveniente para adecentar la universidad. Bueno, de todo hay en esta tropical viña. Aceptan incluso la intromisión de la policía y dicen que no es intervención militar. Señalan que no hay que confundirse, olvidando que, a partir del golpe de Estado, se fortaleció la esencia militar del país con el control sobre el sistema de seguridad y el judicial. Afirman, además, que no hay violación de la autonomía ni criminalización de la protesta  sino aplicación de la ley.

Si se quiere solventar el conflicto con requerimientos judiciales, que un juez ordene engrillar e imponer medidas cautelares a estudiantes, rodear la universidad con cientos de policías y dos tanquetas, que se presenten fiscales y otros agentes de Estado en los desalojos de edificios; Organizan un gran operativo para realizar esas acciones, fotografiar y filmar toda esa actividad, infiltrar agentes de inteligencia en colaboración con la seguridad privada en ciudad universitaria y un largo etcétera; ¿no es muestra suficiente de persecución, de criminalización de la protesta y de acciones de fuerza reñidas con el diálogo entre universitarios? Todo esto pudo verse en toda su demencial brutalidad  el 1 de julio de este año. Incluso, un funcionario importante de la universidad afirmó que “no se podía permitir el regreso a la caverna de Platón”, cuando el uso de la fuerza policial y acusar de sedición a los estudiantes en protesta si es totalmente cavernario.

Todo pinta un panorama sombrío en donde solo unos pocos iluminati comprenden la profundidad y necesidad de los cambios que nos pondrán a tono con la dinámica mundial; son reformas incomprensibles para los que andamos a pie, tan necesitados de esa luz que se desprende desde lo alto de la torre de cristal; del panóptico que vigila y controla a la desobediente plebe del microcosmos que quiere alterar las reglas establecidas.

La Normas Académicas provocan cuestionamientos en la comunidad universitaria, algunas personas que dirigen departamentos y carreras dicen que son un bochorno, que no supieron de ellas, no se les preguntó, etc.,  tal vez sea por el secretismo con que se ha manejado el asunto y su escaza socialización. Parece que los autores contienen en sí mismos el no va más de la sabiduría universal y sus tesis no merecen ser discutidas con el resto de los humildes e ignorantes siervos que deambulamos por aulas y pasillos del campus. Se simula debatir y cuando se cuestiona se acusa al contrincante de enemigo de la rectora, se le borra de las redes sociales, se le incrimina como opuesto a la autonomía o de ser portavoz de fuerzas políticas extrauniversitarias.

 
Pero en la Unah hay mucho ruido, más desconfianza y los malos entendidos van y vienen. En especial, parece que desde la autoridad se empeñan en descalificar cualquier intento opositor y en asegurar que la autonomía no está en riesgo, agregan que esa categoría no es absoluta, nunca lo ha sido, ya que la interdependencia es un signo de los tiempos y el relativismo permea ese concepto.

 Es probable que sea cierto, pero el hermetismo refuerza los resquemores y la confrontación cuando se descalifica al que protesta y se afirma desde ciertas decanaturas, voceros y asesores incluidos o desde la autoridad principal que los revoltosos son una minoría no representativa financiada por profesores activos y jubilados, sindicalistas resentidos y políticos radicales de izquierda y derecha, toda una sarta de oportunistas aprovechando próximos procesos electorales. Por todo  ello, hay repetir sin cansancio que el debate académico, la discusión fundamentada, las tesis opuestas y los acuerdos son parte de la conciencia universitaria y deben ser el medio predilecto para lograr consensos, sin exclusiones y con apertura. Sin tanquetas, sin garrote policial ni jurídico.

Sin embargo, frente a la petición  de que sea el Estado el que resuelva el conflicto se pone en duda hasta el aspecto relativo de la autonomía; si lo anterior fuera cierto alguien podrá decir que la expresión “Autonomía” no tiene contenido, sólo es una forma gramatical que se puede utilizar con fines de imagen. Que si alguien desde el poder la menciona es porque ha olvidado que ha sido violentada en muchas ocasiones; por ejemplo, desde el congreso nacional que presidió Roberto Micheletti, el objeto de adoración de los que usurpan poderes públicos y que intervino en los asuntos de la Unah al nombrar la primera junta de transición universitaria. Eso no es ninguna novedad ni provoca mucha molestia en personas “progresistas” que ocupan cargos de dirección o que defienden la reforma universitaria de estos tiempos de competividad, pertinencia y globalización. Los santos griales.

Así, todo tiene el estilo de las viejas disputas medievales ya que el “debate de calidad” se centra en la validez de los términos empleados, los actuales conceptos universales que pueden utilizarse para alargar discusiones sobre el derecho de pocos violentando el de muchos; de la necesidad del derecho a pesar de la justicia ; que si el espacio público es de la autoridad o de los estudiantes; que si es importante utilizar capuchas o es de valientes dar la cara; que si la nota de aprobación es núcleo del debate o sólo es distracción; que si es fundamental el título académico para adquirir lustre o es suficiente publicar artículos científicos para merecer el calificativo de doctor o master. En fin, se trata de no hablar de aspectos básicos que no son más que cómo lograr la representación legítima de los estudiantes, la necesidad de democratizar el campus para una convivencia respetuosa, la participación de todos los sectores de la comunidad universitaria en la construcción de las normativas internas y en darse cuenta que la relación fundamental que da sentido a la universidad es la que establecen estudiantes y profesores; ahora sí, lo demás es selva.

Ahora parece que los tiempos son otros, pero no está de más recordar que entre 1980 y 1989 padecimos una situación muy violenta en donde se asesinaron y desaparecieron personas bajo la cubierta de la doctrina de seguridad nacional impulsada por los Estados Unidos; parte de esa tétrica maniobra para frenar movimientos contestatarios en Centro América fue la imposición de Oswaldo Ramos Soto como rector de la Unah gracias a un fallo de la Corte Suprema de Justicia, esto se combinó con otro ardid ligado al patrocinio del Csuca para becar los supuestos cuadros de la revolución, algunos de ellos lo intentaron y otros fingieron amnesia.

 En este período se trataba de detener a toda costa la figura de Juan Almendares Bonilla en la rectoría y desde afuera, con la abierta complicidad de estudiantes y docentes agrupados en frentes de derecha y otros en la “izquierda” política, se designó a Ramos Soto como máxima autoridad del alma mater.
Algunos que se llamaban gordos, flacos y uno que otro de la izquierda liberal, todos con el apellido de revolucionarios, actuaron como inseparables trillizos en la conjura, se hermanaron, hicieron tienda y se pusieron hombro a hombro para impedir una opción diferente, por honesta e independiente, en el gobierno universitario. Parece historia superada pero sigue impactando en la vida de la academia. Ahora brota de nuevo parte de la vieja “tropa bullangera” educada por exiliados sudamericanos, con ribetes de muy académica, objetiva, sociológica, técnica,  forman filas contra la actual oposición estudiantil; defienden las Normas Académicas como si fueran objetos eternos, los nuevos dogmas de la academia. Y lo hacen solicitando la intervención de la policía en el campus universitario con la ayuda de requerimientos fiscales, órdenes de captura y encarcelamiento de la oposición estudiantil. Parece que los nuevos medios del diálogo y el modelo educativo se fundamentaran en delaciones hechas por autoridades, fusiles y gases lacrimógenos. Así es que se quiere resolver los conflictos.

La sofística desplegada por la vieja tropa bullangera cierra los ojos frente a un régimen que ha hecho del sistema de derechos ciudadanos un incansable ejercicio de simulación. Apelan al Estado de Derecho y al papel de los funcionarios reconocidos legalmente, invocan al ministerio público, al sistema de jueces y a la seguridad como garantes del respeto y el orden en el campus. Pero dejan de lado la formalidad de su anterior crítica contra el descredito y la corrupción de ese sistema, fingen desconocer los procedimientos viciados que han servido para controlar la forma en que se seleccionan magistrados, jueces y fiscales de un sistema jurídico y de seguridad penetrado por la narcoactividad y el clientelismo.

Ese es su respaldo legal

En el afán de justificar supuestas carencias de títulos y de desacreditar la protesta sostienen que la lucha estudiantil está desprovista de contenidos académicos y que es política. Tendrán que explicar cómo puede desligarse una cosa de la otra, por método puede hacerse tal abstracción y así conocer las partes separadas del todo. Pero creer que la realidad funciona de ese modo es propio de concepciones arraigadas en el positivismo decimonónico.

Eso sí es vivir en el pasado. Y las cosas se vuelven más complejas cuando existimos dentro de un sistema social que nos impacta con su educación y su cultura hasta hacer creer que el conflicto universitario tiene que verse separado de los partidos políticos, pero no del Estado de Derecho; que los dilemas morales son independientes de la tecnología; que no hay valoraciones éticas en la ingeniería industrial ni en la arquitectura; que dudar de las normas académicas no es permitido porque sólo atañe a la autoridad superior; que la lucha contra la violencia es asunto desligado del feminismo; en fin, ignorar las relaciones entre esos temas conduce a una comprensión de la vida muy parcial, a una simulación que oculta las relaciones entre los distintos aspectos de la realidad.

Por eso esperan que el estudiante se dedique a sus clases, el profesor a su labor, el directivo a la gestión administrativa, el policía a sus funciones, el poeta a sus musas. Pero se muestran molestos cuando alguien salta la barda establecida por la autoridad y el marco jurídico. Seguir a pie juntillas la rigidez de las reglas significa pérdida de la capacidad de debatir y participar en los asuntos públicos; significa callar frente a la arbitrariedad y la injusticia. En fin, cualquier profesional medianamente preparado en el campo de las ciencias  sabe que en épocas de confrontación los conflictos pueden solucionarse tomando en cuenta todos los actores y a todas las partes del sistema. Los reclamos de los estudiantes y demás miembros de la comunidad universitaria son parte de una crisis que puede y debe resolverse con el diálogo honesto, sin trampas ni cartas escondidas, con equidad, sin actitudes soberbias ni descalificaciones, con el objetivo de acercar diferencias, persuadir con fundamentos y seguir construyendo la convivencia universitaria.

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