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La Sociedad Abierta y sus nuevos enemigos

Por: Irma Becerra

En su ensayo, “Nuevos enemigos de la sociedad abierta”, Manuel Arias Maldonado, nos hace un resumen de la obra de Karl Popper cuando acuñó dicho concepto para establecer a la sociedad que no sucumbe al tribalismo ni al machismo patriarcal y defiende las bases de la democracia liberal.

¿Y qué es una sociedad abierta? Arias Maldonado responde por Popper: “El concepto es de Karl Popper, quien lo presenta en La sociedad abierta y sus enemigos, historia del pensamiento político en dos volúmenes que aparece en 1945. Es el año que conoce la derrota del imperialismo japonés y del totalitarismo nazi; el soviético estaba sin embargo a punto de cerrar su puño de hierro sobre Europa Oriental y los comunistas chinos no tardarían en llegar al poder […] su genealogía del pensamiento totalitario -distinta a la que Hannah Arendt publicaría seis años más tarde- se alimenta de la amarga experiencia política suministrada por el periodo de entreguerras. Su tesis central es que una sociedad en la que se ejercita pacíficamente la razón crítica se distingue de aquellas que se organizan alrededor de la reverencia a la autoridad, el respeto al tradicionalismo o el rechazo del pensamiento científico” (Arias Maldonado, 2004, págs. 3-4).

Y continúa el autor citado: “Persuadido como su conciudadano Friedrich Hayek de la falibilidad humana y de las limitaciones de nuestro conocimiento, Popper es escéptico acerca de la posibilidad de alcanzar la verdad: porque lo irrefutable no es necesariamente lo verdadero. De ahí que la búsqueda de la verdad sea compatible con la oposición feroz contra el dogmatismo intelectual. Popper establecía un vínculo entre este último y el autoritarismo político; quien busca imponer una cosmovisión o ideología termina recurriendo a la coerción violenta y al gobierno autoritario, ya que de otro modo no logrará reprimir la natural tendencia del ser humano a producir nuevas ideas.

Es natural que tales premisas desembocasen en la vindicación de la democracia liberal como única forma de gobierno posible para la sociedad abierta: aquella que permite expulsar pacíficamente del poder a los malos gobernantes y antepone la reforma gradual a la gran ingeniería social. Justo es subrayar, en todo caso, que el realismo político de Popper no le impedía reconocer la importancia de las condiciones materiales que permiten al ciudadano desarrollar su plan de vida: las políticas sociales no son un capricho de los colectivistas” (Ídem, págs. 4-5).

Y sigue el autor resumiendo: “En cualquier caso, Popper conceptualiza una sociedad que es gobernada por medio de una democracia representativa; el énfasis no recae en la morfología del régimen político, sino en el tipo de sociedad que ese régimen político hace posible. Dicho de otro modo, la democracia liberal sería la forma política natural de la sociedad abierta; ninguna otra cumple con los requisitos que esta última exige. Entre ellos, el principio del gobierno limitado que establece restricciones a lo que el poder público está autorizado a decidir; el reconocimiento de los derechos fundamentales que proporciona al individuo una esfera de libre disposición; el mantenimiento del imperio de la ley y la separación de los poderes del Estado; la existencia de una esfera pública donde operan medios de comunicación independientes y los ciudadanos expresan sus opiniones de distintas maneras; el funcionamiento de un mercado libre donde individuos y empresas operan bajo la supervisión de los poderes públicos. Es evidente que no tiene sentido separar sociedad abierta y democracia liberal: cada una es condición de la otra” (Ídem, pág. 5).

Arias Maldonado sigue aclarando: “Ahora bien: la sociedad abierta requiere una cultura política capaz de producir ciudadanos que ejerzan la tolerancia cívica y renuncien al tribalismo. Aceptar el pluralismo es renunciar a imponer a los demás nuestra cosmovisión, y hacerlo por las razones correctas: por entender que la cualidad “abierta” de la sociedad tiene un fundamento a la vez moral (derecho igual de todos a atesorar sus ideas) y epistemológico (no existe el conocimiento perfecto).

Las sociedades cerradas no son capaces de progresar al mismo ritmo que las sociedades abiertas; no son justas, ni pueden serlo. Si Popper definía la sociedad abierta como aquella en la que el individuo es responsable de sus decisiones personales, por oposición a una de carácter tribal o colectivista, podemos ampliar el concepto y designar con ese término a la sociedad que pone en su centro la libertad personal y se mantiene abierta al resultado de los intercambios que tienen lugar en su interior. Y aunque renuncia a fijar su forma definitiva, la sociedad abierta solo puede mantenerse abierta -a nuevas ideas, tecnologías, moralidades- si conserva la estructura institucional del Estado de derecho y la democracia liberal. Cuando estas se debilitan, la sociedad se vuelve más “cerrada”. Huelga decir que Popper no pensaba que los occidentales vivieran ya en sociedades abiertas […]” (Ídem, págs. 5-6).

Y Arias Maldonado concluye: “[…] las democracias liberales vienen sufriendo fuertes turbulencias desde el estallido de la crisis financiera de 2008. Allí donde pierde credibilidad la promesa del crecimiento económico indefinido -confrontadas como están las sociedades desarrolladas con los efectos indeseados de la modernización y la globalización: cambio climático, desigualdad económica, tensiones migratorias- aparecen movimientos ideológicos y fuerzas políticas que empujan en dirección opuesta a la sociedad abierta.

Es una lista larga: el populismo que explota el ideal democrático del gobierno popular para estimular el malestar social y, si llega al poder, desactiva los controles liberales e impone una visión antipluralista de la sociedad; el nacionalismo etnocéntrico que actúa en su propio nombre o permea el discurso populista, reclamando el derecho a la autodeterminación o el abandono de entidades supranacionales como la UE; las políticas de la identidad que cuestionan el universalismo ilustrado y perturban la conversación pública mediante la aplicación de la cultura de la cancelación en el marco de las guerras culturales; el despliegue de versiones extremas de doctrinas políticas conocidas (conservadurismo, feminismo, ecologismo) y la difusión de nuevos discursos (teoría decolonial, ideología woke [“Para 2020 críticos de estas posiciones en varios países occidentales han usado el término woke para describir  a movimientos de izquierda “fanáticos o insinceros, y tendentes a censurar de forma dogmática cualquier desviación de su perspectiva ideológica”. Woke significa despertar en inglés [IB], decrecimiento), siendo rasgo común a todos ellos el rechazo del pluralismo en nombre del bien superior -dogma- que sus defensores dicen representar” (Ídem, págs. 7-8).

Como Arias Maldonado finaliza: “Estos fenómenos no se producen en el vacío. El estilo político del populismo ha contaminado las democracias liberales y son pocos los partidos que renuncian a usar sus herramientas para competir por el poder. Ahí tenemos la personalización creciente de la política, con el renovado protagonismo de los hombres fuertes y los líderes cesaristas del método norteamericano de las elecciones primarias a los partidos europeos ha reforzado esta funesta tendencia plebiscitaria. Tampoco los ciudadanos que participan en la esfera pública a través de las redes sociales se privan de manifestar el deseo de que su tribu política prevalezca sobre el resto: ni la tolerancia ni la deliberación pasan por su mejor momento. Es así razonable preguntarse cuántos ciudadanos son realmente demócratas. O lo que es igual: ¿cuántos aceptarían sin pestañear vivir en un régimen político iliberal -una democracia aclamativa- donde los suyos gobernasen para siempre? Súmense el regreso del estatalismo y la nueva legitimación del intervencionismo público, que a la vista de lo sucedido durante la pandemia no tendrá dificultades para llevarse a la práctica” (Ídem, pág. 8).

Y Arias Maldonado concluye finalmente: “Se diría entonces que la causa de la sociedad abierta se debilita a ojos vista. Eso no quiere decir que vaya a desaparecer: sigue siendo la mejor forma de organizar políticamente la convivencia pacífica de los grupos humanos heterogéneos sin renunciar al ejercicio de la libertad personal y el autogobierno colectivo. Pero sus nuevos enemigos ya están aquí. Y no dan tregua” (Ídem, pág. 9).

Contrario al pesimismo realista del autor citado, podemos asegurar que el final del homo clausus o el hombre cerrado, y, por lo tanto, de la sociedad cerrada, es un hecho inevitable e histórico, porque pese a todo, la historia y su peso avanzan hacia adelante y no hacia atrás, y, porque la realidad de las experiencias externas no se detiene ni se detendrá jamás ante los discursos oportunistas y tribales, así como los fútiles intentos por ahogar a la Filosofía con citas sacadas de contexto. La vida nos pone a todos ante ultimátum experienciales y vivenciales, colocándonos en nuestro sitio. Es la máxima política de la sociedad abierta: “Vive  de tal modo que no caigas en la tentación de apagar la luz de otros”.

  • Irma Becerra
    Escritora y filósofa hondureña. Doctorada en filosofía por la Universidad de Münster, Alemania. Es directora de la Editorial Batkún, fundada por su padre, el escritor e historiador hondureño Longino Becerra. Su mas reciente libro “En defensa sublime de la mujer” test10@test.com

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