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Por Sergio Rodriguez*

Mientras escucha las canciones de su infancia, cierra inmediatamente los ojos como queriendo atrapar con esta acción, esas imágenes que vienen a su memoria vertiginosamente, incapaz de describirlas todas en un solo momento, pareciesen fragmentos de imágenes que fluyen a raudales, como las escenas alígeras de una cinta cinematográfica.

Es algo así como cuando un torbellino imanta en algarabía desde su vórtice vertical miles de objetos sobrevolando de la tierra al cielo.

Cada canción le hace recordar por una milésima de segundo, ese ser humano que nunca más podrá revertir sus años primaverales y que ahora en el crepúsculo de su vida quisiera revivir. 

Recuerda cuando sus hermanos le subieron al carrito de madera que su padre le había construido y ellos, con las risas chillonas de su niñez, le empujaban por la calle de tierra de su vecindario. Vuelve a cerrar los ojos y puede ver en su menoría -cerca de cinco años de edad- que le inunda una grandísima alegría ir calando en su cochecito por la calle empedrada que le hace vibrar su universo.

Hoy en sus años dorados, a veces cuando regresa del trabajo, conduciendo por la carretera, y escuchando la canción “con la luna llena”, brevemente cierra los ojos por querer revivir esa su primera felicidad, al tiempo que su automóvil al igual como lo fue en su cochecito de madera, vibra sobre la congestionada carretera.

Muchas veces las canciones le recuerdan a su madre, a quien le gustaba bailar con sus hijos, mientras la consola tocaba en discos de acetatos, sus canciones favoritas de Leo Dan, Leonardo Fabio, Moonlights, y Julio Iglesias. Cierra sus ojos y con una desmedida nostalgia solo la puede recordar por fragmentos fugaces de imágenes difusas que desaparecen y vuelven sin que haya una concreta definición. Esto sí le duele mucho, ya que, así como su padre, ella ya no está, y solo viven en los recuerdos más profundos de su corazón. 

Recuerda que, en su lejano país, las radioemisoras les hechiza tocar música del recuerdo “viejitas, pero bonitas”, anunciaban. Cuando joven esto le molestaba, pensaba del porqué de esas viejas canciones. Pareciese que sus parroquianos les gustase vivir en el pasado, una especia de masoquismo melómano, se decía entre sí. 

Lejos de su patria amada, se siente solo y nostálgico. A pesar de sus estudios de música clásica, se inmerse en la música de sus raíces latinoamericanas y se reencuentra con “Para Vivir” de Pablo Milanés, “Gracias a la Vida” de Mercedes Sosa, “El Unicornio” de Silvio Rodriguez, “En Mi País” de Guillermo Anderson, y las canciones de Violeta Parra, Víctor Jara, Eduardo Ahute, Mejía Godoy, Pan y Agua, Contrapunto, Rasca Niguas, Carlos Puebla, Facundo Cabral, Los Guaraguao, Victor Manuel, Inti Illimani, Atahualpa Yupanki, Serrat, Macario Mejía, y Joan Baez entre muchos más. 

Por las noches en su soledad, y con el frio del invierno, agarraba una guitarra descolorida y dura de tocar, con la que cantaba las canciones de su infancia; “Al Rumor de Las Selvas Hondureñas”, “EL Soldado Ausente”, “El Pitero”, “Adiós Garcita Morena”, “Nicaragüita”, “La Maldición del Malinche”, “Casas de Cartón”, “Hasta Siempre, Comandante”… Más allá a través de la ventana de vidrio veía la nieve caer incesantemente, su mirada sin embargo estaba en los recuerdos lejanos de la patria amada y sus ojos henchidos de nostalgia goteaban pesadamente sombre las cuerdas de la guitarra.

A veces las canciones le recuerdan los amigos del barrio, aquellos que el destino les trunco sus vidas, en una sociedad violenta y de exclusión. La música le rescato de un futuro incierto y le llevo a edificar una carrera artística en otros pueblos, sin que ellos le pudiesen aplaudir. De que sirve recordarles, se decía así mismo, sino puedo darles un abrazo y conversar de sus vidas y juegos de infancia.

Otras canciones le recuerdan sus amores platónicos, y los sinsabores de la vida.

Recuerda también su primer concierto sinfónico juvenil en El Salvador, en el que el corno inglés toca el solo del compositor Dvorak “El Nuevo Mundo”, y de los amigos de antaño parloteando por la capital catracha luego de un recital con las obras de hierro danzas húngaras de Brahms, y las czardas de Monti, con la orquesta de la universidad.

Esta música del género clásico le recuerdan todos los escenarios y orquestas en la que cosecho muchas amistades y tocó con su violín las obras más insignes de los luminarios como Beethoven, Mozart, Bach, Dvorak, Vivaldi, Brahms, Chopin, Berlioz, Verdi, Mahler, Debussy, Piazzolla, Wagner, Piazzolla…

“¡La música es nuestra! En ella está insertada perennemente las experiencias individuales de nuestros sentimientos, vivencias espirituales, alegrías y tristezas. En cada una de ellas podemos regresar y revivir lo que el tiempo y espacio se llevó. Y aunque algún día no estemos aquí, seguiremos vivos en los recuerdos de las canciones y obras en aquellos que nos conocieron y compartimos de la música”. Sonaba una canción…

 

*Sergio Rodriguez, violinista, compositor y director de orquesta

Atlanta, GA USA

sergio.raulrodriguez@gmail.com

www.sergioraulrodriguez.com

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