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Por: Sergio Suazo*

En 1990, asumió la presidencia de Chile Patricio Aylwin, una figura destacada de la Democracia Cristiana de ese país. Quedaban atrás los diecisiete años de la brutal y corrupta dictadura de Augusto Pinochet, se iniciaba lo que se dio en llamar la “Transición a la Democracia” después de la derrota del pinochetismo primero en el plebiscito de 1988 y luego en las elecciones presidenciales de 1989.

Aylwin, un líder moderado, surgió del conglomerado de partidos conocido después como “Concertación de Partidos por la Democracia”, conformado por demócratas cristianos, socialistas renovados, el Partido Por la Democracia socialdemócrata y el Partido Radical.  El Partido Comunista no fue parte de dicho conglomerado.

Conocedor del entramado institucional autoritario que dejaba la dictadura militar (sistema político binominal en el que si la derecha quedaba segunda siempre ganaba, los enclaves autoritarios como los senadores designados no electos, el propio Pinochet asumió como tal, la designación de los comandantes de las fuerzas militares y Carabineros etc.), acuñó una frase muy conocida y citada en la política chilena: “en la medida de lo posible”.

Con ella hacía referencia a que los cambios que se esperaban de su gobierno, requerían al menos de dos condiciones, dado el poder político y económico que conservaba la derecha y el respaldo de todo el estamento militar con Pinochet a la cabeza: la primera, es que deberían se graduales y la segunda, que fueran posibles.

Hago referencia a lo anterior, por las enormes expectativas que tienen quienes en las recientes elecciones votaron – me incluyo entre ellos-  por cambiar el rumbo del país sobre todo en lo referente a realización material que cambie las condiciones de altísimo porcentaje de pobreza (72% según todas las estimaciones) en que vive la población, así como la restauración institucional. En ambos casos, se requiere de una buena dosis de realismo político – no pragmatismo- porque no pueden ser encaradas exitosamente con entusiasmo ni voluntarismo, se necesita de un debate – que estuvo ausente en la campaña electoral – que aclare la profundidad política y sus alcances.

Como ejemplos y de manera general, se puede citar los casos de los derechos de los trabajadores y de las mujeres que solo fue posible alcanzar cuando previamente se debatía sobre la realidad de esos sectores, para luego emprender la lucha política – política teórica y política práctica – pero en ningún caso, los derechos (aún faltan muchos) se adquirieron por romanticismo y menos por consignas.

Quienes se dedican a la política práctica, deben entender que hoy, la política ya perdió ese carácter épico que también tuvo durante mucho tiempo, que los maximalismos son piezas de museo, que ¡hasta la victoria siempre!, puede ser desvanecida en una derrota electoral, que ¡hasta las últimas consecuencias! puede implicar la muerte. Como dice Noam Chomsky, “no tienen sentido los gestos románticos, que no solo van a fracasar, sino que van a llevar a los peores resultados…tienes que enfrentar el mundo tal como es, no como te gustaría”.

En el fondo, hablar de política es hablar entre otras cosas, del poder, porque es lo que se necesita para cambiar lo que hay que cambiar. El poder al ser un concepto polisémico, puede ser entendido de distintas maneras, pero siempre conservará lo que le es propio, es decir, unos medios y sobre quien ejercerlos; dicho de una manera más gráfica y simple: es la capacidad de A, para modificar la conducta de B.

Llevado al terreno de la praxis política, se refiere a lo que en cierta terminología se llama “correlación de fuerzas”, es decir, cuánta fuerza tienes para enfrentar al poder – o negociar con el poder según el propio poder- porque éste no se toma, se alcanza, se conquista por unos procedimientos y medios, a menos que se trate de una revolución social que supera los límites establecidos para el ejercicio de la política. Siempre fue así desde su creación por Aristóteles en la antigua Grecia.

En el caso de Honduras, donde habrá un “nuevo poder”, surgido de la correlación de fuerzas originadas en las elecciones del 28N, no se trata de conformar una hegemonía de poder siquiera, es algo tan simple como darse cuenta de cuánto poder tengo para saber hasta dónde puedo enfrentar al poder establecido.

Cuando Barack Obama asumió por primera vez la presidencia de Estados Unidos, Fidel Castro dijo de él, que era un tipo bien intencionado, que era preparado pero ingenuo. “Pronto sabrá que una cosa es el gobierno de Estados Unidos, y otra, el imperio”, expresó el desaparecido líder de la revolución cubana.

En el 2014, surgió en España el “Movimiento de los Indignados” que rechazó los pactos de la transición, que reclamaba una nueva forma de hacer política y protestaba por la falta de oportunidades para toda una generación de jóvenes españoles considerada la mejor preparada profesionalmente, pero tenía que emigrar porque en su país era casi imposible poder desarrollarse.

De aquel movimiento y otros, surgió PODEMOS, el partido fundado por un grupo de profesores universitarios con Pablo Iglesias a la cabeza. En su congreso fundacional, la máxima política fue: “El cielo no se toma por consenso: sino por asalto”, expresó P. Iglesias. La frase es de Carlos Marx, utilizada en 1871 para referirse a la fugaz experiencia de la Comuna de Paris que había tomado el poder.

La distancia entre la teoría – cuando existe- y la practica puede ser muy grande si no se sabe cómo utilizar el poder y para qué. En PODEMOS se dieron cuenta hasta que habían perdido la mitad de su fuerza en el Congreso de los Diputados. Pero en Chile, en cambio, ARUEBO DIGNIDAD la plataforma política formada por el Frente Amplio de Gabriel Boric el presidente electo y el Partido Comunista, entendieron que el cielo no se toma por asalto si no se cuenta con el poder necesario, por ello utilizaron escaleras al cielo, ya que las escaleras tienen peldaños.

El primer peldaño comenzó con el Movimiento Estudiantil de 2011, por una educación superior gratuita y de calidad hasta el último peldaño que es la presidencia, pasando por otros que no es necesario explicar aquí.

Sería muy pretensioso hablar del futuro, pero con el tiempo nos podríamos dar cuenta de que las grandes realizaciones materiales ofrecidas durante la campaña pasada, podrían dar paso en su lugar, a políticas sociales de gobierno “en la medida de lo posible”, teniendo en cuenta los enormes condicionantes que tendrá la nueva administración y, por otra parte, en lugar de un “Estado de Derecho Socialista” (¿?) podría haber una Restauración del Estado Liberal en el sentido más amplio, que fue aplastado por un “capitalismo” de despojo y rapiña.

La superación de la perversión institucional profundizada a partir del golpe de Estado en 2009, con la instauración de un régimen autocrático, ineficiente y corrupto, requiere de recuperar las libertades plenas, recuperar los derechos perdidos, profundizar en los existentes, alcanzar nuevos derechos y recuperar el imperio de la justicia.  Ello conlleva la restauración de las instituciones y la reconstrucción de la institucionalidad – son cosas distintas, pero forman parte del mismo discurso- y el rescate de los bienes sociales comunes del Estado.

Todo lo anterior, forma parte de la tradición política liberal clásica y no de otro referente político o ideológico por más que se le quiera dar otra denominación.

Por último, una vez reconstruido todo lo anterior, entonces se podrá abrir el debate para pensar en una sociedad que pueda darse un tipo de Estado más avanzado, que, aunque no sea posible un Estado de Bienestar, si un Estado Social de Derechos.

Para tal propósito, no sirve dejarse llevar por monólogos iracundos que la realidad desinfla en un segundo, por “asesores” que no lo son, tampoco por frases que no alcanzan el nivel de grandilocuentes, y mucho menos por “discursos” escritos por personas que no tienen una trayectoria de gobierno reconocida ni una obra que los respalde.

“En la medida de lo posible”, no es un retroceso, es un paso en la moderación y en la sensatez, para después emprender varios hacia adelante en la radicalidad – desde la raíz y con otras fuerzas que estén más allá de los límites propios- y hacer posible cambiar lo que haya que cambiar y no cambiar algo para que todo siga igual. Es realismo político, por eso no debemos entender la política como “el arte de lo posible” porque nunca ha sido tal cosa, si así fuera, la política misma serviría para justificar el surgimiento de personajes como JOH o validaría la supuesta expresión de N. Maquiavelo, de que “el fin justifica los medios”.

Por el contrario, debe entenderse que “En la política son los medios los que deben justificar el fin”, como la concebía Albert Camus.

*Profesor de filosofía de la Unah, master en relaciones internacionales de la Universidad de Chile

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