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La geoestrategia en el Bicentenario, lección abstrusa

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Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

En Washington, a Gabriela Castellanos le facilitan montar un evento para denunciar las redes de corrupción de JOH. Aquí las primeras planas, que se diseñan en consenso, solo dicen que fue acusada de contratar a un par de parientes como empleados. Honduras siempre dispuso de una salida franca y segura en el Golfo de Fonseca. En 1997 firmamos la Paz Perpetua. En la Declaración de Managua de 20071 los tres estados del Golfo se comprometieron a garantizar que esa región trinacional se convertiría en Zona de Paz, Seguridad y Desarrollo sostenible, y no es malo que lo confirmen hoy los dictadores. Lo malo es que lo hagan por provocar, con el visto bueno de los EUA, y que les hagamos fiesta, les demos el merito, que aplaudamos que -en esa virtud- se den funciones diplomáticas al Ministro de Seguridad.

Los estadounidenses ya no enfrentan a las pretensiones inglesas como a mediados del s. XIX, cuando el Clayton Bulwer refrendó la Doctrina Monroe, ni a las pretensiones franco alemanas que cayeron vencidas justo con la Primera Guerra Mundial. Ya no temen al expansionismo de la esfera soviética (Cuba mediante) que estaba a punto de colapsar en los 1980s. Hoy se enfrentan a China. Piensan que la ampliación del comercio y la inversión China aquí también, es una amenaza, en vez de un reto, no digamos posible colaboración para el desarrollo de los pueblos del istmo. Hay que contenerla. Y, como en la región, el mayor avance de esa expansión se escenifica en El Salvador, el gobierno de Biden –que acusa a Bukele de ser un dictador, y del diente al labio condena las arbitrariedades de Ortega y las corruptelas de JOH– tras bambalinas, aplaude el novel (quien sabe de donde salió) entendimiento entre el dictador entreguista y el díscolo para acosar, en El Golfo, los proyectos sino-salvadoreños que ofrecen una perspectiva de desarrollo portuario, fabril, comercial que a todos beneficia. A todo esto, ¿Dónde esta Centroamérica?
En un articulo académico, que dedique a Bukele porque es el único hombre de estado nacional que habla ella, y que PNUD acaba de publicar ayer, junto con otros de estimados colegas, partía yo de una reflexión sobre lo que fue, en los albores del s. XIX, Centroamérica. Visualizaba como ha evolucionado materialmente después y me sorprendía con la diferencia -también marcada- entre el sentimiento originario centroamericano de La Independencia, y las correspondientes emociones o no que se disciernen en las celebraciones del Centenario y del Bicentenario.

Empezaba respetando a los próceres, últimamente vilipendiados por propios y extraños, y buscando el sentido de la efeméride. Rastreaba el sentimiento unitario de las primeras décadas 1821 1841 que -si bien, complejo- se había fundamentado en una visión de hecho geoestratégica que compartían distintos lideres y partidos (de Centroamérica como ombligo del mundo)2 visión que habría sobrevivido, y se habría rearticulado en La Reforma de 1870. De modo que ese optimismo se manifestó en forma entusiasta en El Centenario, enarbolado ciertamente por elites intelectuales y sociales, pero compartido también por etnias y capas medias y populares y obreros del istmo. Quienes al unísono invocaban el unionismo como consustancial de la democracia, si solo prometida. ¡Seguían creyendo en la Independencia! Por contraste con los historiadores contemporáneos y jóvenes que hoy se acercan al tema, y parecen caer en actitudes anti históricas.

Que son irrespetuosas y estériles. Se sorprenden incrédulos, y ostentan un escepticismo radical frente al sentimiento patriótico expuesto y registrado, porque difiere de su impresión de lo que estaba o debía estar ocurriendo, según su óptica y las más recientes investigaciones. Y cuando reconocen, al fin, que esta ahí ese sentimiento, y toman nota de los documentos, quieren burlarse de o condescender con los protagonistas de la crónica. Algo así como los adultos que se burlan de los niños que creen en San Nicolás, o quienes no pueden creer que la gente inteligente de otras épocas creyera que Dios vivía. Pues si, y en 1821, creían muchos istmeños de distintas castas en la Independencia, y en constituir una nación ante Dios y muchísimos creían en la Unión que proclamaron en 1921 ¡cuando aun se sentían independientes y centroamericanos! Aunque esa fe fuera una construcción dudosa y no fueran independientes, ni subsistiera lo proclamado, y ya no

Desde hace rato. Eso me queda claro. Que el sentimiento unionista de la Independencia y de El Centenario ha desaparecido, y esta tan muerto como Dios en otras latitudes. Lo cual se refleja en las celebraciones del Bicentenario que, por contraste con las de hace cien años, son incluso absurdamente nacionalistas, en vez de unionistas o independentistas. Es decir que –al igual que la historiografía contemporánea, a ratos asquerosamente satisfecha de si misma, que se rehúsa a preguntarse por lo que siente el pasado— los centroamericanos de hoy ya no creen en su Independencia (¿pongo por testigo a Salvador Nasralla?) y mucho menos creen en la Unión, o en Centroamérica. Me pregunto ¿Por qué? Y hago una correlación, para proponer que la idea de esa construcción fue sacrificada justamente entre 1914 a 1923 cuando se impone la hegemonía americana. Surgida del proyecto del Canal, que empezó a operar en 1914 y de la colonización bananera del Caribe. La hegemonía que mató a la Corte Centroamericana en 1918, al negarle autoridad sobre su Tratado con la Nicaragua conservadora. Que después se quebró al proyecto unionista ,cuyo primer abanderado fuera Carlos Herrera Luna, el Presidente que se rehusaba a otorgar la concesión que exigía la United Fruit Co. en la Costa Norte de Guatemala. Y que al final se consagró en las Conferencias de Washington de 1921 y después en 1923 con que pretendió quedar consensuada. ¿Bendecida por los mismos cancilleres centroamericanos, como ayer en Managua, el entendimiento que busca lo contrario?

Sin mencionar esa hegemonía, los pocos historiadores que han tocado el tema de cómo nos hemos distanciado, hablan de un proceso de diferenciación. Paradójica, porque todos pasamos del banano a la agroindustria de mediados del s. XX, que se quiso apoyar con una integración comercial, y después -todos juntos y por igual- transitamos a la maquilas y al neoliberalismo impuesto por el Consenso de Washington de 1990 (otra conferencia ¿para refrendar el dogma desgastado?). Jineteando a las guerrillas, las revoluciones y las guerras secretas, de Ronald Reagan, financiadas con la coca que –después- se convirtió en rubro regional.

Pero nadie relaciona la hegemonía como desencadenador de esa desintegración imaginaria, que llamamos el nacionalismo. Posiblemente porque estamos ya culturalmente tan colonizados que no reconocemos. ¿Acaso no dejamos de imaginarnos como nación, dividida, porque la hegemonía nos impuso una relación entre nosotros de región, que no solo contradice la visión unionista de La Independencia, si no la desprecia, como utopía de ilusos delirantes, que no entienden que somos países independientes del vecino, como manda EUA? Quizás por esa misma colonización mental cuando nos topamos un tema geoestratégico del istmo no lo reconocemos como tal. Creemos que se trata de conflictos ¿cuáles? entre estados naciones independientes, que todos nos ufanamos de defender.

La política estadounidense supuestamente preocupada por la degradación que ha provocado estas migraciones incontenibles y por la resistencia sandinista a su injerencia electoral ¿esta más bien interesada en y provocando un nuevo nódulo de conflicto entre centroamericanos, como el que nos quebró en los 1980s? Y nosotros si nos entendiéramos como centroamericanos en el Bicentenario, Salve, Patria ¿celebraríamos un arreglo binacional que acosa a un tercero? o ¿comprenderíamos que el conflicto que es malo para todos no puede ser bueno para un vecino, o dos?

 

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