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La alianza y el ocaso del Partido Liberal (Reflexiones sobre la pandemia) (62)

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Por: Rodil Rivera Rodil

¿En qué momento se jodió el Partido Liberal? Es lo que, seguramente, se preguntaría el escritor Mario Vargas Llosa si hubiera sido hondureño. Y no deja de ser  interesante, por cierto, que esta frase figure en la novela “Conversación en La Catedral” (1969) en la que el premio Nobel retrata de cuerpo entero la dictadura del general peruano Manuel Odría Amoretti que se extendiera por ocho años. Los mismos que lleva la de JOH y de gran semejanza con esta, sobre todo en cuanto a corrupción. He aquí lo que, en el prólogo de la obra, dice Vargas Llosa sobre el gobierno de Odría:  

Todavía peor que los crímenes y atropellos que el régimen cometía con impunidad era la profunda corrupción que, desde el centro del poder, irradiaba hacia todos los sectores e instituciones, envileciendo la vida entera”.                                  

La causa fundamental de la debacle del Partido Liberal que hoy estamos presenciando se inicia con el viraje conservador que le imprimió el doctor Roberto Suazo Córdova durante su mandato, como fiel discípulo del histórico líder Modesto Rodas Alvarado, que representaba los intereses del sector terrateniente, el políticamente más atrasado de nuestro país. Pero, aún más, por la presión e influencia del jefe de las fuerzas armadas, el general Gustavo Álvarez Martínez, y del presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan.

Quienes vivieron o conocen con algún detalle el acontecer internacional en 1957, cuando el Partido Liberal, encabezado por el doctor Ramón Villeda Morales, recuperó el poder veinticinco años después de haberlo perdido, saben del virulento anticomunismo que recorría el mundo en ese entonces. Los Estados Unidos no habían salido aún del “macartismo”, la interminable serie de falsas acusaciones, procesos amañados y listas negras contra personas sospechosas de ser comunistas, que el senador Joseph Raymond McCarty había desencadenado en 1950 y que durante casi siete años mantuvo aterrorizada a la clase política y al propio pueblo norteamericano.

Pues bien, en esa irrespirable atmósfera de odio cerril hacia todo lo que oliera a socialismo o comunismo, el doctor Villeda Morales demostró la fuerza de sus convicciones y tuvo el valor de enarbolar la bandera de la reforma agraria, el código de trabajo y la seguridad social. Esto es, las conquistas sociales consideradas en la época como del más detestable comunismo soviético. Baste recordar que la CÍA estadounidense, con la complicidad del presidente hondureño Juan Manuel Gálvez, hacía apenas tres años que había derrocado al gobierno del coronel Jacobo Árbenz Guzmán únicamente por haber intentado llevar a cabo una moderada reforma agraria en la vecina Guatemala, como lo narra el mismo Vargas Llosa en su libro “Tiempos recios”.

Cuando los dirigentes del nacionalismo conocieron el programa del doctor Villeda Morales, según relataba un prominente nacionalista de aquellos años, se pusieron tan eufóricos y seguros de que no necesitaban más para ganar las elecciones que decidieron centrar prácticamente toda su campaña en la denuncia de la amenaza que para el país significaría el arribo al poder de lo que denominaron el “Villedocomunismo”.

Y, dicho sea de paso, resulta curioso que a sabiendas de que ya es obsoleta, Juan Orlando haya optado por la misma estrategia anticomunista. Y más todavía, que esté practicando la magia negra de Donald Trump, de trastrocar la verdad por la “realidad virtual” para pretender probar, por la lógica del absurdo y de las matemáticas al revés (en las que dos más dos no son cuatro sino uno), que el acuerdo de Libre con Nasralla, como lo repite sin cesar un furibundo vocero suyo, no fortalece a la oposición sino al Partido Nacional.

Es decir, justo lo contrario de lo que ha sucedido. El sorpresivo acuerdo, cuando en la oposición ya se había perdido toda esperanza de unidad, ha causado un impacto sin precedentes en la historia política del país, que se ha traducido en un apoyo que sobrepasa el caudal electoral de ambas agrupaciones, el que, por sí solo, es más que suficiente para ganar con holgura. Recuérdese que, antes de la alianza, Libre ya empataba o superaba al Partido Nacional. Y no podía ser de otra manera. La población cobró conciencia de que JOH será derrotado en los próximos comicios.    

Pero volviendo al Partido Liberal. Si se quiere tener una idea de la magnitud del retroceso programático que ha sufrido, únicamente se requiere comparar el programa que presentó el doctor Villeda Morales en 1957, hace más de sesenta años, con las propuestas, no del partido liberal de hoy, sino con las, supuestamente más radicales, de Libre. Como, por ejemplo, “consultar”, nada más, al pueblo acerca de una asamblea nacional constituyente, realizar una reforma tributaria o crear una CCIH con el apoyo de Naciones Unidas para combatir la corrupción. Y enseguida se verá que las de Libre hubieran sido vistas casi como reaccionarias. 

La historia de América Latina comprueba que en determinados momentos del siglo XX los partidos surgidos de la independencia, liberales y conservadores entraron en una crisis de identidad ideológica que dio paso a la aparición de otras agrupaciones políticas de diversas tendencias pero enmarcadas siempre dentro de sus respectivos y originales matrices doctrinarias, de avance y regresión. Y de las que, a su vez, se fue desprendiendo la gran variedad de partidos que vemos hoy en día, que van, en los dos lados del espectro político ideológico, desde los muy moderados hasta los más extremistas.

Es evidente que el Partido Liberal difícilmente hubiera podido sustraerse a este proceso de disolución y resquebrajamiento, como tampoco lo podrá hacer en su momento el Partido Nacional. Pero si, efectivamente, fueron las fuerzas del devenir histórico las que fijaron el final del partido, nadie esperó nunca que fuera su propia facción conservadora (el “lado oscuro”, como se le conoce), la que, aliada o vendida a su histórico rival, le diera el golpe definitivo. El que, en angustiosa agonía, lo mantiene al borde de la tumba o de compartir el destino de otros partidos liberales del continente de quedar reducido a su mínima expresión, bueno solo para servir de bisagra entre partidos más grandes.

En esta insólita auto inmolación de Partido Liberal hay, sin duda, una extraña fatalidad   -y, por supuesto, la mano de JOH- que hicieron que sus dos últimos candidatos se negaran a incorporarse a la oposición contra la dictadura. Y que incluso ahora, que está más que claro que por las vacilaciones de Luis Zelaya la base votó masivamente en las internas para que Yani Rosenthal se uniera a Libre, lo estén llevando una vez más a cometer el mismo error.

Pero mientras los dirigentes del Partido Liberal se empecinan en acelerar su propio fin, una gran parte de la militancia se ha propuesto conservar los postulados de cambio del antiguo liberalismo y servir de principal cantera para el nacimiento de Libre y del Partido Salvador de Honduras. Por lo que estos se están convirtiendo, con la actualización de idearios que demandan los tiempos, en los genuinos herederos del partido que fundara Policarpo Bonilla.

He aquí, pues, en apretada síntesis, para los sorprendidos, la explicación última de la rapidez con que pudo constituirse la alianza entre Libre y Nasralla, al igual que de la probabilidad muy grande de que muchos más liberales se sumen a ella. Pero también, tristemente, del ocaso de lo que queda del Partido Liberal, hasta hace muy poco llamado de las “milicias eternamente jóvenes” por la renovación que, se decía, constantemente llevaría a cabo de sus principios doctrinarios. Los ha renovado sí, pero a contrapelo de la historia.     

Tegucigalpa, 21 de octubre de 2021.

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