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JOH y la Sala de lo Constitucional (Reflexiones sobre la pandemia-69)

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Por:  Rodil Rivera Rodil

Juan Orlando Hernández se va por fin. Apenas falta un mes. Quizás ocho años no sean tantos, pero por la indignación que casi a diario hemos experimentado han parecido una eternidad. La semana anterior pasaron un video de él en un programa de televisión. En el contexto del shakespeariano drama que vive Honduras por la aplastante derrota que el pueblo le infringió, en el que se entremezclan el triste desconcierto de unos pocos y la desbordante alegría de la inmensa mayoría, su comportamiento, otrora prepotente, lucía casi surrealista.

A pesar de la mascarilla, se apreciaba cansado y abatido. Intentaba mostrar una risa de fingida despreocupación e indiferencia. Un periodista lo sorprendió preguntándole si se haría presente en el estadio nacional el 27 de enero; de inmediato, la sonrisa se trastrocó en una nerviosa mueca y su respuesta brotó improvisada y ambigua: “la interesada en el evento es la presidenta entrante”. No pude menos que recordar los versos de Juan de Dios Peza:

¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!
¡
Nadie en lo alegre de la risa fíe,
porque en los seres que el dolor devora,
el alma gime cuando el rostro ríe!

Y cuando pienso en la suerte que le espera, aunque la ignoro por completo, tampoco puedo dejar de preguntarme: ¿estará plenamente consciente de los sentimientos que nos inspira el verlo en esas deplorables condiciones después de haber tenido que soportar su arrogancia y sus estudiadas poses en infinidad de cadenas nacionales?  

Me decía un amigo que no hay que hacer leña del árbol caído. Y tiene razón. Pero, al mismo tiempo, no estoy tan seguro. El mal que JOH le ha ocasionado a nuestro país, que también era el suyo, es inconmensurable e imperdonable. Y sin embargo, no ofrece ningún indicio de arrepentimiento. Muy por el contrario, antes de irse, no cesa de ordenar que se cometan actos de dudosa legalidad y que se sigan emitiendo leyes para la impunidad y hasta para su protección personal y la de sus compinches de los ajustes de cuentas que les esperan..

Pareciera que quiere caer cual esos trágicos personajes de la literatura y de la vida real. Causando daño hasta su inexorable fin. Como Ayax el Menor, violador de Casandra en la guerra de Troya, antes de ser precipitado al insondable abismo, desafiando enloquecido a los dioses en medio del mar embravecido. O como Hitler, furioso, antes de suicidarse, mandando que se le prendiera fuego a París.

JOH se va, es cierto. Pero para la lucha contra la corrupción y la impunidad es como si no se fuera a ir. Pues deja tras suyo una espada de Damocles. Que no es otra que la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia. La que santificó todas sus barbaridades. La que consagró la constitucionalidad de las ZEDES, del Código Penal y de todas las demás leyes de la impunidad.

La que absolvió a tantos funcionarios y diputados delincuentes, la que estuvo siempre presta a declarar constitucional o inconstitucional a cuanto se le antojara a JOH que lo fuera. La que integran los cinco “juristas” a los que no les tembló la mano para decretar inconstitucional ¡la misma Constitución de la República! con tal de permitir su continuismo en el poder. En fin, los cinco magistrados para quienes JOH era Dios. Y a los que no les cayó un rayo precisamente porque Dios es bueno.

¿Y entonces, qué vamos a hacer? Mientras en ese cargo permanezcan esos cinco señores, nada absolutamente se podrá hacer para iniciar el escabroso camino que deberemos recorrer para desmontar las redes de corrupción que tan bien lubricadas dejó Juan Orlando. Se deben estar riendo del pueblo hondureño los políticos, los empresarios y los jueces que forman parte de ellas, porque saben que, a su amparo, podrán seguir robando a manos llenas.

¿Se les va a pedir que renuncien? O, de oficio, como se dice en la jerga procesal, lo van a hacer ellos mismos, aunque sea por la dignidad que les quede. ¿Será necesario exigir que se les promueva un juicio político en el congreso nacional? O es cierto que los diputados nacionalistas, sobre todo, los corruptos que se colaron en las pasadas elecciones, y los del lado oscuro del Partido Liberal, ya están listos, como sostienen los rumores, para impedir que se logre la mayoría calificada que se requiere.

He escuchado a algunas personas manifestar con preocupación que el gobierno de los Estados Unidos se molestaría si se les entablara juicio político porque podrían entender que la alianza hará lo mismo que Bukele en el Salvador. No lo creo. Porque la diferencia entre ambos casos es mayor que la que hay de aquí a la luna, comenzando que allá no fue por la destitución de nadie sino por las relaciones con China. Y porque, además, en sus últimas declaraciones, el señor Brian A. Nichols, subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, brindó un decidido respaldo a Xiomara Castro para esta tarea, y afirmó textualmente:

Es conocido que el presidente, Joe Biden, ha establecido la lucha contra la corrupción como un interés central de seguridad nacional de los Estados Unidos”.

No puede ser más claro, pues, que la administración del presidente Biden y todo el pueblo hondureño quieren que cuanto antes comience el milagro de que el sueño de castigar la corrupción que sin misericordia alguna desató JOH contra los exiguos recursos del estado durante esos largos ocho o doce años se pueda finalmente hacer realidad.

Pero, reitero, el mayor obstáculo para este clamor general se mantiene incólume. En cuanto el nuevo gobierno se proponga hacer algo, como, por ejemplo, derogar las ZEDES o el Código Penal, al instante será declarado inconstitucional por los dichos cinco magistrados, Por lo que únicamente se podrá avanzar procediendo, a la máxima brevedad, a sustituirlos, mediante el procedimiento más idóneo, por profesionales verdaderamente respetuosos de nuestra Constitución.

“Debemos hacer lo que tenemos que hacer y que caiga quien caiga”. Juan Orlando no va a olvidar jamás su misma lapidaria frase.

Tegucigalpa, 20 de diciembre de 2021.

JOH se va, es cierto. Pero para la lucha contra la corrupción y la impunidad es como si no se fuera a ir. Pues deja tras suyo una espada de Damocles. Que no es otra que la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia

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