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Por: Víctor Meza

Las más recientes elecciones generales celebradas en América del sur, específicamente en El Perú y Ecuador, son eventos políticos que nos dejan suficientes lecciones y enseñanzas a los hondureños, precisamente ahora cuando estamos involucrados en un cuestionado y controversial proceso electoral que deberá tener su momento culminante en el próximo mes de noviembre.

Los resultados de las elecciones mencionadas sorprendieron a muchos y decepcionaron a otros, aunque mientras en Ecuador sus resultados son definitivos, en El Perú todavía están pendientes de una segunda vuelta en medio de un universo múltiple y laberíntico de casi una veintena de partidos políticos. Los votantes, contra muchos pronósticos y entusiastas encuestadores, favorecieron con sus votos a candidatos que, todavía unas semanas antes, tenían razones suficientes para dudar de su inmediato futuro político. La sorpresa la han dado los votantes, mientras las pronosticadas tendencias electorales se quedaron en eso: en simples vaticinios burlados por la fuerza de los hechos y la necia realidad.

La volatilidad de los ciudadanos, que generalmente se concreta en el momento de la votación, no es un fenómeno nuevo en la práctica electoral de nuestros países. Aquella frase que alude a la plena independencia del votante al momento de estar detrás de la cortina que cubre la urna, no es una frase que se debe tomar a la ligera. En ese instante, el votante siente que puede recuperar su ansiada condición de elector y burlarse de los activistas políticos que, en vano, han pretendido distorsionar su voluntad primaria por la vía grotesca y humillante de la compra directa del voto. Por supuesto, no todos los votantes aprovechan esos gloriosos minutos de soledad para realizarse a plenitud en su condición de sujeto político, con la autonomía natural que le concede, aunque sea simplemente en teoría, la certidumbre necesaria de las reglas del juego democrático para reforzar la incertidumbre válida de los resultados finales.

Los votantes que se acumulan en la llamada “franja de los independientes” o en la más difusa de los que no dan ninguna respuesta y se esconden tras la ambigua negativa del “no se/ninguna”, son los que dan las inusitadas sorpresas con mayor frecuencia. Recuerdo las elecciones nicaragüenses del año 1990 que perdieron los sandinistas frente a una inofensiva señora, doña Violeta Barrios, viuda del periodista asesinado Pedro Joaquín Chamorro. Mientras todas las encuestas, con excepción de una, daban por seguro el triunfo de los antiguos guerrilleros, los resultados sorprendieron al mundo y mostraron un fenómeno nuevo: las revoluciones triunfantes pueden ser derrotadas en las urnas. La empresa que condujo la encuesta ganadora utilizó una urna simulada y, apelando a la secretividad del voto y al anonimato del votante, le pedía a los encuestados que depositaran el sufragio sin ningún temor a ser identificados por los activistas del régimen. Los votantes, en su mayoría, se olvidaron del famoso Síndrome de Pedrarias, es decir el disimulo y el engaño como mecanismo de autoprotección y burla ante el poder constituido. Votaron tal como realmente creyeron que debían votar. Fue la única encuesta que acertó en su solitario vaticinio sobre la derrota del gobierno sandinista.

Siempre es bueno recurrir a la memoria histórica para aprender lecciones de futuro. No es aconsejable confiar demasiado en el llamado “voto duro”, que suele ser la reserva electoral segura de los partidos políticos tradicionales. En un escenario tan complejo, en el que participarán al menos unas catorce agrupaciones políticas, con reglas del juego inciertas y prácticas fraudulentas bien asentadas en la subcultura política del país, no sería nada casual que los votantes, asumiendo con decisión su malograda condición de electores, recuperen la autonomía del sujeto político y voten de acuerdo con su más íntima convicción. ¡Ojalá que así sea!

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