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El Valle que vimos mudar de siglo, hasta 1960

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Alianza

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

                                                       con un testimonio personal

El templo, visitado dos veces al año por el cura, tenía tres paredes y en un temporal servía de refugio. Hacia 1850, construida de bahareque y techo de palma, al pie del Merendón, San Pedro Sula era el único asentamiento de tipo urbano en el Valle de Sula. Tendría 500 almas y, sin retícula, un área de cuatro cuadras de mancha urbana.

El que sabía leer –lógico- era el maestro, que también fungía como secretario de la Corporación Municipal. Cuyas sesiones se suspendían cuando empezaba a secar el clima, a mediados de febrero y todos, incluyéndolo, salían a recoger raíz de zarzaparrilla en el pantano, para vender a los buques todavía -con frecuencia- españoles o cubanos, que era lo mismo, con que tenían comercio en Omoa.[1]

Desde poco después de 1860, cuando ya se construía el ferrocarril, y hasta 1880, los barcos de vapor de los capitanes gringos que traficaban pasaje con Nicaragua y Panamá llegaban a los puertos ribereños de Pimienta y Santiago. Traían aventureros como Swett y Watkins, que veían el Valle como una frontera abierta a su proyecto nostálgico, de reconstruir un sistema de plantaciones. Pero los capitanes venían buscando lastre de caoba, o más tarde – si estaba listo, más rápido- lastre de guineo verde, para asentar su quilla, salir por la barra y cruzar las corrientes traicioneras del Caribe y el Golfo, de regreso hacia Mobile y Nueva Orleans, donde vendían la madera o la dulce musácea, en el muelle. (A ellos les vendían el banano los finqueros, de quienes había ya centenares en La Costa, cuyas cortas labores estaban intercaladas en la selva). Los pilotos debían tener buen tino. en tiempo de aguas, una creciente podía arrastrarlos, mientras que, en los veranos secos, se dificultaba entrar y salir por la barra que forma el río al llegar a la mar.

Ya operativo, el ferrocarril hasta Pimienta, en la última década del s. XIX, los finqueros expandieron sus cultivos, y empezaron a llegar nuevos cultivadores criollos y extranjeros, con dinero y tecnología. Y hacia 1910, se formó una media docena de empresas corporativas, que podían movilizar más recursos que los plantadores individuales. (Nunca preguntes de dónde viene el dinero, Leyla). Para financiar la expansión de la frontera bananera. Se abrió la selva, drenó los pantanos de la mitad baja del Valle, y se atrajo una frenética migración.

Los cazadores-recolectores de jutes, habían conquistado el Valle de Sula 4 mil años atrás, los españoles hacia 1540 con achíes caníbales y otros aliados, y ahora, hacia 1910, la frutera gringa, emprendía una tercera conquista, con miles de migrantes. ¡La que dejó muchas secuelas!

Inmediatamente, esa empresa cooptó y pervirtió a la clase política incipiente, y después codiciando concesiones, animó guerras civiles, una herencia maldita. Pero innegablemente, se trataba de una gesta epopéyica que con maquinaria pesada -mediante ferrovías, puentes, canales y diques- destruía y construía a pasos agigantados. Y que movilizaba, junto con el capital, una novel tecnología. Que provocó una revolución del paisaje productivo ya en los 1920s. Constituía la erección de un enclave, que exigió una nueva colonización, con un modelo inédito, y que prevaleció no solo en Honduras, sino desde México por el Caribe, hasta Colombia y Ecuador. En pocos años, la selva aluvial virtualmente desapareció, cediendo al homogéneo bananal sin fin, la prisión verde de Amaya A, en que Solurri mostró que se incubaba una catástrofe ecológica ¿o dos?

Las plantaciones corporativas necesitaban operar los puertos y muelles, y poblar para cultivarlos eficientemente, campos extensos de modo que se descontaran las inversiones. Esas eran tierras nuevas, despobladas. Y había que colonizarlas con obreros enganchados, que venían desde el interior por el mejor sueldo. Y las empresas debían asentar a sus técnicos, gringos, antillanos y nativos, ingenieros civiles y ferrocarrileros, agrónomos, mecánicos, constructores. A todos los cuales debía proveer de vivienda, otras facilidades y servicios. No improvisaron.

Estudiaron puntillosamente el terreno, y la geografía antes de construir. Se penetraron de la historia hidrológica de la región, y observaron -con medidas exactas- las llenas anuales y las que provocaban los meteoros cíclicos, durante un haz de años. Y para sus fines, claro, e intereses construyeron, un sistema inteligente. Una colonia de asentamientos, con arquitectura de barracas de madera, techadas de zinc para construir las cuales aprovechaban la tala de la selva para abrir los campos nuevos.

Esos barracones eran las nuevas tipologías constructivas, que se adaptaban al ambiente y -por eso- fueron ampliamente imitadas. Servían para los obreros en los campos. Y más amplias, cómodas y altas, también para profesionistas en los centros cuasi urbanos de Ceiba, Tela, Progreso y Lima. Alojaban con estructuras adaptadas, las facilidades exclusivas y otras compartidas, hospitales, tiendas, club, oficinas, bodegas. En veinte años, hacia 1930, la vecina SPS tenía 24 mil habitantes, que residían en barracones y cuarterías de madera, había desaparecido el bajareque y el adobe. Y habían surgido planificados, los nuevos campamentos bananeros. Como también la infraestructura frágil que conectaba sus núcleos. 

Llegando a mis 7 años, 1955, ir a Tela era más fácil por tren, ya que no había puente público para cruzar a Progreso. Saliendo a Puerto Cortés o hacia Quimistán (porque apenas se construía, más allá, una brecha) las carreteras eran de terracería, fangosa en invierno, en el verano polvosa, discontinua a veces. Hacia Progreso y hacia el Centro del país, había que tomar el ferry. En todo caso, nada detenía el agua, su flujo antiguo.

En San Pedro, aunque el Palacio y las tiendas y bodegas del Centro -quemadas en el incendio de 1935- se habían reconstruido mayormente de mampostería, como exigía la Ordenanza desde 1936. A mediados del s. XX, según censo, la ciudad tenía 50 mil habitantes. Y la mayoría de las construcciones eran de madera, las residencias, la Catedral. Y el estatus del poblador se medía por la altura de su cama sobre el suelo.

El pobre construía casa -o para él se construía- barracón o cuartería, a dos pies sobre el suelo. El rico, el finquero y el ganadero, residían como el gringo, a quince pies de altura, justo para dejar pasar el agua de la llena. Diez años después, en 1960, ¡la población de SPS se había cuadruplicado a 200 mil habitantes! Vivían en residencias de este tipo, el alcalde Felipe Zelaya, los finqueros Rivera-Girón, los ricos propietarios Juan López y Bonilla Gastel, a media cuadra de la Estación, los comerciantes inmigrados de ultramar, Marinakys. Así como los pastores de la Misión Evangélica. (Botaron este año 2019 la casa de los Nuila en el arranque del Boulevard.) ¡No importaba que se rebalsara el Río Piedras, pasaba por debajo de esos zancos! Pero desde los cuarentas, justo a ambos lados de ese Boulevard, se empezó a construir casas de concreto. Ese fue el momento bisagra, a fines de los 40s. No habrá sido por ordenanza.  El barracón pasó a ser anticuado. Perdió popularidad la construcción de madera que -de repente- se había encarecido para el mantenimiento. Se puso de moda, y prevaleció un grupo de arquitectos (Bustillo O. y A. Paz) recién llegados que construyeron nuevos edificios públicos y residencias con arquitectura moderna y sólida, de pisos silenciosos.  

Las casas elegantes de los nuevos ricos de entonces, la de López Padilla y la de los Riveras, los Rosenthal o los Goldstein. Ya ostentaban una arquitectura neoclásica o decían que colonial californiana, se fincaron al suelo, y ya no daban espacio al agua. Como el anterior, el nuevo modelo de construcción también transformó el paisaje cuando, especialmente de 1930 a 1960, ¡la población del Valle se cuadruplicó! Pero no se asentó en los campos, se concentró en los barrios y barriadas de las nuevas ciudades, a residir en construcciones ahora de cemento.

Y en todos los núcleos urbanos del Valle se dio en favorecer el nuevo tipo constructivo, de edificios públicos (palacios) y privados, de mampostería, Lima Nueva, el centro de Progreso y Tela Nueva, centro de Choloma. Ahora todos los puentes eran de varilla y cemento armado. Esas nuevas urbanizaciones junto con las carreteras de asfalto y cemento se convirtieron ellas mismas y juntas en ¡un inmenso dique fragmentario a mitad del valle aluvial! Efectivamente, una represa multitudinaria que detiene la corriente de la llena, y la suelta solo con violencia.

Y cuando vino la siguiente tormenta, la Llena del 1954 después de una prolongada sequía y de la huelga, la destrucción fue masiva. Los bananales quedaron aterrados, los campos abandonados porque la gente se fue a la ciudad, a San Pedro otra vez. Igual se inundaron los cañaverales del Ingenio San José. La Hacienda El Carmen –donde hoy escribo- quedó destruida por completo, para salvarlas, con ayuda del tío E. -buena escopeta en funda por si los lobos- R.  el abuelo arrío las vacas ocho días y siete noches a El Sitio, propiedad que compró para ese fin en El Valle de La Jigua, su tierra natal.

Y se dijo que ese daño no tenía precedentes, sin preguntar ¿por qué? Aunque quizás eso selló el destino de la misma frutera que se retiró, y aun de la industria bananera porque, al ausentarse la empresa, quedaba expuesto a otras vicisitudes todo productor.

El bananal de antes nunca se recuperó. La caña y la palma habían probado ser más resistentes y desplazaron a la musácea en el Valle, como el cemento a la madera y las nuevas industrias y empresas nacionales a las subsidiarias de la frutera.

Pero no se hizo ninguna corrección del modelo, ni se construyó obra de mitigación en los veinte años siguientes. Por el contrario, se siguió acomodando a la población migrante en construcciones de cemento armado en línea y centro del Valle aluvial. Después de todo eran tiempos buenos, para ¡un boom de construcción!

El Carmen San Pedro Sula, 22 11 2020

[1] Y aun cuando yo llegué a estudiar a Madrid, en 1968 en el café frente a La Cibeles, que frecuentaba por estar cerca del Correo, se anunciaba para sus comensales, una bebida fresca hecha de zarzaparrilla de Honduras, la que también se volvió popular en Estados Unidos, en donde se llamó root beer.

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