El falso dilema

Ceteris Paribus

Por: Julio Raudales

 

El mundo, la economía planetaria, se encuentra en modo “pausa”. Ya lleva cinco semanas y la situación empieza a tornarse cada vez mas compleja, especialmente para la gente mas pobre.

Seguramente cuando la OMS y los gobiernos decreten modo “play”, la vida no volverá a ser como la hemos conocido.

Tendremos que acostumbrarnos a convivir con ésta y otras plagas que seguramente vendrán. No porque seamos testigos de una “mutación global” o se estén cumpliendo las profecías y augurios de los antiguos y modernos hierofantes sobre el fin del mundo, sino debido a la consciencia que el ser humano está adquiriendo, hoy mas que nunca, acerca de la importancia de la salubridad pública para alargar la vida y el bienestar.

Es decir, a las previsiones apocalípticas que hoy pululan en las redes, debemos responder que la humanidad saldrá mas fortalecida de éste trance.

A la vida “normal” seguramente tendremos que arraigar muchos de los hábitos que se nos vienen repitiendo desde la escuela: Lavarnos manos y cara con jabón varias veces a día, saludar e interactuar de manera alterna a la utilizada hasta hoy, estornudar y expulsar fluidos de manera cuidadosa…

Nada nuevo referente a las normas sociales ya existentes, pero impuestas de ahora en adelante con mayor ahínco. No será tan difícil para británicos y japoneses; su cultura ancestral les hace distantes. Para nosotros, latinos más cálidos y cercanos, la cosa será seguramente más difícil.

Pero por ahora, debemos concentrarnos en afrontar la tormenta que vivimos desde enero 2020. La pandemia se propaga rápidamente y en el mundo suman más de 2 millones de infectados con una letalidad en torno al 5%, es decir, unos 100 mil fallecidos.

No es mucho si lo comparamos con otras situaciones similares vividas antaño, estamos hablando de menos del 0.3% de la población mundial, pero hay que evitar que se siga diseminando y hay que hacerlo usando el único medio que ha permitido que Homo Sapiens haya sobrevivido ya 200 mil años: usando la inteligencia.

Sobre la forma de afrontar la crisis de estos días, se distinguen claramente dos tesis diametrales:

Por un lado, hay quienes aprovechan el terror generalizado, la hipocondría global y nos dicen que lo mejor es escondernos, meternos si es posible en un bunker y esperar allí, agazapados a que las farmacéuticas comiencen a distribuir la ansiada vacuna y el tratamiento, cosa que sucederá dentro de uno o dos años. Esa es la receta que blanden la OMS y su gemela panamericana.

La mayoría de los países la están siguiendo a pie juntillas y probablemente ello esté sirviendo para amainar los efectos nefastos de la pandemia, aunque a cargo de una crisis económica global, que seguramente costará muchísimas más vidas de las que se están salvando.

La otra forma de confrontar el problema, la alterna, parece ser más inteligente, pero por alguna razón es la menos popular entre los tomadores de decisiones. Apenas Taiwán, Singapur, Suecia, y más acá, Costa Rica, Panamá y Chile lo han adoptado. ¿Será que para los políticos de la mayoría de los países y los burócratas de la OMS resulta menos redituable a sus objetivos?, no los explícitos sino los subrepticios.

Ésta consiste precisamente en preservar el respeto a las libertades individuales: reducir al mínimo la prohibición y las imposiciones; hacer constantes llamados si, a mantener distancia, a salir solo si es necesario, a cuidar la salud, pero también la economía, que no es más que generar espacios e incentivos para que la gente se desarrolle por sí misma.

¿Cómo lo hacen? Pues centrando la acción de los gobiernos en las cosas para las cuales están preparados: Adquiriendo y aplicando pruebas de infección de manera masiva, en escuelas, universidades, supermercados y centros de trabajo, de esta forma solo se “acuarentena” a quienes den positivo.

Utilizan la tecnología disponible para crear aplicaciones que permitan a la ciudadanía saber dónde hay posibles focos de infección para alejarse de ellos. Gastan el grueso de su presupuesto público para dotar a la gente de mascarillas y soluciones para el aseo adecuado.

Quienes están siguiendo esta forma de hacer las cosas, seguramente no verán languidecer sus economías, al menos no en la medida en lo que sucederá en la mayoría. Además, ya están teniendo un mayor y mejor control de la pandemia.

No hay un “trade off” o dilema entre economía y salud. Los países que tienen buena economía son los que están mejor dotados en su sistema de salud y viceversa.

Pero a los gobiernos les gusta más la otra solución: aquella en que el líder o “hermano mayor” puede salir todos los días en la televisión anunciando lo mucho que hace para salvaguardar la salud del “pueblo”, propalando que llevará el bienestar en “bolsitas solidarias” y sobre todo, exhibiendo su autoridad, ¡Que para eso lo eligieron!, tomando decisiones por la gente; decidiendo que día hay que salir y a qué hora, fragmentando su autoestima y menospreciando la capacidad de la gente para cuidarse sola.

¿Será que esta crisis servirá también para enseñarnos que respetar las decisiones ciudadanas es la mejor manera de librarse de los peligros que asecharán al ser humano en este siglo que despunta con más y mayores sorpresas? ¡Ojalá!

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