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Por: Rodil Rivera Rodil

Los analistas de la política internacional han bautizado a la coalición que llevó al poder a Gabriel Boric en las recientes elecciones de Chile como la “nueva izquierda”. Lo que probablemente significa que no se trata de una simple reedición del denominado “progresismo” que con diversas variantes gobernó en Sudamérica en la primera década de este siglo, sino de una izquierda, digamos remozada, o si se quiere, la que ha aprendido de sus errores.

No es casualidad, entonces, que Manuel Zelaya haya calificado el régimen que presidirá Xiomara Castro con este mismo apelativo. Y el cual, junto con el de Boric, tiene sus raíces más próximas en sendos golpes de Estado, derivados, en Chile, del gobierno socialista de Salvador Allende. Y en Honduras, aunque parezca insólito, de la mera intención de aquel de consultar al pueblo sobre una asamblea constituyente. El golpe fue tan absurdo que se ha dicho que Honduras se merece una mejor derecha, menos rústica y, dicho en términos coloquiales, menos tarada.

Pero el paralelismo entre lo acontecido en Honduras y Chile no termina ahí. En la primera vuelta del balotaje, Boric quedó en segundo lugar. Y algunos quieren justificar su victoria final por su distanciamiento de su supuesto radicalismo original, por su acercamiento a la Democracia Cristiana y al Partido Socialista y por algunas otras correcciones menores en su estrategia electoral, lo que, sin duda, influyó en el resultado, pero nunca tanto como el profundo anhelo de cambio del pueblo chileno ni su repudio al neoliberalismo y pinochetismo que representaba su adversario. Porque es indiscutible que la candidatura de Boric siempre fue mayoritaria, como lo confirmó la contundencia con que en la segunda ronda el pueblo enmendó su ausencia de la primera. Algo parecido a lo que sucedió en nuestro país.

En las elecciones primarias, Xiomara quedó en una tercera posición después del Partido Liberal, lo que, un análisis de principiantes, condujo a los dirigentes de este a creer que ya habían recuperado la militancia perdida, olvidando que lo mismo había ocurrido en las del 2013 y 2017, pero que en las generales Libre lo había superado ampliamente. De ahí que decidieron seguir los “consejos” de los ideólogos de JOH y trastrocar la antigua ideología de izquierda del partido para colocarla en un inexistente “centro” que los llevaría a ser “el fiel de la balanza”.

De esta suerte, y a pesar de las innumerables advertencias que recibieron de connotados correligionarios, por motivos que solo ellos conocen, incurrieron en el inexplicable error de rechazar sumarse a la alianza de la oposición. Y no menos deplorable, fue verlos abandonar los clásicos principios del liberalismo y hacer de comparsas de JOH como anticomunistas furibundos e invocar hipócritamente el nombre de Dios para condenar el aborto condicionado recomendado por Naciones Unidas. Y terminar, fatalmente, arrastrando al partido a la debacle en que ha quedado sumido. Tenía razón Ezequiel, el profeta, cuando afirmó que “Dios ciega a los que quiere perder”.

No puede uno menos que preguntarse: ¿cómo es posible que el Partido Liberal no haya aprendido la lección que recibió en las dos elecciones anteriores en que también quedó de tercero? En lugar de fiel de ninguna balanza, sus diputados se dividieron en dos bandos, el mayoritario, el lado “oscuro”, que se vendió al Partido Nacional, y el minoritario, que se perdió en el limbo y no sabía qué hacer, unas veces votaba con JOH, algunas con Libre y otras se abstenía. Y es bueno que se sepa que, sin importar lo que disponga la dirigencia, las cosas continuarán casi iguales en el nuevo gobierno. Excepto que es probable que ahora, por razones de lógica política, la mayoría se sume a la alianza y el lado oscuro se ponga a disposición del mejor postor.

Pero sigamos. Chile tendrá el presidente más joven de su historia y Honduras la primera mujer. Boric obtuvo el 55,87% de los votos frente al 44,13% del ultraderechista José Antonio Kast, en tanto que Xiomara Castro alcanzó el 51.12% contra el 36.93% del no menos ultraderechista Juan Orlando Hernández.

El margen, por consiguiente, fue abrumador en ambos casos. Allá votó el 55% de los incluidos en el censo nacional, el más elevado porcentaje desde que se implantó el sufragio voluntario en el 2012, y en Honduras el 68%, uno de los mayores, sino el mayor, de nuestra historia. Y más aún, la integración del parlamento en Chile será similar a la del congreso nuestro.

Pero, al mismo tiempo, vale la pena destacar las diferencias. Mientras allá los comicios fueron transparentes, en Honduras ya es de público conocimiento el monumental fraude que intentó JOH con el hackeo de la transmisión de datos, que la misma empresa del TREP tuvo que impedir para salvaguardar su prestigio.

Y por si no bastare, también se sabe que la embajada norteamericana tuvo que ordenarle al jefe de las fuerzas armadas que, a su vez, forzara al presidente nacionalista del Consejo Nacional Electoral a reconocer el arrollador gane de la coalición. Y es que una de las grandes fortalezas de la izquierda, cuando ha hecho las cosas correctamente, es su capacidad para superar las trampas electorales de la derecha con masivas votaciones.

Y en consonancia con semejante atropello a la voluntad popular, Juan Orlando esperó cuatro días para balbucear unas telegráficas felicitaciones a Xiomara Castro en una cadena nacional de apenas cuatro minutos de duración, la más corta que haya montado en su vida. Y más tarde, como para que nadie abrigue duda alguna sobre los alcances de su cultura democrática, dio a entender que no tiene ningún interés en cumplir con el tradicional ritual republicano del traspaso de la dignidad presidencial.

En Chile, en franco contraste con JOH: “Kast se apresuró (a los pocos minutos) a reconocer la victoria electoral de su rival. “Desde hoy -expresó- es el presidente electo de Chile y merece todo nuestro respeto y colaboración constructiva. Chile siempre está primero”. Y en cuanto al ganador, continúa la información: “Boric cumplió con una vieja tradición de la democracia chilena, que dice que el presidente saliente y el electo dialogan para intercambiar felicitaciones. “Me parece importante respetar las tradiciones republicanas, me ha llamado Kast, y eso habla muy bien de Chile”, dijo Boric”.

Pero, aun con la distancia cultural, social y, principalmente económica, o más bien, macroeconómica, que nos separa de Chile, nos une un denominador común, cual es el incremento de la desigualdad ligado a las corruptas dictaduras de Pinochet y de Juan Orlando Hernández. Las generaciones posteriores al primero, contrario a lo que todo el tiempo intentó hacernos creer la derecha internacional, fueron tremendamente afectadas por su legado neoliberal, continuado por el presidente Sebastián Piñera, como se evidenció con la extraordinaria protesta social del pueblo chileno del 2019. Es decir, exactamente lo que ha ocurrido en las urnas con JOH.

Para solo citar un ejemplo. No le bastó a Pinochet privatizar el agua, consagrada desde siempre como el “líquido elemento” de la humanidad, sino que se propuso “blindar” semejante sacrilegio obligando a que fuera incorporada en la Constitución de 1980 como un mero “derecho privado”. En otras palabras, de un plumazo la transformó en una vulgar mercancía constitucionalmente protegida. Y como afirmó un economista chileno, dicha constitución “terminó por forjar una sociedad desigual, de familias endeudadas y con un Estado mínimo y ausente”.

No importa, en fin, con qué nombre designemos la ideología de la coalición de Xiomara y la de Boric. “Nueva izquierda” o el que usted quiera. La innegable realidad es que los pueblos votaron por el cambio, a secas. Por revertir el desastre. Y no pueden estar más equivocados quienes piensan que los votantes que consiguió la derecha están de acuerdo en que siga la desigualdad, la corrupción y la impunidad.

Es, por tanto, totalmente comprensible la gran impaciencia del pueblo hondureño porque cuanto antes se tomen las primeras medidas contra estos flagelos. ¿Cuándo, por ejemplo, como lo reclama la ciudadanía y la comunidad internacional, sabremos la verdadera verdad del asesinato de Berta Cáceres, la que, según la prensa extranjera, el gobierno de JOH mantiene guardada bajo siete llaves?

Tegucigalpa, 27 de diciembre de 2021.

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