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Por: Jorge Barrigh

El bus detuvo su marcha en medio de la avenida a una velocidad aproximada de 60km/h. Consecuentemente, el resto de los vehículos que le seguían debieron realizar un alto abrupto e inesperado que pudo haber ocasionado un accidente con un efecto domino, afectando a los autos que se extendían en una fila de 50 metros. Sin embargo, nadie se molestó, los policías en la esquina, testigos del incidente, continuaron con su charla, mientras el resto de los vehículos esperaban con paciencia que el bus cargase y descargase pasajeros que deambulaban por la avenida.

La idiosincrasia exhibida en el tráfico del país es un reflejo de los pensamientos intrínsecos y tolerancias tácitas ante pequeños actos ilícitos cometidos a diario. Los buses paran cuando les es conveniente, al igual que los taxistas, ignorando las bahías designadas para el transporte público. Los conductores irrespetan las leyes viales y los peatones arriesgan su vida, cruzando bulevares y avenidas, debajo de los puentes designados para ellos. A primera vista no parecen actos escandalosos que puedan desatar insurrecciones, huelgas masivas o protestas violentas, pero son indicios y vestigios sutiles de valores frágiles, consumidos por la inconsciencia de sus acciones. Lo que nos lleva a la incógnita de hoy: ¿somos una población lista para la democracia?

Para responder una incógnita compleja, anteriormente plasmada, debemos analizar qué es una democracia y lo que se requiere para sustentarla. Según el Sistema de Información, del gobierno mejicano, define la democracia como un sistema en el que “…puede ejercerse poder político del y para el pueblo”. Es decir, los ideales de la población se manifiestan en las decisiones de sus líderes, por lo cual es correcto asumir que, a diferencia de las monarquías o aristocracias, es la voluntad del pueblo la que recae en los hombros de sus gobernantes. Un esquema vertical donde la población está por encima del poder ejecutivo. Considerando esta óptica, se entiende que la formación de decisiones políticas y legislativas son a favor de la ciudadanía, protegiéndolos de amenazas externas y domésticas, manteniendo su interés, beneficio y desarrollo como meta principal.

Otra característica que la distingue de otros modelos de gobernanza es la elección de cargos públicos, hechos por aquellos a quienes gobernarán los electos. A esto se le llama democracia moderna. El poder judicial, legislativo y ejecutivo, deben estar compuestos por individuos sin distinción, ni discriminación de raza, condición social, preferencia sexual o religiosa. Analizando dicha característica, la democracia presume gozar del valor de la tolerancia, donde los ideales personales se convierten en convicciones secundarias ante los valores estadistas de quienes componen el liderazgo de sus ramas.

Considerando las características anteriormente establecidas, debemos analizar el comportamiento social y la idiosincrasia que exhibe el hondureño, evaluando si su trayectoria es compatible con los valores requeridos para sustentar una democracia. Hablamos de tolerancia, respeto y honestidad. Con discriminación hacia personas de etnias indígenas, garífunas y desigualdad de género, es difícil considerar que la sociedad posee el valor de la tolerancia. Los ideales machistas y paternalistas, se han adueñado de las visiones culturales que hoy en día rigen los comportamientos de la mayor parte de la sociedad. Por si fuera poco, también habitamos en una nación donde priman los ideales conservadores, lo cual implica que personas transgénero y homosexuales sufren agresiones discriminatorias en su contra. Existencia de tolerancia = mínima/exigua.

Respeto

Es complejo analizar el comportamiento de todos los conciudadanos, por lo cual haremos una radiografía para detectar fisuras presentes desde el anonimato. El mejor entorno para llevarlo a cabo es en el tráfico del país, donde todos somos extraños y dejamos caer la mascarilla que usamos debajo de la KN-95. No importa si eres un ejecutivo, si te dedicas al transporte público o el repartidor de pizzas para una de las franquicias invasoras en el país, el irrespeto ante las leyes de tránsito y el desdén hacia los peatones están presentes en todas las clases sociales. Cruzar el semáforo en rojo, los insultos entre choferes y los atropellos intencionales contra los animales conforman un caleidoscopio de ingredientes necesarios para disipar los valores requeridos de una sociedad consciente ante la responsabilidad democrática que ejerce durante el sufragio. Dejas una acuerdo tácito, que los actos desdeñosos, racistas, clasistas, deben ser tolerados por la población, incluso si nuestros mandatarios los realizan, ¿por qué? Por precedente.

Honestidad

En el 2020 empeoramos nuestro posicionamiento en el Índice de Percepción de Corrupción, estudio hecho por Transparencia internacional. Honduras ocupó el puesto 157, sumando una puntuación de 24 puntos (alto nivel de corrupción). Sin embargo, el estudio se encarga de medir el sector público del país, los cual implica que descarta los sobornos incontables hacia los policías, el pago a “tramitadores” para procesar o renovar la licencia de conducir, o las “mordidas” recibidas por los porteros de los bares, admitiendo a menores de edad y vendiendo alcohol para a adolescentes de 15 años. La corrupción es el vampiro que se alimenta de las acciones cotidianas, camuflándose en la rutina y los “atajos” que tomamos para facilitar las cosas.

Me lleva a concluir que la población hondureña no está lista para una democracia moderna, pues no cuenta con los valores fundamentalmente necesarios para sustentarla. La idiosincrasia diaria que observamos en las calles es la fuente primaria de alimento para la democracia patológica en la que vivimos. Para gozar de una democracia competente debemos privar de alimento al patógeno que perpetúa la democracia deshonesta, irrespetuosa e intolerante. Primero debemos morir de hambre para alimentarnos con una dieta que encaminará al país hacia la prosperidad.

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