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Por: Víctor Meza

En el mundo de las ciencias sociales, hay una disciplina que ostenta el sugestivo nombre de “conflictología”. Estudia el origen de los conflictos, los clasifica por sus causas, actores intervinientes, intensidad, duración en el tiempo y naturaleza multicausal de los mismos, hasta formar tipologías específicas que ayudan a los cientistas sociales a la mejor comprensión de esos fenómenos y a la búsqueda de soluciones negociadas de los mismos.

De acuerdo a los expertos en el manejo de los conflictos, la existencia de estos no tiene que ser forzosamente un hecho negativo. Con frecuencia, el surgimiento de un conflicto permite avizorar la llegada de una crisis y, por lo mismo, ayuda a adoptar medidas de carácter preventivo. El manejo inadecuado de un conflicto puede conducir al surgimiento de una crisis, agravando la dimensión del problema y dificultando su procesamiento y solución. Todo esto, en el fondo, tiene que ver con el tema más amplio de la gobernabilidad social y la capacidad para procesar en forma democrática la conflictividad política en una sociedad determinada.

En el interregno que va desde el día de las elecciones generales del 28 N a la toma de posesión de la candidata ganadora, los hondureños hemos podido comprobar la verdad de las afirmaciones anteriores. Un manejo superficial de un conflicto ha derivado en la generación preocupante de una crisis. Aunque en la superficie afloran las ambiciones desmesuradas, los egos lastimados, los complejos y las tercas necedades, en el fondo del problema lo que subyace es el déficit institucional, la falta o la debilidad de las instituciones y, sobre todo, la ausencia de una sólida cultura de legalidad, de respeto a la ley, que sirva de sustento y argamasa al Estado de derecho.

Hoy, para sorpresa de todos y preocupación evidente de los países amigos, Honduras cuenta con dos versiones, igualmente cuestionables, de un mismo Poder Legislativo. Dos bandos de diputados divididos entre si y una fractura profunda en el partido que acaba de ganar las elecciones. Es como si los triunfadores no hubieran estado realmente preparados para obtener la victoria. Como en otras ocasiones – la resistencia al golpe de Estado, por ejemplo – los hondureños generamos más historia de la que somos capaces de consumir, para decirlo con una afortunada frase de Winston Churchill sobre la región de los Balcanes.

El conflicto ha ido evolucionando desde la pretensión obstinada de presidir el Congreso Nacional hasta la dudosa instalación de dos asambleas legislativas, cada una con su respectiva cuota de déficit legal. En una situación semejante, el conflicto, ya devenido en crisis, tiende a agravarse y a cerrar los espacios de una posible salida. Sin salida del conflicto no hay solución de la crisis. Lo primero es lo primero y salir del conflicto es condición básica para luego buscar la solución de la crisis. La vía para buscar la salida es el diálogo, la construcción de un consenso mínimo que permita alcanzar acuerdos básicos. Pero para eso, para impulsar el diálogo de verdad se requiere un talante que sea tolerante e inteligente. Ya se sabe, “el que dialoga, comprende, y el que  comprende, tolera”.

Me dirán que no basta con estos ingredientes. Y tienen razón. Hace falta la clara voluntad política de resolver el problema, superar el conflicto y salir de la crisis. Hace falta entender de una vez por todas que el país no está para perder el tiempo por los caprichos y la ciega obstinación de unos cuantos; que, con el triunfo de la oposición, se ha abierto una gran posibilidad para hacer cambios importantes en Honduras, modernizar y democratizar sus estructuras, lavarle la cara y presentarlo ante el mundo como una comunidad de compatriotas sensatos y racionales que busca un lugar decente en el concierto internacional de las naciones. Las ambiciones personales, auspiciadas desde abajo por intereses espurios, equivalen en verdad a traicionar los más altos valores de la patria. Hay que cerrarles el paso.

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