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Chile: El velo de la ignorancia

Crimen y castigo: Erosión del capital social y violencia en Honduras

Por: Pedro Morazán

Cuando fracasan, incluso los mejores proyectos parecen estúpidos.”

Fiodor Dostoievski: “Crimen y castigo”

El triángulo de la violencia

Hace algunos meses el “Global Financial Integrity” publicaba un aterrador estudio sobre el fenómeno de la extorción en el triángulo norte de Centroamérica. Los autores de tan interesante informe revelaban datos que son parte de la cotidianidad para los habitantes de las principales urbes de Guatemala, El Salvador y Honduras: “Unas 330.000 personas de la región del Triángulo Norte de Centroamérica son víctimas de extorsión cada año. Se calcula que la extorsión a particulares asciende a entre 40 y 57 millones de dólares al año en Guatemala, entre 190 y 245 millones de dólares al año en El Salvador, y entre 30 y 50 millones de dólares al año en Honduras.”

Datos similares publicaba la Asociación para una Sociedad más Justa (ASJ) en una investigación denominada “Impuesto de guerra: El fenómeno de la extorsión y la respuesta estatal en Honduras”. Según dicho informe, la extorsión se volvió en Honduras una industria muy violenta que recoge anualmente alrededor de 737 millones de dólares, unos 18,270 millones de lempiras, equivalente al tres por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) y a un 14.7% de la recaudación fiscal.

La extorsión en Honduras está vinculada a la violencia endémica que asola al país ya desde principios de la década de los 90 del siglo pasado y que se aloja especialmente en los barrios y colonias víctimas de la exclusión. Para combatirla el actual gobierno ha lanzado el “Plan Integral para el Tratamiento de la Extorsión y Delitos Conexos”. En ese contexto sería bueno hacer algunas reflexiones en torno al tema de la violencia como fenómeno social.

Dado que la misma no se explica simplemente como una tara del ser humano, se hace necesario considerar una serie de factores que convergen en un espacio y un tiempo determinado. Johan Galtung hacía una distinción entre tres tipos de violencia para formular lo que el llamaba “el triángulo de la violencia”: 1) la violencia personal, 2) la violencia estructural y 3) la violencia cultural.

La violencia personal o directa

Según Galtung la violencia personal es la más visible, aunque no siempre perceptible a simple vista. La violencia personal es ejercida directamente por un actor individual fácilmente identificable. Esta violencia es visible y de naturaleza física o psicológica. Hay un perpetrador y una víctima. Estamos acostumbrados a ver la violencia personal o directa como la única forma de violencia, pues el asesinato, el maltrato físico o psicológico o la discriminación, forman parte de ella. Sin embargo, reducir la violencia a esta única variante, tiene impactos negativos a la hora de formular estrategias de combate a la violencia.

La violencia estructural

Galtung agrega por ello una segunda variante que el denomina la violencia estructural y que está vinculada con la injusticia social y las estructuras que la promueven. Vista así la violencia estructural es más sutil e invisible como tal, pues tiene que ver con aquellos tipos de estratificación social que impiden a determinados sectores de la sociedad, satisfacer sus necesidades básicas. Según Galtung, este tipo de violencia tiene lugar cuando las personas o los grupos sociales no tienen la posibilidad de realizarse, ya sea a través de un puesto de trabajo, de acceso a la educación o a la salud, entre otros.

Violencia cultural

Por último, tenemos la violencia cultural que se manifiesta en actitudes y prejuicios como el racismo, el sexismo, el antisemitismo o la islamofobia.

En vista de que a primera vista no se pueda distinguir a un perpetrador individual directo de la violencia estructural y cultural, estas resultan a primera vista invisibles. Sin embargo, en vista de que la violencia estructural esta incorporada al sistema y se manifiesta en relaciones de poder con estructuras excluyentes, valdrá la pena tenerla en consideración a la hora de buscar las causas del surgimiento de las maras como principales artífices de la violencia personal o directa o los fenómenos de expulsión de grupos étnicos de sus tierras ancestrales.

La erosión del capital social y la violencia

Una de las áreas que hasta ahora ha recibido poca atención por parte de los economistas, es la vinculación entre “capital social” y criminalidad, en nuestro caso concreto, la extorsión. El concepto “capital social” fue sistematizado por primera vez en 1980 por el sociólogo francés Pierre Bourdieu. Con el paso del tiempo fue asimilado muy fuertemente por las ciencias económicas con resultados que valdría la pena tomar en cuenta. El primero que intento una definición desde la perspectiva económica fue Robert Putnam en su “Bowling alone”.

«No es lo que sabes, sino a quién conoces». Este aforismo común resume gran parte de la sabiduría convencional sobre el capital social, sintetizado por Putnam. La idea básica del «capital social» es que la familia, los amigos y los asociados constituyen un activo importante, al que se puede recurrir en caso de crisis y que se disfruta por su valor. Las comunidades dotadas de un rico acervo de redes sociales y asociaciones cívicas estarán en una posición más fuerte para afrontar la pobreza y la vulnerabilidad, resolver disputas y aprovechar las nuevas oportunidades que aquellas en donde el capital social es muy débil.

Es bien sabido que uno de los impactos negativos del crimen organizado y la delincuencia es que erosiona el capital social. En vista del crecimiento acelerado de la criminalidad y de la violencia personal, aumenta la desconfianza entre las personas. Esto conduce a una dramática reducción de las redes y relaciones sociales, lo que a la vez reduce la capacidad de los grupos sociales de desarrollar estrategias de cooperación para combatir el crimen.

Hay dos argumentos básicos para que el capital social reduzca los delitos violentos. El primero es que el capital social disminuye los costes de las transacciones sociales. Esto permite la resolución pacífica de conflictos, tanto interpersonales (en el hogar, el vecindario y el lugar de trabajo) como sociales (como la percepción de una distribución injusta de las oportunidades económicas). La confianza puede reducir drásticamente lo que los economistas llaman costes de transacción, de la aplicación violenta de la ley y otros similares- y hace posible ciertas formas eficientes de organización económica. El segundo argumento a favor del impacto del capital social en la reducción de la delincuencia, es que las comunidades con vínculos más fuertes entre sus miembros están mejor equipadas para organizarse y para superar los problemas de parasitismo de la acción colectiva.

La erosión del capital social afecta a todos los habitantes de las grandes ciudades, pero sobre todo a los habitantes y actores económicos de los barrios de menores ingresos. Por la falta de una red amplia los habitantes de barrios y colonias pobres reducen aún más su acceso a recursos potenciales provenientes de otros actores que los ven con desconfianza. En igualdad de condiciones, un vínculo con alguien que tiene acceso a más recursos, es más valioso que un vínculo con alguien que tiene acceso a pocos recursos.

Saliendo de la encrucijada

A pesar de las críticas, en mi opinión muy prematuras, la formulación de una estrategia como “Plan Integral para el Tratamiento de la Extorsión y Delitos Conexos”, que haga ver el poder del Estado frente al crimen organizado es loable. Las experiencias en el vecindario latinoamericano tan asolado por la violencia, muestran que una mayor acción de las fuerzas de seguridad conduce a la reducción de la criminalidad en el corto plazo. Lamentablemente los datos también indican que la criminalidad resurge apenas se reduce la acción policial. En vista de sus enormes costos, es de presumir que la acción policial propuesta no será de tan larga duración, lo que en otras latitudes ha conducido al resurgimiento automático del problema.

En vista de las dimensiones que han alcanzado la delincuencia y el crimen organizado, se hace necesaria una intervención multidimensional que incluya la reactivación del capital social, en aquellos lugares, donde aun es posible lograrlo. Vinculado a esto y quizás de mayor importancia, se debe considerar una estrategia basada en el triángulo de la violencia, poniendo en el centro el análisis de la violencia estructural.

La mayoría de los jóvenes reclutados por las maras, son víctimas de la exclusión social y por ende la invisible violencia estructural. Mientras no se tenga claro este punto, se mantendrá el peligro de buscar la tabla de salvación en seudo soluciones populistas, como en el vecino país salvadoreño. El problema es ahora tan grave que no se puede resolver de la noche a la mañana. Tanto en Colombia como en México, las soluciones más exitosas fueron aquellas que se basaron en la inclusión social de las comunidades afectadas. Esto se logró en una estrecha colaboración entre el Gobierno, la empresa privada y la sociedad civil incluyendo la investigación universitaria.

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