Noticias Destacadas|Opinion

Carta a los militares rusos por la unión entre los pueblos

Compartir

Por: Irma Becerra

Estimados Hermanos en Armas:

Su máximo jefe civil, Vladímir Putin, ha logrado, con su ausencia de política y diplomacia, llevarnos a todos de nuevo a una era de confrontación en la que la política internacional ya no intenta resolverse por medios políticos y diálogos constructivos, sino por la vía irracional de las armas y la violencia militar de las pistolas, que sólo acrecientan más los conflictos sin resolverlos. Esta situación nos recuerda las palabras del mayor George C. Marshall: «El único medio de vencer en una guerra es evitarla».

Justo cuando empezábamos a desarrollar la teoría del «soldado reflexivo» y su necesidad impostergable para la evolución de la Humanidad como especie racional y razonable, o sea el soldado que sabe bien ¿por qué dispara? y ¿cuándo tiene que disparar?, Putin hace resurgir los viejos intereses imperiales que prevalecían en el zarismo y que los bolcheviques rusos intentaron contener.

De nuevo resurgen las guerras de la invasión agresiva contra países vecinos que tienen pleno derecho a existir como Estados nacionales, soberanos e independientes. De nuevo se sabotea una vez más la humana intención saludable de la paz perpetua entre todas las naciones del mundo y se pretende aplicar la violencia militarista para agredir, ocupar, invadir y anexionar territorios como lo haría todo imperialismo colonizador. Estamos ante el avance agresivo del imperialismo ruso, y debemos defendernos.

Ningún país debe ser invadido para ser colonizado o conquistado y ningún país debe ponerse en estado de dependencia respecto a otro que se considere por ello superior e intente legitimar con ello su verdadera debilidad ante su propia población, para que ésta última se sienta «superior y fuerte». La dependencia, cualquier tipo de dependencia, incluso la dependencia de un individuo respecto a otro, solo lleva a la violencia porque genera justificadamente sentimientos de odio y rebeldía contra la nación o la persona colonizadoras que imprime su opresión con la única finalidad de sentirse y pensarse superior de una manera aparentemente legítima y escudarse así en una historia prestada o antihistoria.

La fuerza no es para tiranizar sino para comprender al mundo como historia transitada de la verdad en el universo infinito de ideas armónicas que está sumergido en el cerebro de las personas, y que toca encontrar y descubrir. Es la función social de la utopía de la paz relacional y la verdad en el mundo. La fuerza está para develar la verdad en la historia: la función social de la paz como el respeto al derecho ajeno desde el propio. Por eso, según dijo John Fitzgerald Kennedy: «El hombre tiene que establecer un final para la guerra. Sino esta establecerá un fin para la Humanidad».

No existen las civilizaciones superiores ni inferiores. No existen los mundos con nacionalidades específicas, solo tenemos un solo mundo, una sola verdad y una única civilización humana compartidas. Ninguna fuerza armada por superior que se crea puede subsistir sin compartir dicha verdad de subsistencia de la Humanidad con la población civil o sea compartir la función relacional de la vida y la sociedad. Ninguna Armada puede sobrevivir si carece de la base civil en su retaguardia que la defienda. Los militares necesitan a los civiles mientras que los civiles solo necesitan a los militares para causas justas que no signifiquen la destrucción de la dignidad y la integridad de los individuos y los pueblos.

Los militares rusos están perdiendo a su población civil. Su Armada con sus políticas de reclutamiento forzado compuestas por Putin, se está aislando de la población civil rusa, y su guerra invasora está aislando cada vez más, a Rusia del mundo. No existe el «mundo ruso», ni la «verdad rusa» ni la «civilización euroasiática» como les ha inculcado de manera racista el ideólogo Alexandr Dugin, así como no existen algún mundo y alguna verdad particularista y nacionalista. Las culturas del mundo son diferentes, pero comparten un único sendero de experiencia común de la especie humana en su conjunto: comparten los mismos anhelos libres de dolor y sufrimiento.

Ha sido el egoísmo desbocado y sin límites de la economía rentista y el capital industrial los que han ocasionado que se hagan negocios con cualquiera, al margen de la moral y las consecuencias. Eso ha producido una corrupción generalizada de las élites de todos los países que dirigen la economía en la actualidad. Para estas élites incluso la guerra es un negocio privado mientras que la paz es el negocio de construir la guerra con armamentos cada vez más sofisticados y letales. Priva así la banalidad del mal de nuevos totalitarismos.

Sin embargo, nos encontramos en una era de liberación de la conciencia individual y denuncia por parte de las poblaciones civiles que se rebelan ante dicho falso poderío, tal como demuestra la reciente revolución de los velos en Irán. Las hasta ahora minorías silenciadas se aprestan a exigir nuevas formas de comunicación y de utopía relacional concretizada y mejor comprendida. Pero la esperanza debe ser real y no una simple ilusión. Porque la función social de la esperanza es la de garantizar el horizonte siempre abierto de un futuro para toda la Humanidad. La guerra, contrario a la utopía, carece de toda función social, solamente aniquila, destruye y enferma. Está contra la lógica de la evolución pacífica de la esperanza para la Humanidad como comprensión mutua hacia lo mejor de sí misma. De ahí que cobren sentido las palabras del Papa Francisco expresadas en el 2015: «No es suficiente hablar de paz, se debe hacer la paz. Y quien habla solamente de paz y no hace la paz se contradice, y quien habla de paz y favorece la guerra, por ejemplo, con la venta de armas, es un hipócrita».

Se trata de lograr edificar la función social de la verdad y la esperanza en la historia: develar lo oculto para así poder evitar lo impredecible destructivo a tiempo y permitir las sorpresas agradables. En historia eso significa usar el tiempo no para ocultar o encubrir sino para comprometer el tiempo en una disposición esperanzadora realmente creíble y universalizable, porque la guerra no es universalizable, mientras que la paz sí lo es ya que representa el interés humano por la supervivencia de toda la Humanidad. La guerra carece de función social y por eso no es válida para la especie humana ya que la aniquila y elimina y, además propicia el cinismo del asesinato en masa. Según dijese Alphonse de Lamartine: «La guerra no es más que un asesinato en masa, y el asesinato no es un progreso».

Ante los hechos y situación mundial tan dramática en que consiste la guerra invasora contra Ucrania, se vuelve imperioso declarar a la paz mundial como ley de la historia de la Humanidad. Su máxima ley y objetivo final. ¿Qué significa esto? Que el potencial de búsqueda de la Humanidad entera se dirija solamente hacia el devenir de una investigación científica correctiva y de aprendizaje y enseñanza pedagógicos y constructivos que eliminen el aburrimiento y las ganas de hacer retroceder al mundo hacia la fuerza ingobernable de la brutalidad espuria. El potencial de búsqueda y curiosidad de una historia que pueda ser realmente universalizable y pueda ser comprendida como tal porque es un esfuerzo genuino por rescatar la compasión y asegurar la bondad y la empatía del corazón de todos los seres humanos. Las guerras matan el corazón de la Humanidad: el centro de sus mejores sentimientos. Como ha dicho Octavio Paz: «El fin de la historia será el comienzo de la paz: el reino de la inocencia recobrada».

Los pueblos del mundo no son violentos. No existe ni hay ningún pueblo violento, así como no existe ningún ejército simplemente irracional y brutal. Hasta los soldados piensan y razonan. Es tiempo de recapacitar que «ninguna guerra nuclear se puede ganar» y que la falsa estrategia de aplicar medios nucleares no logrará que Rusia subsista y sobreviva como nación, sociedad y como pueblo porque esta es una estrategia suicida. Como dijese Albert Einstein: «Cuando me preguntaron sobre algún arma capaz de contrarrestar el poder de la bomba atómica, yo sugerí la mejor de todas: la paz».

Militares rusos, su comandante en jefe es un falso líder suicida que está llevando a Rusia a su propia autodestrucción. Su política es irracional por lo que tenéis el deber ético de rebelaos a su dependencia tiránica. Dejad de mataros entre sí solo por seguir órdenes irracionales. Las mujeres y las madres del mundo os suplicamos que pactéis la paz perpetua y acabéis de una vez por todas con el flagelo de la guerra para siempre, para que no haya más genocidios y masacres en la faz de la Tierra y los pueblos del mundo puedan encontrarse con la formación socioeconómica rusa en paz y en libertad.

Apelamos a la unidad de los pueblos, de los que la «Madrecita Rusia» no es indiferente, porque consideramos que es la hora de frenar a todos los fanáticos guerreristas, no importa el cargo que ocupen. Si un individuo amenaza la destrucción de toda la Humanidad, la Ética permite su aprensión inmediata, su encarcelamiento y su juicio penal y condena, porque la existencia de toda la Humanidad se encuentra en peligro. ¡Frenad a Putin! No esperéis a cometer el error de 1933 con Adolfo Hitler porque será demasiado tarde para todos. ¡Juzgad y condenad a Putin por el cargo de traición a la Humanidad y no solo a la matria rusa!

Se tiene que utilizar el espíritu de cuerpo y la lealtad militar de forma tal que el espíritu del mundo no reciba más puñaladas traperas y la historia humana sucumba herida por el retroceso hacia una bestialidad ya no superable. Recordad lo que dijese Henry Miller: «Cada guerra es una destrucción del espíritu humano». Cada guerra es un golpe al espíritu humano. Muy humildemente os lo pedimos. ¡Dejad que el mundo viva en paz relacional realizando la iluminación del planeta desde la gran utopía del diálogo renovado entre militares y civiles, entre seres humanos! Porque no basta con el diálogo relacional sino además con la acción relacionadora, ya que quien te enfada te domina, ¡vayamos por la conexión internacional humana inteligente hacia el esplendor imperecedero de la paz mundial y la construcción de la esperanza desde la vida pacificada porque ésta es frágil y sufre! 

Sinceramente,

*Irma Becerra es Licenciada en Filosofía por la Universidad Humboldt de Berlín y Doctora en Filosofía por la Westfälische Wilhelms Universität de Münster, Alemania.

Es escritora, catedrática universitaria y conferencista. Ha escrito numerosos libros y ensayos sobre temas de política, filosofía y sociología.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

El comentario no puede estar vacío
Por favor rellene el usuario
Es necesario escribir un correo válido

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.