Cambio de sistema, más que de actores

 

Por: Marlin Oscar Avila

Cotidianamente vemos como nuestras sociedades en Latinoamérica viven peleando, acusando a uno u otro actor social, político o religioso de ser responsable de los efectos de sus decisiones. Particularmente si tiene bajo su responsabilidad algún cargo público. Se condena al funcionario por una u otra cosa, demandando generalmente que abandone el cargo para el cual ha sido electo o, en el mejor de los casos, logró ganarse una titularidad mediante un concurso que diera valor a sus méritos, sin embargo, la ciudadanía a la cual sirve con la institución en que labora, le condena por los malos resultados institucionales. Normalmente, los individuos y grupos sociales buscarán a alguien a quien acusar por no lograr los servicios esperados.

Desde luego, las instituciones están compuestas por humanos y es a los humanos a quienes se señalan como responsables. Pero ¿acaso son las individualidades las principales responsables de los fracasos de un proyecto, de un programa, de una política establecida, de un gobierno local, regional, nacional o multinacional? Sabemos que generalmente sus actos y decisiones las toman en consenso institucional y en el peor de los casos, cuando se trata de una persona que irrespeta las normativas institucionales, lo hace arbitraria y soberbiamente.

Por ejemplo, nos resistimos a creer que ¿Sea al Juez Sergio Moro, del Brasil a quien hay que responsabilizar exclusivamente por mantener al ex presidente Lula da Silva en prisión sin probar objetivamente sus delitos?, tampoco es al juez Julian Ercolini, el único responsable de perseguir a Cristina Fernández, ¿ex presidenta de Argentina? Inclusive, uno se interroga sí ¿Será el Presidente actual de Ecuador, Lenin Moreno y asesores más cercanos, los únicos responsables de perseguir al Ex presidente Correa, y está promoviendo a Ecuador para integrar la OTAN y además, introduciendo al Pentágono a su territorio? ¿Será la pareja Ortega, la única responsable de la represión existente en Nicaragua? ¿Será Jimmy Morales y su partido político los únicos responsables de la corrupción en la administración del gobierno guatemalteco? O ¿Serán Renato Alvarado, Rodrigo Wong Arévalo y Alfredo Villatoro, responsables directos de noticias en TV y radio, que alienan la conciencia colectiva de los hondureños?  O ¿Será el magistrado Fernando Cruz, nuevo presidente de la Corte Suprema de Costa Rica, responsable de no resolverse la prolongada crisis del poder judicial? O ¿Será Nicolás Maduro el responsable de la crisis económica y política de Venezuela? Estos y otros muchos actores en el escenario de nuestra región, normalmente son centro de ataques por los diferentes medios de comunicación.

Así como la inteligencia estadounidense creyó que, con desaparecer a figuras políticas como Hugo R. Chávez, desaparecería la conciencia revolucionaria de la ciudadanía venezolana; muchas personas creen que destituyendo a figuras controversiales como Donald Trump, o Xi Jimping, o Theresa May, van a producirse cambios sustanciales (impactos) en el contexto nacional e internacional. Creer que quitando a Christine Lagarde, como Directora del FMI, se acabaría la caída estrepitosa de la economía argentina, sería muy ingenuo, puesto que habrían más de una docena de candidaturas iguales o peores que ella, para asegurar que lo negociado con Mauricio Macri se cumpla al pie de la letra, hasta poner de rodillas al país frente a los intereses de las grandes tras-nacionales financieras y demás negocios mundiales.

Lo cierto es que estas personalidades, algunas mucho más relevantes que otras, no se han generado por procesos de metamorfosis individual o familiar. Son el resultado de procesos colectivos sociales y políticos del medio en que conviven y de las redes globales del modelo neo liberal o del liberalismo internacional. Si se llegaran a defenestrar, a quitar o fallecieran por muerte natural, sin lugar a dudas, van a ser sustituidos por alguien similar o peor. Como es el caso del gobernante más poderoso del continente americano: Donald Trump. Este magnate de los bienes raíces, xenofóbio, neo-fascista, considerado por muchos como el peor gobernante de la historia estadounidense desde lo ético, moral, político y económico, si fuese impedido (empechement) de seguir gobernante, sería inmediatamente sustituido por su vicepresidente Mike Pence, probablemente sería peor gobernante que Trump, es decir, los riesgos de destrucción de la “única nave espacial en que viajamos” será mayor. De todas maneras, los “águilas del Pentágono” tienen mayor control del Estado ahora que cuando estuvo Barack Obama y otros antecesores.

El pensar que estos actores son quienes generan los hechos que producen mayor sufrimiento humano y, que al no estar ellos/ellas en sus puestos actuales, se concluirá con buena parte o todo ese sufrimiento que “producen”. Así que muchas son las personas que buscan cómo derrocar o sustituir a estos poderosos personajes, quienes son reconocidos con nombre y apellido.

Pero algunos sectores sociales creen que, insultando, ofendiendo, denigrando y hasta produciendo mayor desprestigio a su oponente, va a lograr cambios sustanciales además de lograr una terapia psicológica colectiva. Por ejemplo, en Honduras, desde el primer fraude electoral para elegir a Juan Orlando Hernández, posiblemente el presidente menos popular de Centroamérica, han circulado miles de mensajes por las redes sociales, con críticas fuertes, muchas sustanciales, sin producir un solo paso al lado de este señor. Como circula un video internacionalmente, es una persona sumamente cínica que no se inmuta ni para mentir y menos por ser fuertemente criticado. Hemos escuchado que desde el movimiento de “Los Indignados”, antes de su re elección, le han recordado a su madre en todos los desfiles, pero nada ocurre ni ocurrirá con él.  Muy parecido a la actitud de Jimmy Morales en Guatemala. Y así al Secretaria General de la OEA, don Luis Almagro, muy recomendado inicialmente por políticos de gran prestigio, luego, rechazado por la mitad de ellos, se sostiene allí desde el 2015, pese al creciente desprestigio internacional ganado. Es decir, han fallado las protestas y medios de crítica utilizados, sus objetivos apuntados a personas, más que a estructuras. Si Almagro, o Theresa May, o Donald Trump salen del poder, nadie puede asegurar que eso producirá cambios importantes y significativos para la ciudadanía.

Si hay algo inquietante son nuestros sistemas de justicia, generalmente controlados por un grupo reducido de abogados con títulos de magistrados, propietarios y suplentes, quienes integran diferentes Salas, concejales, y otros, elegidos por el poder legislativo. Es decir, un poder define quiénes van a integrar otro poder, y este poder legislativo es un órgano esencialmente político partidario. Consecuentemente, el Poder Judicial, difícilmente se libera de las influencias de los partidos, especialmente por los que dominan el Poder Legislativo. Eso está teniendo graves consecuencias en la vida política de la mayoría de los países latinoamericanos. Pero, no se escuchan propuestas para reestructurar esta modalidad para evitar estas influencias, los altos grados de impunidad, de mora judicial, las graves decisiones de jueces que favorecen el mercado ilícito, además de los enormes privilegios de Magistrados, como si fuesen una casta superior dentro de nuestras sociedades. Estas intocables instituciones son protegidas, por las élites políticas y económicas que se aprovechan de una tradición histórico cultural y de la creencia que esta es la mejor forma de manejar la “Justicia Ciega” heredada por los europeos.

En el contexto general de cada país, el público puede pasar rápidamente de la adulación al odio con facilidad. Es esta manipulación de la subjetividad social, de los principales logros en los medios tarifados y algunas redes electrónicas. El odio lleva a la población a buscar desahogarse con fuertes expresiones, manifestaciones multitudinarias, memes y demás medios de las redes sociales, que producen un efecto terapéutico de alivio y relajamiento al estrés que producen los mandatarios que gobiernan para su propio beneficio, para las élites locales y para actores extraños al país que contribuyeron a elegirles. Son otros los dueños del poder, el denominado poder fáctico. Este es quien finalmente determina cuánto dura un gobernante “elegido por sufragio democrático”, mientras que los y las votantes, solamente sirvieron para validar un proceso, muchas veces amañado.  y de la satisfacción de fuerzas mayores, en general externas. En otras palabras, existen actores invisibles que manejan los hilos de un sistema de explotación, extorsión y violencia contra los modelos democráticos quienes manipulan las fuerzas sociales, aun cuando sean de la oposición, para neutralizarla, con significativo éxito.

Se ha venido observando el caso de Honduras desde que el Departamento de Estado en Washington, encabezado por Hilary Clinton decidiera que el ex presidente Manuel Zelaya Rosales debía salir del poder aliándose para sacarlo con la oligarquía criolla, incluyendo a líderes religiosos. El pueblo hondureño ha tratado diferentes fórmulas políticas para recuperar la democracia liberal que tenía y ha venido fracasando en todas. Una de sus debilidades ha sido concentrar sus baterías en personas y no en sistemas y metodologías. Además de llorar los innumerables asesinatos por el régimen y sus aliados, gritando con mucha fuerza para que se haga justicia y procurar procesar a los actores del partido político en el poder, esa oposición se ha desgastado en pleitos contra personalidades, desahogándose en un mar de críticas, insultos, pleitos y acusaciones. Nueve años han estado con diversas tácticas contra el gobierno, pero éste, que no tiene escrúpulo alguno para utilizar el principio de “el fin justifica los medios”, les ha ganado una y cien batallas. Recientemente, se notan suspiros de esperanzas en lograr justicia, porque el Senado de EUA ha exigido a la Casa Blanca tomar medidas contra el grave estado de corrupción, impunidad e injusticia que se vive en Honduras. Sin embargo, internamente pareciera haber una oposición desmembrada, agotada y sin una estrategia clara, más que ese desahogo terapéutico de expresiones de enojo, justificado, pero inutilizado o mal canalizado.

El caso de Honduras es importante verlo en su forma y metodología de dominio, porque nadie puede apostar que esto no le ocurra a alguno de los países vecinos. En Nicaragua se dice que en tres meses ha habido más de 300 víctimas mortales, un buen número de presos políticos y un millar de heridos. En Honduras, en nueve años hay acumulados más de 12 mil asesinatos, mucho más heridos y aún hay presos políticos, sin incluir los exiliados políticos. Esto es un promedio de 1,333 homicidios cada año o 111 por mes.

En otras épocas, cuando no había tanto medio electrónico de comunicación, cuando existía una clase trabajadora organizada, fuerte y crítica, los cambios no se esperaban tanto de afuera. Los casos más ilustrativos fueron los grandes movimientos de lucha contra las dictaduras de Argentina, Chile, Perú, Uruguay, Brasil, Ecuador, Nicaragua, El Salvador, y Guatemala. La clase trabajadora y clase media baja, no concentraba sus energías en el individuo que gobernaba, Pinochet, Videla y demás comandantes militares, sino en el sistema dictatorial y sus alianzas con el imperio estadounidense. Un general pudo haberse cambiado, pero la lucha se mantenía hasta ver derrotada la dictadura militar, algunas, como la de Brasil, tardaron dos décadas en caer. Se dirá que esto ha cambiado y son otros los parámetros los que existen. Desde luego, pero el arte está en saber adecuar los medios y las estrategias a las nuevas condiciones y no en lamentarse constantemente por perder una y otra batalla frente a actores visibles, ignorando a los invisibles, que seguramente son más influyentes. 

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