Opinion

1984: Una historia latinoamericana

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Por: Jorge Barrig

“El poder no es un medio. Es un fin en sí mismo”. Hasta el día de hoy no he visto o escuchado una cita que resuma la política latinoamericana con exactitud, precisamente la hondureña, como lo hizo George Orwell en su libro: 1984.

Si no lo conoces, aquí te va una breve sinopsis. Nuestro ciudadano promedio y miembro de “El Partido”, Winston, habita en una distopía donde es observado mientras trabaja, descansa, duerme y caga, por el Gran Hermano. El emblema de El Partido. Su propósito es mantener el control intelectual de los ciudadanos de Oceanía, desde gestos sutiles, indicativos de un descontento con la autoridad que los gobierna, hasta palabras prohibidas que susurran por las noches, debido a su posible uso de sedición.

Nuestro amigo, Winston, no se siente contento con las incoherencias e injusticias sociales cometidas por El Partido, ya que su labor en el Ministerio de la Verdad consiste en ayudar a alterar el pasado para controlar el presente y dominar el futuro. He aquí donde nace un término concebido por Orwell: Doblepensar. Tenlo en mente, luego regresaremos a ello. La travesía del protagonista de la novela se basa en alcanzar una revolución intelectual con una organización secreta llamada La Hermandad. Los ilustres de una sociedad muerta, en la cual reside nuestro héroe. Oceanía se compone por tres estratos sociales: los altos, los medianos y los bajos. Los altos son miembros del interior del partido, es decir, sus dirigentes, también conocidos como la élite política. Viven con lujos ostentosos en los suburbios más finos, gozando de manjares desmedidos. Los medianos son aquellos que también obtienen una identidad como miembros del partido, sin embargo, son asignados a trabajos tediosos, donde no existen horarios laborales y son sometidos a los “dos minutos de odio”. Un evento donde los alaridos de desprecio llenan un auditorio con una telepantalla enorme, en la cual plasman imágenes del rostro del enemigo de Oceanía, Goldstein, líder de La Hermandad. Por último y definitivamente los menos importantes, tenemos a los bajos, el proletariado. Son los leprosos de la sociedad, desterrados de su humanidad, viven en barrios, alejados de la ciudad, como si habitarán un mundo donde los atentados esporádicos de misiles explosivos figuran parte de la normalidad. ¿Una estructura social familiar?

Ya que conocen la puesta en escena, veamos en dónde está su parecido con la realidad de Latinoamérica.

Viendo más allá de la composición social de esta distopía, debemos analizar las acciones de un ente gubernamental y sus propósitos. El partido de Oceanía ha permanecido en una guerra continua contra Euroasia y/o Asia Oriental. Su batalla se ha prolongado para suprimir el espacio al pensamiento crítico. En guerra, no hay presupuesto para la educación, la infraestructura, ni la salud. La mayor parte de la inversión estatal es destinada a las armas de destrucción masiva, específicamente en Oceanía. Por lo tanto, el pensamiento y el cuestionamiento de los porqués es inexistente. Tus miedos son preseleccionados, al igual que tus virtudes, valores y convicciones. Cualquier ráfaga de valentía que te lleve a pensar será castigada. Compartes la misma misión de un colectivo del cual desconoces de su credibilidad. Los libros de historia son escritos y reescritos a la conveniencia del partido, oprimen a sus ciudadanos bajo una esclavitud mental, opacando su capacidad de discernir el espejismo de lo que es verosímil. Ahora veámoslo con un poco de perspectiva. En el caso de Honduras, no estamos en guerra contra una nación, sino que toma protagonismo antagónico el narcotráfico y la corrupción. Ambos campos permiten las excusas de desviación de fondos hacia empresas fantasmas, dejando a la población seca y más escasa de recursos como los mencionados con anterioridad.

¿Qué efecto tiene el síndrome Orwell en la sociedad? Dejaré que lo explique el autor para mayor brevedad: “Los altos quieren quedarse donde están; los medianos quieren arrebatarles su puesto a los altos; los bajos quieren abolir todas las distinciones y crear una sociedad en la que todos sean iguales.” Se ha generado una burbuja de resentimiento social donde reina la envidia y el odio hacia nuestro Goldstein: Juan Orlando Hernández (presidente de Honduras). Los medianos somos partícipes en “semanas de odio” donde lo insultamos y desacreditamos su legitimidad con súplicas a un opositor, rogando a que recupere la prosperidad democrática. Todo esto en 280 caracteres o menos. Arrullos digitales que se desvanecen en las oleadas de chismes y farándula.

Según Orwell, quien tiene el poder para derrocar la tiranía de los usurpadores son los bajos, las proles. Conforman el 85% de la población en Oceanía, suficiente capital humano como para organizar una revolución, sumando a que ellos se les permite el pensamiento intelectual, que no es aprovechado por no poseer intelecto alguno. Ahora lo adaptamos a la realidad, el 48,3% de los hondureños viven en pobreza con el desasosiego de la incógnita que predomina en esta clase social: “¿qué comeré mañana?”. El hambre es la causa primaria de indiferencia hacia los sueños utópicos de un sistema democrático que poseen algunos pertenecientes a la clase media. Cuando hay hambre, la necesidad por saciar la supervivencia supera al intelecto. El conocimiento es incapaz de alimentar una familia con ingresos menores al salario mínimo. Por lo cual, el intelecto del proletariado hondureño también es inexistente. Hay una fórmula simple para comprender este paradigma social: Riqueza + privilegio = intelecto. Pobreza + infortunio = ignorancia. Es la realidad tercermundista.

Prima el amor por el Gran Hermano, aquella entidad que nos mantiene apaciguados mientras permitimos ser vendados y cegados ante las injusticias que ocurren con frecuencia. La ignorancia. Vigila nuestro presente con desinformación y nuestra cooperación cuando aceptamos las conjeturas sociales, atenta contra el futuro, condenándonos a repetir el pasado.

He aquí el “doblepensar”, ¿te acuerdos de ello? Su función consiste en tener dos ideas contrarias, considerando que ambas son infalibles. Veamos un ejemplo: Un miembro del partido Nacional conoce los desfalcos del IHSS (Instituto Hondureño de Seguridad Social), reconoce las alegaciones de narcotráfico contra dirigentes de este mismo y vive un fraude electoral años tras año. Sin embargo, opta por el camino de una militancia vehemente, apoyando las acciones de instituciones que se han convertido en cultos y sectas, buscando el bien individual, camuflando sus intenciones detrás de la cortina del beneficio colectivo. Sostiene dos ideas contrarias, ambas aceptadas por la paradoja que componen al hacer una colisión de sesgos cognitivos. Por una parte, su cognición le indica que los actos de corrupción atentan contra la institución democrática del Estado, pero justifica dichos actos al defenderlos, presentando cifras inverosímiles que proporcionan las mismas instituciones gubernamentales con intenciones de someter a los ciudadanos.

Al final, Orwell nos indica que vencer al Gran Hermano nos es una realidad. La imposibilidad de derrocar su régimen se encuentra obstaculizada por barreras lingüísticas que impiden ampliar nuestros conocimientos. El control de las palabras conduce hacia el control de los pensamientos y como consecuencia eres esclavizado por acciones automatizadas. En Honduras, se genera el mismo resultado con una fórmula distinta. El acceso a educación es limitado, por lo cual el proletariado no dispone de las palabras necesarias para expresar su descontento con argumentos fundamentados, su intelecto es reducido a llevar a cabo tareas que les permita alcanzar una supervivencia diaria, sin esperanza de obtener una movilidad social. Mientras que los medianos son anestesiados con ocio, entretenidos con un periodismo sensacionalista y amarillista, desviando su enfoque hacia sucesos violentos, obviando la verdadera violencia que ocurre con la publicación de documentos y reformas políticas. ¿Podremos los hondureños vencer a nuestro Gran Hermano? Solo si decidimos ampliar nuestro vocabulario, llevándonos a una extensión de conocimientos, fertilizando nuestro pensamiento crítico. Supongo que la respuesta que buscas es “sí”, pero solo si acudes a la literatura. Tu salvación reside en los libros.

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