Ya es hora de cerrar el Foro Económico Mundial

Por: Katharina Pistor

NUEVA YORK – Esta semana, el primer ministro canadiense Mark Carney pronunció un discurso casi perfecto sobre el pasado, el presente y el futuro del orden mundial actual. Es un texto que muy probablemente los historiadores del futuro citarán. El único problema fue el lugar: la reunión anual de ricos y poderosos en el Foro Económico Mundial de Davos (Suiza).

El Foro lo fundó en 1971 Klaus Schwab con la intención de cambiar el mundo reuniendo a directivos de empresas, políticos, académicos y «otros líderes de la sociedad»; una declaración de misión aplaudida por incontables organizaciones sin fines de lucro. Pero en la lista siempre estuvo ausente la sociedad: las personas que habitan los países, trabajan en las empresas o asisten a las cátedras de los líderes a quienes resulta más fácil hablar entre ellos que escuchar al común de la gente.

La asistencia al Foro no es barata. Además de los 60 000 a 600 000 francos suizos (62 000‑622 000 dólares) de la cuota anual de membresía o asociación, los miembros pagan unos 27 000 dólares por cada delegado que envían a Davos. Los invitados menos pudientes (que en muchos casos provienen del mundo académico) pueden obtener la entrada gratis, pero sólo porque están allí para servir de entretenimiento en los momentos en que los otros asistentes no están ocupados en reuniones paralelas alejadas del bullicio. (Hablo por experiencia, ya que me invitaron una vez).

Oficialmente, el Foro no es un ámbito para negociar acuerdos, sino para compartir ideas y fomentar el diálogo entre partes interesadas con el objetivo de crear un mundo mejor. Pero ¿en qué otro lugar se hallará a tantos poderosos reunidos bajo un mismo techo el tiempo suficiente para explorar acuerdos? De hecho, el Foro proclama con orgullo que ayudó a «aliviar las tensiones entre Grecia y Turquía en 1988», «colaborar con una transición pacífica en Sudáfrica mediante reuniones entre Nelson Mandela y F. W. de Klerk» y «facilitar la colaboración entre gobiernos e industrias en la transición a una economía verde».

Pero en esa lista faltan otros acuerdos, no siempre revelados. Entre los que sí se conocieron, un ejemplo lamentable fue el plan de «préstamos por acciones» (1996) que apoyó la reelección del presidente ruso Borís Yeltsin ofreciendo a su gobierno crédito a corto plazo a cambio de que un grupo de banqueros bien conectados se hiciera con el control de los recursos naturales más valiosos del país (petróleo, aluminio, níquel y gas). Aunque tal vez el acuerdo haya salvado por un tiempo la incipiente democracia rusa, también creó la oligarquía que allanó el camino de Vladímir Putin hacia la restauración de la autocracia.

De hecho (y esto no debería sorprender a nadie), muchas veces la democracia salió perdiendo en Davos. Todo el evento está diseñado para facilitar resultados que eviten los debates y cuestionamientos normalmente asociados con una democracia en funcionamiento. Un buen ejemplo son los «programas de ajuste estructural» que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial impusieron a los países necesitados de ayuda financiera en los años noventa y dos mil, con condiciones centradas en recortes del gasto social, reformas del mercado laboral y penosas medidas de austeridad. Aunque el Foro no determinó los detalles de esos programas, fue el lugar donde se alinearon los intereses y se convenció a los países deudores de que no tenían alternativas.

Otra medida antidemocrática fue la cláusula de solución de controversias entre inversores y estados (ISDS por la sigla en inglés) en acuerdos comerciales y de inversión. Puede que este regalo a las multinacionales no se haya inventado en Davos, pero sin duda el Foro le dio impulso. La ISDS permite a empresas privadas demandar a estados soberanos, por pérdidas de beneficios debidas a «trato injusto y desigual», ante tribunales arbitrales situados fuera de las jurisdicciones de esos países. Como el dinero manda, la mera amenaza de arbitraje bastó para que muchos países no pudieran introducir reformas que no eran del agrado de los inversores extranjeros.

También podemos hablar del papel del Foro en la normalización de la arquitectura financiera causante de la crisis de 2008. Cuando los ministros de finanzas y banqueros se reunieron en Davos en enero de 2009, los rescates habían terminado, el sistema había comenzado a estabilizarse y nadie quiso encarar una reestructuración decidida; lo que obtuvimos en vez de eso fueron las pruebas de resistencia bancaria. Algunos bancos siguieron creciendo y ganando influencia, y la «banca informal» quedó en gran medida exenta de controles.

Finalmente hay que hablar de la transición a la economía verde, que el Foro menciona como uno de sus éxitos. El único problema es que nunca tuvo lugar, y la responsabilidad (al menos parcial) es de Davos. Como la dirigencia empresarial opuso firme resistencia a un impuesto al carbono, prevaleció la cantilena de la compensación de emisiones, no porque fuera eficaz para mitigar el cambio climático, sino porque a los grandes contaminadores (muchos de los cuales son socios y asistentes habituales del Foro) les resulta más barata. Ideas desarrolladas en Davos (los criterios ambientales, sociales y de gobernanza ASG/ESG, el etiquetado verde, el capitalismo de partes interesadas, etc.) fueron un enorme desperdicio de tiempo y recursos que podían y debían dedicarse a intervenciones más eficaces.

Como un ámbito de encuentro entre dirigentes políticos y empresariales, el Foro fue una incubadora de normas que dieron forma a la economía mundial tal como la conocemos. Pero ahora este orden mundial se está resquebrajando. Carney es consciente, pero considera que no hay que lamentar la pérdida. Para crear un nuevo orden basado en valores, los líderes del orden anterior deben bajar de la «montaña mágica» y volver a hablar con los habitantes de la llanura, como hizo Hans Castorp (el protagonista de la novela de Thomas Mann) después de pasar demasiados años discutiendo grandes ideas en el aire enrarecido de Davos. Pero en su caso, ya era demasiado tarde: el antiguo orden estaba en ruinas y había empezado la Primera Guerra Mundial.

Katharina Pistor, profesora de Derecho Comparado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Columbia, es autora de The Code of Capital: How the Law Creates Wealth and Inequality (Princeton University Press, 2019).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Contenido a tu alcance

Periodismo de calidad en tus manos

Suscríbete y se parte de nuestro newsletter