Venezuela y el futuro de Occidente

Por: Jim O’Neill

LONDRES – En un comentario reciente, Gemma Cheng’er Deng y yo argumentamos que Occidente debe abrir los ojos a la evolución del mundo, especialmente a la luz de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que parece abogar por la división del mundo en tres bloques (en torno a Estados Unidos, China y Rusia). Ahora, apenas comenzado el año 2026, el presidente Donald Trump ha dejado en la estacada a todos aquellos que aún creían en la posibilidad de salvar el antiguo orden internacional. La incursión nocturna para capturar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, confirma que estamos en una nueva era.

Trump ha demostrado que su administración tiene la intención de hacer lo que quiera, según su propia definición de «lo correcto» y sin tener en cuenta el derecho internacional ni las normas de intervención. Eso significa que el resto de Occidente debe ser realista y dejar de esconderse detrás de las sutilezas y el lenguaje diplomático habitual. Los viejos amigos, socios y aliados de Estados Unidos deben ofrecer explicaciones sustantivas sobre su posición en la escena mundial. Las trivialidades exhortativas ya no sirven. Las nuevas realidades económicas, geopolíticas y diplomáticas se hacen más evidentes cada semana.

Cabe destacar que este año también se cumple el 25.º aniversario de mi artículo en el que acuñé el acrónimo BRIC (originalmente Brasil, Rusia, India y China). Como he subrayado anteriormente, mi argumento sobre la importancia de estos países nunca tuvo que ver con la inversión. Más bien se refería a la necesidad de una gobernanza global más justa, representativa y eficaz, basada en lo que yo consideraba realidades económicas y estratégicas emergentes.

Por ejemplo, con la llegada de la zona euro y la moneda única, me preguntaba por qué Francia, Alemania e Italia seguían estando representadas individualmente en las principales organizaciones de gobernanza mundial, especialmente en los casos en que ocupaban puestos de otros países cuya importancia internacional no haría más que crecer.

Hace 25 años ya estaba claro que la influencia económica relativa de estos países europeos disminuiría. Y ahora que la Unión Europea y el euro llevan décadas en funcionamiento, es razonable preguntarse qué propósito han cumplido. ¿Por qué los europeos no han hecho lo necesario para crear las economías de escala que permitirían a sus industrias lograr el crecimiento de la productividad que, en última instancia, sustenta unos niveles de vida más altos?

Por supuesto, al plantear esa pregunta a Europa, también debo incluir al Reino Unido. Mi propio país y todas las demás potencias occidentales necesitan urgentemente hacer un examen de conciencia sobre sus prioridades a largo plazo. El enfoque de la administración Trump ha puesto aún más de relieve la complacencia despreocupada del resto de Occidente. Si ahora no es el momento de que los occidentales articulen sus creencias fundamentales, ¿cuándo lo será? ¿Qué es lo que realmente valoran y cómo se asegurarán de que sus valores se mantengan de forma coherente en sus relaciones con el resto del mundo?

Al argumentar que los europeos deberían dar más espacio a las grandes economías emergentes y pobladas, esperaba que, a medida que estos países siguieran creciendo, exigieran tener más voz en la mesa. China y la India ya han alcanzado la etapa económica que anticipaba mi artículo sobre los BRIC, aunque los otros dos, Brasil y Rusia, aún no lo hayan hecho. Y desde 2008-2009, los BRICS (a los que se sumó Sudáfrica en 2010) han hablado a menudo con una sola voz, al menos simbólicamente, a través de sus cumbres anuales.

Más recientemente, los BRICS han incorporado nuevos miembros: Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía, Indonesia e Irán. Sin embargo, a pesar de sus propios esfuerzos por fomentar la colaboración transfronteriza, los países BRICS+ siguen exigiendo —y, en la mayoría de los casos, mereciendo— una mayor voz en los asuntos mundiales.

En este contexto, es revelador que, según Politico, la administración Trump esté explorando la posibilidad de crear un C5 que incluiría a Estados Unidos, Japón y tres miembros del BRICS: China, India y Rusia. Eso se acerca al acuerdo de gobernanza global que sugerí hace 25 años, a pesar de la ausencia de Brasil o de cualquier país europeo. Aunque puede que no llegue a nada, estos informes ofrecen una visión de a quiénes considera relevantes la administración Trump. Puede que Trump prefiera alinearse con compañeros ideológicos, pero si Europa lograra tener más éxito económico y tecnológico, es posible imaginar que se uniría a un futuro C7.

Hay que reconocer que el primer ministro canadiense, Mark Carney, parece reconocer los cambios más amplios que se avecinan. Ha estado buscando fortalecer los lazos bilaterales con China y considerando seriamente qué combinación de realismo y valores debería adoptar Canadá. Del mismo modo, aunque el Reino Unido sigue languideciendo en su trauma autoimpuesto tras el Brexit, ocasionalmente da pequeños pasos en la misma dirección.

Por el contrario, Europa continental sigue bastante desorientada. Al parecer, tiene demasiado miedo de sacar la cabeza de la arena y mostrar algo parecido a la ambición. Pero con una visión clara y el compromiso de llevarla a cabo, nunca se sabe cómo podrían estar las cosas dentro de 25 años. Ha llegado el momento de pensar con frescura sobre el BRICS+.

Jim O’Neill es exministro del Tesoro del Reino Unido y expresidente de Goldman Sachs Asset Management.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Contenido a tu alcance

Periodismo de calidad en tus manos

Suscríbete y se parte de nuestro newsletter