Por: Edgardo Molina
El fenómeno de los creadores de contenido hondureños, en general, es algo muy básico y fácil de explicar desde mi punto de vista. A continuación, intentaré argumentar algunas aristas que dejaré a su consideración, ya que este fenómeno, en perspectiva, llegó para quedarse:
- Primero, y lo más importante: La idea de que cualquiera puede ser millonario, exitoso y con felicidad infinita atrae a miles de seguidores que no quieren tener que trabajar duramente para alcanzar una meta o un logro, sino que buscan abrir la cámara de su móvil y utilizar las redes sociales como un atajo a la prosperidad y a que ríos de dólares empiecen a fluir; idea que no es falsa del todo. Sin embargo, en esa lotería de la viralidad se descomponen los sueños y aspiraciones de miles de jóvenes, que únicamente se quedan con el anhelo de no tener que trabajar ni estudiar para alcanzar todos sus sueños.
- La inclusión desmedida, el desinterés por buscar talento real, el aburrimiento y el uso excesivo de las pantallas en una sociedad de padres ausentes develan una miopía social hondureña, en la que la virtualidad da más lugar a guerras en el otro lado del mundo y genera “movimientos sociales” de internet, en los que los jóvenes no son conscientes de que en su propia casa ni siquiera llega el agua o, para el caso, prefieren conmoverse por animales maltratados (especialmente perros y gatos) que por las muertes de cientos de mujeres y hombres en Honduras víctimas de la violencia.
- La falta de educación es un hecho, no un acto para llamar la atención. Literalmente, algunos de los creadores de contenido hondureños no tienen educación y simplemente son así: un símbolo de nuestra tragedia cotidiana, en la que la gente disfruta de la cerveza, el fútbol, la violencia y la promiscuidad. Y, bueno, esto siempre ha ocurrido durante todas las generaciones; sin embargo, hoy en día es publicado masivamente.
- La individualidad y el ego desmedido son una especie de íncubo o súcubo que desplaza a los jóvenes que quieren fama y aprobación colectiva. Todos buscan a la chica linda, de pelo falso y cuerpo esbelto, para pasearla en un vehículo de gama alta.
- El mérito queda de lado frente a la algoritmia. El talento de personas que usan las artes como medio de expresión queda opacado por no pertenecer al círculo de lo común, cotidiano o desprolijo. Es decir, la primacía de la vulgaridad destruye el esfuerzo modesto de un grupo de jazz, un baile urbano, un pintor o una escritora. Otrora, previo al fenómeno de los creadores de contenido, había que ser prolijo para destacar; se necesitaban habilidades profundas y educación para presentarse ante una sociedad que requería admirar esos dones.
- Dentro de la gestión del capital cultural se han abierto polos equidistantes y desproporcionados. Para el caso, el punto de comparación entre Eva Cortés (virtuosa cantante) y Supremo (tiktoker) está demasiado lejano en el plano de la disponibilidad para la juventud. Es decir, esto no es una crítica a ningún creador de contenido, sino al propio sistema cultural, que superpone la estética del impacto, de la reacción o de la superficialidad sobre la estética basada en el virtuosismo y el dominio de un arte. Supongo que los jóvenes deberían tener ambas estéticas en su radar para poder intercambiar o escoger según su disposición; sin embargo, nos encontramos con una proximidad limitada en las redes sociales, que únicamente buscan vender más que contemplar, entretener o incluso educar.
- La pérdida de la profundidad de una canción o un poema se ve anulada por videos de 30 segundos que, un minuto después, dejan de tener sentido, y seguimos viviendo en un scroll infinito. Al inundar el consumo digital con contenido de bajo rigor intelectual o artístico, se reduce la capacidad de la audiencia para consumir obras complejas y se hiper estimula a los jóvenes.
- Mientras que los artistas prolijos buscan elevar la identidad nacional, los creadores de contenido hacen una caricatura para el consumo masivo, misma que crea una falsa simplicidad del hondureño. Incluso esto trasciende a los miles de hermanos que están en el exterior y que buscan una referencia cultural para sentirse orgullosamente hondureñas.
- No podemos dejar de pensar en los creadores de contenido también como cómicos que nos ayudan a aliviar el aburrimiento: nos brindan recetas de cocina, ayudan a las chicas a maquillarse o dan consejos de moda o chismes que nos hacen olvidar, por un breve momento, la realidad que vivimos los hondureños.
- Agradecemos profundamente a los creadores de contenido que intentan distinguirse del resto y hacen cosas loables para nuestra patria, tales como Ramiro Ocasio, Shin Fujiyama y otros. Ojalá que cada creador de contenido pudiera integrar a personas que hacen cosas buenas por Honduras y no gozan de popularidad, para equilibrar un poco la dimensión del entretenimiento ubicuo y superfluo para empezar a trascender hacia el desarrollo de la cultura popular.
Finalmente, el artista prolijo nos da la profundidad y el patrimonio, mientras que el creador de contenido nos da la conexión inmediata y la agilidad económica. Una Honduras equilibrada necesita de ambos: el rigor de las artes y la vitalidad de la calle digital, ambas integradas para poner a disposición de todos los hondureños una gama de posibilidad para discernir.





