Por: Rodil Rivera Rodil
REFLEXIONES
Al contrario de lo que esperaban algunos políticos de los dos partidos tradicionales, muy pocos por cierto, el gobierno no ha dado a conocer que haya tomado la decisión de romper las relaciones diplomáticas con la República Popular China, y por lo visto, básicamente, porque fue el gobierno anterior el que las estableció. Lo que indica que el presidente Asfura estaría actuando con la mesura que ha caracterizado su comportamiento personal, y por el que, dicho sea de paso, antes de los comicios de noviembre fue objeto de críticas por los “halcones” de su propio partido, pero que ahora no se puede desconocer que constituyó uno de los factores que ayudaron a su elección. Pues está comprobado que los pueblos no gustan de los políticos de discurso irascible y ofensivo.
Quienes quisieran que pusiéramos término a las relaciones diplomáticas con China continental es porque no conocen mucho del tema o porque, consciente o inconscientemente, mezclan sus sentimientos personales con los intereses nacionales. Ningún país del mundo, sobre todo si es pequeño y subdesarrollado como el nuestro, puede darse el lujo de mantenerse aislado de las grandes potencias, independientemente de que esté de acuerdo o no con su sistema político o económico o con sus gobernantes.
El caso de China, de otra parte, es excepcional en materia de relaciones internacionales. Hace más de cuatro décadas que retomó su antigua política de observar la más estricta no injerencia en los asuntos internos de otros estados, única, quizás, entre los países de gran peso en la escena mundial, y que fuera su modelo de conducta durante la mayor parte de su milenaria historia. Y ello, a pesar de que, durante algún tiempo, le atrajo el duro reproche de varios de los regímenes de izquierda. Y es que, para bien o para mal, China no pregunta ni pone en tela de juicio en ningún aspecto al país con el que comercia o al que ayuda. Esa es su política en este terreno y no veo que tenga sentido alguno emitir juicios de valor sobre ella.
No obstante, su ponderación y ecuanimidad frente a la grave conflictividad que vive el planeta no ha impedido que China se haya propuesto seguir una conducta de solidaridad internacional mediante la cooperación y la ayuda exterior a través de su “Agencia de Cooperación Internacional para el Desarrollo (CIDCA)” y buscado con entusiasmo lo que los chinos denominan la «comunidad de un futuro compartido para la humanidad«, como la mejor forma de impulsar el desarrollo y evitar la confrontación.
Los que conocen con algún detalle el extraordinario desarrollo que ha experimentado China en un poco más de cuarenta años sabrán que, de alguna manera, este se debe a que ha sabido combinar estructuras económicas capitalistas y socialistas con gran suceso, o dicho con una máxima pero expresiva simpleza, a que ha podido conjuntar lo mejor de los dos mundos. Y al mismo tiempo que ha generado una enorme riqueza ha logrado lo que hasta hace poco parecía imposible: acabar con la extrema pobreza, lo que se ha traducido en que hoy en día cuenta con más mil millonarios que los propios Estados Unidos, pero, según el Banco Mundial, con una tasa de pobreza no extrema inferior al 1 por ciento de su enorme población, de más de 1.400 millones de personas. Lo que significa que, prácticamente, todos sus habitantes son consumidores, y a la vez, sujetos de crédito. En otras palabras, el sueño de todos los hombres de negocios del orbe.
Visto desde una óptica esencialmente económica, las relaciones diplomáticas con China no son más que el complemento lógico de las comerciales que han existido casi desde hace muchos años. En efecto, antes de su inicio en el 2023, el intercambio sobrepasaba con creces los mil quinientos millones de dólares anuales, en tanto que, con todo respeto para la importancia de los vínculos mercantiles que teníamos con Taiwán, estos jamás superaron los 200 y pico de millones de dólares.
El lector se preguntará por qué razón podíamos comprar mercancías a un país tan distante con el que no solo no teníamos lazos formales, sino que, hasta hace muy poco, era estigmatizado en todo el mundo occidental. La respuesta es muy simple, porque sus productos son, por lo menos, de igual cualidad, y por encima de todo, más baratos que los que adquirimos en cualquier otra parte. Y el déficit que tenemos con ella obedece a que, justamente por nuestra condición de pobreza y escaso desarrollo, tan solo exportamos lo que a los economistas neoliberales les encanta calificar como meros “postres de sobremesa”.
Pero hay más, no fue este gobierno el responsable de haber interrumpido la relación con Taiwán para iniciarla con la República Popular China. No tiene, entonces, porqué dar explicaciones a nadie para tomar sus propias determinaciones sobre lo que considere que mejor conviene a Honduras. Y si alguien puede opinar con autoridad y conocimiento sobre este punto son los empresarios hondureños que lo conocen mejor.
Y finalmente, no parece que haya que temer que Trump cuestione que preservemos las relaciones con China. Como él mismo diría: “solo se trata de negocios”. Y la prueba es que no lo ha hecho con otros mandatarios cercanos a él, entre ellos, Bukele de El Salvador, Chávez de Costa Rica, Mulino de Panamá y Milei de Argentina. Y poca duda cabe que con el presidente Asfura el gobernante norteamericano se lleva muy bien.





