¿Por qué no podemos ser todos ricos?

¿Será capaz EE. UU. de escapar de la segunda Edad Dorada?

Por: J. Bradford DeLong

BERKELEY – Algunos somos más optimistas que otros sobre el futuro. Los optimistas entendemos que es posible salir de las trampas de la segunda Edad Dorada estadounidense.

En las edades doradas, la capacidad productiva se aparta de la producción de artículos necesarios y convenientes para la mayoría de la gente, y se vuelca al gasto exorbitante en objetos aspiracionales y otras actividades sin valor. La riqueza heredada suele jugar un papel fundamental, y ser utilizada para bloquear y demorar las transformaciones capaces de dar por tierra con el statu quo.

Pensemos en el calentamiento global, que actualmente amenaza con neutralizar gran parte de los dividendos tecnológicos que en su ausencia hubiéramos tenido durante las próximas dos generaciones. Estamos en este lío precisamente porque los intereses vinculados al carbón y el petróleo tuvieron suficiente poder social y político como para demorar la transición a las energías libres de emisiones. Algo todavía peor es que entre quienes detentan el poder social y político haya quienes consideran que la democracia es un problema.

Tanto los optimistas como los pesimistas pueden coincidir en que escapar de esta Edad Dorada facilitaría la búsqueda de soluciones a otros problemas que obstaculizan el progreso humano: reduciría el poder social de quienes se benefician contaminando el medio ambiente y perjudicando a las democracias. La desigualdad ya no sería un impedimento para que las potencias con economías de mercado se unan en una colaboración abierta para lograr soluciones.

¿Qué motivos tenemos para ser optimistas? En primer lugar, vale la pena recordar que Estados Unidos finalmente salió de la Edad Dorada original a fines del siglo XIX, y que lo hizo abrazando la inmigración, el conocimiento especializado y los intereses compartidos: la base del Siglo Estadounidense posterior.

¿Cómo se logró ese escape? Consideremos, en primer lugar, a la inmigración. En las primeras décadas del siglo XX los estadounidenses nacidos en el extranjero eran tantos como ahora y generaban el mismo temor; pero ese temor no solo acentuó los pedidos de «cerrar la frontera», también generó ímpetu para que las políticas integraran a los inmigrantes y sus hijos a la sociedad estadounidense. Esto implicó la creación de vías de movilidad ascendente y la asimilación de los recién llegados a los mitos fundacionales americanos, especialmente que Estados Unidos es una nación de inmigrantes. Casi todos descendemos de quienes vinieron al Nuevo Mundo para escapar de los errores del anterior.

El segundo de los factores fue el conocimiento especializado. A principios del siglo XX muchas elites comprendían que la Edad Dorada no estaba produciendo una sociedad suficientemente buena. Aunque el partido republicano era el hogar natural de los ricos, el presidente estadounidense Theodore Roosevelt fue lo suficientemente previsor como para entender que era necesario controlar a los «malhechores de gran riqueza».

De igual modo, el magnate del acero Andrew Carnegie fue lo suficientemente previsor como para entender que la riqueza privada es un fondo público y «Quien muere rico, muere en desgracia». Y el presidente Herbert Hoover fue lo suficientemente previsor como para entender que el gobierno estadounidense podía contribuir a difundir los conocimientos sobre ingeniería, gestión y organización por toda la economía.

Eso nos lleva a la cuestión de los intereses. Todas estas figuras entendieron que hasta las sociedades más individualistas requieren cierto grado de solidaridad social. Alexis de Tocqueville observó que «el egoísmo bien entendido» de los estadounidenses descansa en el principio de que la mejor manera de garantizar la prosperidad propia es tener vecinos independientes y prósperos. Además, la amenaza del totalitarismo mostró a todos que las buenas sociedades son frágiles. En esa época pocos se hubieran atrevido a poner en peligro sus propios intereses empujando a la normas e instituciones al límite para tratar luego de apropiarse de una parte mayor de la torta política y económica.

En pocas palabras, todos se daban cuenta de que había que corregir las políticas. Ni siquiera los estadounidenses ricos se beneficiaban por la gran desigualdad en la riqueza y el ingreso extremadamente alto en la Edad Dorada.

Los pesimistas dirán que es poco probable que la historia se repita o, al menos, rime. Los republicanos actuales no se parecen en nada a los de hace un siglo. Incluso un patricio supuestamente moderado como Mitt Romney es capaz de describir al 47 % de sus compatriotas como víctimas voluntarias «que creen tener derecho a la atención sanitaria, alimentos, vivienda… lo que sea». Cuando se postuló para presidente en 2012, su visión era la siguiente: «Mi trabajo no es preocuparme por esa gente, nunca voy a convencerlos de que deben asumir la responsabilidad y ocuparse de sus propias vidas».

Eso fue hace más de 10 años. Actualmente sus colegas suelen llegar aún más lejos y denuncian desde «el populacho con identidades dogmáticas» y «las grandes corporaciones tecnológicas que nos vendieron a China» hasta la vacunación obligatoria («segregación moderna») y los intentos por enseñar a los estadounidenses que aunque su país puede ser genial, no siempre es bueno.

En gran medida pueden ser bravuconadas para satisfacer a la base activista; recordemos que cuando los republicanos votaron en secreto en 2021 para decidir si mantenían a la diputada Liz Cheney como presidenta de la Conferencia Republicana de la Cámara, 145 miembros estuvieron a favor y solo 61, en contra. De manera similar, 17 senadores republicanos votaron a favor del plan de infraestructura 2021 del presidente estadounidense Joe Biden, y los diputados republicanos acaban de votar 149 a 71 a favor del acuerdo para limitar la deuda negociado entre Biden y el presidente de la Cámara, Kevin McCarthy.

El escape de la Edad Dorada original fue un proceso largo, que se extendió desde la era progresista de principios del siglo XX hasta el New Deal en la década de 1930. La salida de la segunda Edad Dorada también será larga… hay motivos para creer que lo lograremos.

Bradford DeLong, ex subsecretario adjunto del Tesoro de los EE. UU., es profesor de Economía en la Universidad de California, Berkeley, investigador asociado de la Oficina Nacional de Investigaciones Económicas y autor de Slouching Towards Utopia: An Economic History of the Twentieth Century [A rastras hacia la utopía: una historia económica del siglo XX] (Basic Books, 2022).

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