Reflexiones sobre la pandemia (33)

Por: Rodil Rivera Rodil

 La salida de Trump prometía asemejarse al final de una ópera bufa, pero este se las ingenió para convertirla en una verdadera tragedia griega. No reparó, sin embargo, en que cometía un gravísimo error, o más bien, una soberana estupidez, al incitar a sus partidarios a impedir la confirmación del triunfo de Biden. Con ello, según los republicanos, contribuyó a la pérdida de sus dos senadores de Georgia y a él le puede costar su anunciada candidatura para las próximas elecciones. Pero el insólito hecho no debe verse, únicamente, como otro desatino de los tantos que ha dado a luz su desquiciada personalidad.

En un artículo anterior comenté que las más profundas raíces de la actual polarización de la sociedad norteamericana y del fenómeno Trump deben rastrearse en la guerra civil norteamericana de 1861-1864, y más precisamente, en su causa fundamental, las contradicciones que producía el modelo económico y social que había nacido del aberrante cruce de capitalismo y esclavismo. Una evidencia de esto se pudo ver en los asaltantes del Capitolio, siendo obvio que muchos de ellos no ignoraban que sus ancestros ideológicos habían militado en el bando esclavista de la contienda. Pues en los videos puede apreciase el desafiante gesto con que lucían camisetas con la leyenda: “Guerra Civil. 6 de enero de 2021”.

Y lo mismo puede decirse de la bandera que enarbolaban, que no era otra que la de los “Estados Confederados de América”, esto es, la de los estados del sur que fueron a la guerra para mantener su inicuo sistema de producción Lo único distinto es que, al revés de hoy, en aquella ocasión los malos, los esclavistas, eran los demócratas, en tanto que los “buenos”, los que buscaban la liberación de los esclavos, aunque no por razones morales sino meramente económicas, fueron los republicanos.

En los tiempos que corren, las contradicciones, traducidas en las enormes desigualdades que desde hace cuarenta años viene generando implacablemente el modelo neoliberal, son las principales responsables de la casi nueva guerra civil que se está viviendo en los Estados Unidos. Y es que, como era inevitable, el neoliberalismo busca controlar directamente el Estado y manejarlo a su antojo y conveniencia. Para ello, encontró en el deschavetado magnate, Donald Trump, el instrumento político perfecto para su propósito. Igual que como hizo en Alemania el fascismo, o lo que es lo mismo, el neoliberalismo de la época, con Adolfo Hitler.

No obstante, ni la élite neoliberal pudo prever la magnitud de la inestabilidad e impredecibilidad de Trump. Menos, la torpeza con que manejaría la pandemia. Y mucho menos aún, creo, la insensatez con que actuaría al término de su mandato. Aunque, como es sabido, este perverso sistema -al que no sin razón también se le llama “capitalismo salvaje”- nunca ha vacilado en arremeter contra lo que se le oponga, sin excluir cualquier institución o principio democrático, como fue, precisamente, el irrespeto a la voluntad popular del pasado proceso electoral de Norteamérica.

¿Cómo pudo el neoliberalismo, ya con Trump jineteando el Partido Republicano, obtener el apoyo de sus propias víctimas? Sencillo. En primer lugar, por la incapacidad, o falta de voluntad, de los demócratas para revertir el modelo neoliberal. Lo más que intentaron, sin ningún éxito, fue paliar sus efectos. Y en segundo, mediante la clásica estrategia del populismo de derecha para capitalizar a su favor las mismas desigualdades pudo atraerse a desempleados, pobres, inmigrantes y otros marginados, ya fueran negros, latinos o blancos. Además, desde luego, de los supremacistas blancos y demás fanáticos del “voto duro” de su partido. Ello, en tanto a los verdaderos responsables, las gigantescas transnacionales, las obsequiaba con la mayor rebaja de impuestos que jamás se había visto. No ha sido, pues, nada extraño que mientras el ataque al Capitolio horrorizaba a la nación, la bolsa de valores de Nueva York cerraba con fuertes ganancias.

El Trumpismo pudo, igualmente, engañar a mucha gente de la clase pobre y media de los Estados Unidos con la “teoría del derrame”, inventada, cómo no, por el propio neoliberalismo y basada en las bondades de la “mano invisible del mercado”, tan grata para Adam Smith. De absurda simpleza y de probada falsedad, pero tan eficaz como en Honduras el antiquísimo truco de la lotería para estafar incautos. Cuanta menos regulación más riqueza se producirá y cuanta más riqueza más empleos se crearán y más impuestos se pagarán. Habrá tanto dinero que, literalmente, este se le saldrá a borbollones de los bolsillos de los potentados y se derramará sobre los necesitados. Pero como esto no sucedía, los defensores de esta disparatada tesis le cambiaron el nombre a “teoría del goteo”. Es decir, no hay que impacientarse, el derrame vendrá, pero no tan rápidamente. 

¿Cómo es posible que tantas personas en los Estados Unidos crean ciegamente tal patraña? Una explicación radica en el bajísimo nivel cultural que se les ha inculcado. Que lo que importa no es tanto estudiar cómo hacerse rico cuanto antes. Y como no es difícil demostrar que algunos de sus compatriotas se hicieron millonarios sin haber ido al colegio o a la universidad, o justo después de abandonarlos. Entonces. ¿Para qué estudiar? Lo que ha dado en llamarse la “cultura de la ignorancia”. 

Uno de sus principales exponentes es el movimiento “Tea Party” del Partido Republicano, una mezcolanza de religión y de populismo de derecha, anti-impuestos y anticultura, que a fines de la primera década de este siglo consiguió la elección de algunos congresistas y senadores, entre ellos, el ultraderechista Marco Rubio y la postulación de una de sus más conspicuas representantes, Sara Palin, como candidata a vicepresidenta del republicano John McCain. Esta señora se ufana de su analfabetismo y una de sus incontables barbaridades que la hicieron famosa fue que no tuvo ninguna vergüenza en elogiar “la ignorancia como muestra de autenticidad y como la mayor cualidad de un político”. Dicho sea de paso, no es ninguna casualidad que el actual Secretario de Estado de Trump, Mike Pompeo, sea un destacado dirigente del Tea Party.

No debe olvidarse que a Trump no lo derrotó Biden ni el partido demócrata. La victoria se la arrebató la pandemia. Se pudo reír de todo mundo. Afirmar que, en plena calle podía disparar a un hombre o manosear a una mujer sin perder un ápice de su popularidad, lo cual, por lo que vimos en estos cuatro años, casi pareció cierto. Pero, por esas ironías de la historia, tal desfachatez terminó jugándole la peor pasada de su vida cuando también quiso burlarse del minúsculo coronavirus.

Pero no hay que equivocarse. Hay Trumpismo para rato. Con o sin Trump. Recuérdese que los dos partidos tradicionales de Estados Unidos son, en lo esencial, claramente conservadores. Desde la guerra civil, las divergencias entre ellos han sido más de matices que de fondo. Más en sus planteamientos sociales y fiscales que en los estructurales. La gran novedad la ha traído la destornillada forma de ser y actuar de Trump. La única diferencia de relevancia entre ambos la representa Bernie Sanders, que, pese a que se autoproclama socialista, lo más radical que contiene su programa es “el combate a la extrema riqueza con fuertes gravámenes, y hasta un 5% adicional a las empresas con exorbitantes diferencias salariales entre sus ejecutivos y el trabajador medio, así como dividir los bancos demasiado grandes como para caer”.

Y sin embargo, con el tan apretado logro electoral de Biden, ahora se está pensando que, con pandemia o sin ella, el aspirante que podía ganarle a Trump por la amplia mayoría que se pronosticaba, que hubiera evitado el rechazo de este a reconocer la derrota y la bochornosa e imborrable mancha para la democracia norteamericana que significó el ataque al Capitolio, era Bernie Sanders, y esto justamente por su programa de cambios.

Lo que probaría que, en ese pueblo, particularmente desde la última crisis neoliberal del 2007-2008, ha comenzado a surgir una cierta conciencia política que le estaría señalando quiénes son los reales autores de la terrible desigualdad que lo agobia. Solo falta ver que el presidente Biden cumpla su promesa de no presentarse en los próximos comicios, lo que podría facilitar la candidatura de Kamala Harris, cuyas ideas sí parecen ser progresistas. Los demócratas deben saber, si quieren conservar el poder, que la inequidad que ha conducido a esta crisis, la mayor desde 1929, no comenzará a resolverse con un progresismo a medias.

Lo ocurrido, de otra parte, ha despertado una seria inquietud en los círculos democráticos de Estados Unidos. ¿Por qué las fuerzas del orden, tan diligentes para matar negros y desbaratar sus protestas, no estaban preparadas, según su propia declaración, para contener los fanáticos armados de Trump si este los había azuzado abiertamente desde hacía semanas? ¿Y por qué solo una parte de la fuerza policial de dos mil agentes del mismo Capitolio estaba de servicio, con el uniforme ordinario y no con el especial antidisturbios?

Y, más importante, quizás. Qué relación guarda con los trágicos sucesos la enérgica carta que los diez ex secretarios de defensa que están vivos hicieron pública apenas dos días antes, en la que, “en una acción sin precedentes” -afirman las noticias- estos manifiestan que «ha pasado el tiempo de cuestionar los resultados» de las pasadas elecciones presidenciales y han pedido al Departamento de Defensa y a las Fuerzas Armadas «abstenerse de cualquier acción política». No se necesita ser muy perspicaz, a mi parecer, para entender que la razón de esta misiva solo puede ser que sus firmantes conocían que se fraguaba algún plan contra la investidura de Biden, en la que el ejército tenía algo que ver. 

Por último, cabe preguntarse si mister Biden habrá tomado debida nota de que lo que Trump quiso hacerle el pasado 6 de enero es, exactamente, lo mismo que nos hizo a los hondureños en el 2017, esto es, robarle el triunfo a la oposición. Excepto que, en vez de turbas descontroladas, solo tuvo que enviar a su embajadora al tribunal electoral para que diera el visto bueno al fraude montado por su protegido Juan Orlando Hernández. Así es que, por si a él se le ocurriera hacer lo mismo – ¿cómo descartarlo? –  esta vez debemos unirnos todos los adversarios del dictador para, de una vez por todas, sacarlo del poder.  

Tegucigalpa, 11 de enero de 2021.

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