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 Por: Rodil Rivera Rodil

A estas alturas, deben ser muy pocos los que no estén conscientes  que la tercera guerra mundial ya se inició con la lucha armada entre Rusia y Ucrania que derivó en un fortísimo enfrentamiento económico con Europa y los Estados Unidos en el marco de su rivalidad cada vez más exacerbada con China. En la compleja confrontación, y para resumirlo en una frase, China va ganando y Rusia no va perdiendo. De continuar como hasta ahora, las alternativas más probables para la finalización de los combates en Ucrania solo parecen ser dos: una tregua que garantice su neutralidad o un claro triunfo ruso. Y en cualquiera de ellas, se instauraría una paz armada que, aunque precaria, podría perdurar hasta la segunda mitad de este siglo, cuando China haya superado abrumadoramente en todos los campos a Norteamérica, principalmente en el económico, y la feroz competencia de hoy se vuelva irrelevante, o bien, se produzca la tan temida hecatombe nuclear, lo más semejante al fin del mundo que por años se ha augurado.

La guerra de Ucrania, para ponerla en su verdadero contexto, y al menos en la teoría, podría durar muchos años, como los propios militares estadounidenses lo han vaticinado. Reparemos en que ya empezó a adquirir características muy similares a las de Vietnam y Afganistán del siglo pasado, que se extendieron por casi diez años, y sin olvidar que el ejército ucraniano es uno de los más grandes y poderosos de Europa, con cerca de un millón trescientos mil hombres.  

Se trata, por tanto, de un conflicto de proyección global cuyo alcance es imposible predecir, pero que, reitero, podría desenvolverse de manera muy distinta de los dos anteriores del XXI, alejado de la visión apocalíptica que se ha tenido de él y en cuya evolución el peso del factor económico, tanto como el terror nuclear, pueden evitar cualquier desenlace catastrófico.

Es muy posible, no obstante, que el nuevo ordenamiento internacional que surja de la conflagración no sea exactamente multipolar, como quizás sería lo deseable. La inercia del crecimiento de China es tan grande que, aunque no la busque, su influencia en algún momento sobrepasará la que jamás llegaron a tener los Estados Unidos. Solo cabrá esperar que la cultura de aislamiento y de no injerencia en los asuntos internos de otros países que China mostró en los siglos en que fue la mayor potencia económica del mundo  -superior a Estados Unidos y Europa juntos-  hasta su ignominiosa subyugación a mediados del mil ochocientos por casi todas las potencias occidentales, se traduzca ahora en una conducta de consideración por la autodeterminación de los pueblos, sobre todo, de los subdesarrollados, y más que nada, en una poderosa palanca de auxilio para ayudarlos a corregir la tremenda desigualdad que los agobia. Y ello, porque China no necesita de métodos imperialistas para ganar mercados.

Pero mientras las grandes fuerzas que mueven el devenir de las sociedades, las económicas mayormente, llevan a China, paulatina pero inexorablemente, a la supremacía mundial, los protagonistas de la actual convulsión movilizan sus piezas para tratar de quedar lo mejor colocados en lo que Henry Kissinger denomina la “prolongada temporalidad histórica” que sobrevendrá como antesala de ese nuevo orden mundial.

Así las cosas, me limitaré a especular un poco, y a muy grandes rasgos, sobre lo que está ocurriendo y podría acontecer en el corto porvenir en los países o regiones más directamente relacionadas con esta encrucijada, de repente, la más profunda de la historia.

Comencemos por los Estados Unidos, el actor principal de este drama. Que se ha empeñado, con una estrategia neoliberal a ultranza, en salir de la crisis que lo mantiene postrado desde el 2008 prolongando la guerra -que provocaron empujando a la OTAN a las fronteras rusas- hasta que sus grandes trasnacionales de las armas y los combustibles le expriman el último dólar (“están haciendo más dinero que Dios” les reclamó el propio Biden). Pero, eso sí, corriendo ellos el menor riesgo, para lo que desde el principio le aseguraron a Rusia que no enviarían sus tropas al matadero. Todo indica, sin embargo, que no calcularon los “daños colaterales” que las sanciones acarrearían al pueblo norteamericano. Un juego altamente peligroso, sin duda, por aquello de que es más fácil desencadenar una guerra que ponerle fin.

Es evidente, además, que en toda esta trama el presidente Biden no ha sido más que un mero instrumento, pero a quien también ahora le toca pagar los patos. Aunque hay que admitir que su desempeño personal tampoco le ha ayudado en nada, por lo que es casi seguro que pierda las próximas elecciones parciales ¿Qué hará entonces en lo que falta de su período con su programa legislativo trancado? Creo que es lógico esperar fuertes y contradictorias presiones de su propio partido, de la ciudadanía en general y, desde luego, de las grandes corporaciones, de las que se benefician con la guerra y de las que no, bien sea para mantener el pulso con Rusia o para detener las hostilidades. ¿Y qué ocurrirá con el impredecible Trump si retorna al poder? En resumen, lo que harán los Estados Unidos se envuelve en una nebulosa que infunde recelo sobre lo bien librados que podrán salir de esta primera fase de la guerra en la que se han embarcado.

Sigamos con Rusia. La sorprendente resiliencia, como se dice ahora, con que está soportando las sanciones, prueba que al menos desde la anexión de Crimea en el 2014 se había preparado, en buena medida, para lo que tendría que enfrentar, incluyendo su vuelco a los mercados y polos de desarrollo de Oriente. Justo hacia donde se está desplazando el epicentro económico del mundo. Pero ¿qué pasará, como muchos se preguntan, cuando el presidente Putin por cualquier razón salga de la escena? ¿Seguirá igual su política y, principalmente, la alianza con China, absolutamente vital para ambos, por los años que faltan para que esta ya no la requiera?

Con la resistencia rusa incrementada por la decidida colaboración que le está proporcionando China con la compra de petróleo, gas y otros productos para compensar con creces lo que deja de vender a sus adversarios, al igual que por el servicio que, en la misma forma y por razones de precio y necesidad, le prestan la India y otros países, y por el innegable respaldo que está recibiendo del pueblo ruso que ha catapultado su popularidad, no es difícil deducir que a cualquiera que sea su sucesor le será muy difícil cambiar radicalmente su estrategia. Quienes creen que Rusia puede darse el lujo de perder la guerra con Ucrania y con ella su estatus de potencia mundial no conocen mucho de su historia ni de su idiosincrasia. Y quienes confían en que China la va a dejar sola, es obvio que menos están enterados de la envergadura de sus proyectos ni, por consiguiente, de la necesidad que actualmente tiene de aquella.

Tan bien sabe China lo que espera si Rusia pierde la guerra de Ucrania que vale la pena recordar la ironía con que la presentadora de noticias china, Liu Xin, se refirió el pasado abril a la propuesta de Biden a su homólogo chino, Xi Jinping, de que sumara a las sanciones contra esta: “¿Puedes ayudarme a luchar contra tu amigo para que pueda concentrarme en luchar contra ti después.

En Europa ya se empieza a resentir la afluencia de los emigrantes ucranianos, lo mismo que las amenazas a la seguridad energética, la inflación, el alza de los intereses, la depreciación del euro, el espectro de la depresión, el incremento en los presupuestos de defensa y los demás efectos de las sanciones a Rusia. ¿Hasta dónde podrán aguantar sin obligar a sus gobiernos a modificar su política de subordinación a Estados Unidos? “Banana continent”, comienzan a llamarla.

La guerra ha complicado el Brexit y con la debacle de Boris Johnson se espera que disminuya el apoyo de Inglaterra a Ucrania; en España se piensa que el compromiso que asumió el presidente Sánchez en la última reunión de la OTAN de aumentar los gastos militares, sumada a la pérdida del PSOE de Andalucía, su más importante bastión, ha puesto en riesgo su permanencia en el poder; la histórica prosperidad de Alemania se viene abajo y, como afirma el portal digital, Breaking World News: “los que más sufren, naturalmente, son los que menos tienen”.

La caída del primer ministro italiano Mario Draghi puede desestabilizar la eurozona y no es casualidad que las fuerzas que podrían alzarse con el poder sean, como afirma un diario europeo, “partidarias de la teoría de que las sanciones europeas contra el Kremlin son un daño autoinfligido a la economía europea que no hacen mella en la potencia de fuego ruso”. La histórica aversión de los franceses a Norteamérica se ha acrecentado y el liderazgo de Macron se tambalea. En fin, en los restantes integrantes de la Unión Europea las cosas no están mejor ni mucho menos.

De ahí que sobre Europa se cierne también una gran incertidumbre. Su ya debilitada unidad se ha tornado más frágil aún y tampoco está muy claro qué rumbo tomará en el largo plazo en cuanto a la OTAN, pero sí lo está en que solo tiene dos caminos: persistir en compartir su destino con su aliado del otro lado del Atlántico, o bien, transformarla en una organización para la verdadera defensa europea, como lo han planteado algunos de sus dirigentes.

En África, las duras consecuencias han abierto una puerta por la que gobiernos nacionalistas podrían buscar sus propias sendas de desarrollo al margen de las grandes potencias o con la ayuda menos condicionada de China. Y en parecidas circunstancias se encuentra América Latina y, por fortuna, en condiciones más favorables que nunca para resistir la sempiterna presión de Estados Unidos para una ciega identificación con sus intereses y controversias internacionales. En Honduras, desgraciadamente, por nuestra extrema pobreza y dependencia, las cosas son un tanto diferentes. Baste señalar que no hemos podido siquiera entablar relaciones diplomáticas y comerciales con China, como lo han hecho casi todos nuestros vecinos de Centroamérica, solo por su enemistad con ella.  

Y, finalmente, en los estados cuyas dimensiones, recursos y posiciones geopolíticas les permiten adoptar una política de distancia y equilibro con los principales actores de este drama, pero también procurando extraer el mayor provecho, como la India, Turquía, Irán, Pakistán, Venezuela, Brasil, Argelia, Indonesia, Egipto, el mismo Israel y varios otros, no se advierten indicios de que estén barajando otras opciones. Por suerte para estos, y al contrario de nosotros, pueden mantenerse firmes en sus posturas de independencia sin importar las represalias de nadie.

En apretadísima síntesis, pues, y parodiando a Ortega y Gasset, la humanidad está encinta de grandes acontecimientos, más aún, quizás, que cuando se avecinaba la Revolución Francesa de 1789.

Tegucigalpa, 26 de julio de 2022.   

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