Pandemia refleja desigualdad de género en calles de Honduras

Madres expuestas al contagio en las calles solicitan ayuda por el olvido estatal

Texto: Nancy Cruz

Fotos: Fernando Destephen

redaccion@criterio.hn

Tegucigalpa. –Verlas a diario en los semáforos de las calles y avenidas de Tegucigalpa desnuda que Honduras ya tocó fondo y que la pandemia de la Covid-19, solo es la ventana que remarca las desigualdades y la miseria de un Estado avasallado por la corrupción.

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El sol ardiente quema sus cuerpos. Se acompañan de sus hijos e hijas, un cartón que solicita ayuda para sobrevivir es su carta de presentación. Más de tres meses en confinamiento y las madres hondureñas no cuentan con recursos económicos para quedarse en casa.

Más del 52 % de la población hondureña es femenina, según datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE). Las mujeres que viven en las zonas urbanas representan  el 55.5 % y en la zona rural el 44.5 %.

La carga para las mujeres durante la pandemia ha aumentado. Las jefas de hogar, que son más del 33 %, se ven obligadas a salir de sus hogares y solicitar a los transeúntes ayuda económica para llevar a casa un poco de alimentación.

Para Wendy Cruz, una activista de la mujer campesina, las jefas de hogar están en condiciones de calamidad doméstica y el trabajo se ha triplicado, aunado a ello la pérdida laboral a la que se han enfrentado. «El Estado de Honduras no ha hecho una diferenciación de cómo atender a las más desprotegidas”, dijo.

«Que me traigan alimentación, leche y pañales»

Ángela Banegas, es una mujer de tez canela, delgada. Sentada en una silla plástica, con su respectiva mascarilla, sostiene entre sus manos un cartón en el que se lee: «por favor regálame leche”. Hace cuatro días que se apostó en la entrada de la colonia Kennedy, la zona de mayor concentración poblacional de la capital hondureña y que a raíz de la pandemia se ha convertido en el punto de encuentro de decenas de mujeres que, junto a sus hijos, se han tirado a las calles a clamar por una ayuda que les permita la sobrevivencia.

Es madre de una recién nacida, no tiene leche, comida, ni pañales.

Antes del confinamiento, Ángela trabajaba de cocinera, pero a partir del 16 de marzo su teléfono no volvió a sonar para recibir noticias de regresar a su empleo.

La angustiada madre ha sido víctima de discriminación en la calle. Muchas personas desde sus vehículos le gritan que busque trabajar, sin comprender la dimensión del problema. En los días buenos para ella, logra recolectar 500 lempiras (unos $ 20) y en días malos, solo 200 ($ 8.00) y a veces 100 ($ 4.00), una cantidad que no ajusta para hacer el pago de los servicios de energía eléctrica y agua potable. «Gasto 1,200 de luz algunos meses», dice.

Cada dos semanas debe comprarle leche a su hija. «Ahorita ando consiguiendo para comprar la leche. No tiene leche ni pañales», recalca. Cuando la bebé no tiene pañales, utiliza trapos. Hasta la fecha no ha recibido ningún aporte estatal, por lo que hace el llamado al gobierno para que le entregué los insumos necesarios que le permitan subsistir el tiempo de encierro.

En marzo pasado el gobierno anunció a la entrega de raciones alimenticias para al menos dos millones de personas que viven en condiciones de pobreza extrema. A la ayuda se le llama “saco o bolsa solidaria”, pero hasta el momento no ha resuelto las carencias de miles de mujeres, que son jefas de familia y que se enfrentan a las mismas condiciones de Ángela.

Desigualdad género Honduras
Ángela Banegas, sostiene un rótulo con el que pide leche y pañales. Desde que inició la cuarentena se quedó sin trabajo, por lo que para sobrevivir decidió arriesgarse y salir a la calle a pedir para alimentar a sus hijos. 

A diez pasos de Ángela, se encuentra María Milagro Oseguera, una mujer que lleva tres meses de deambular por las calles de Tegucigalpa en busca de las dádivas de los transeúntes y motoristas. «Desde que inició la cuarentena me puse a pedir. Tengo hijos que mantener», dice.

«Por la necesidad ando aquí»

María es madre de cinco hijos, uno de ellos con una enfermedad congénita. Con lo recaudado le ajusta para comprar la mitad del medicamento. Antes del confinamiento lavaba y planchaba la ropa de quien solicitara de sus servicios, pero ahora nadie la llama por el miedo a contraer el virus y por el golpe económico en los hogares hondureños.

Durante los tres meses de confinamiento, solo ha recibido una “bolsa solidaria”. Sus ojos se iluminan cuando ve pasar los camiones del gobierno llenos con las raciones de alimentos. Grita para que le den, sin embargo, solo recibe el humo y el ruido del motor que pasa a su lado. «Pasan los camiones cargados y les decimos que nos den una bolsa y no nos tiran nada”, comenta.

María dice que prefiere aguantar los insultos de las personas antes que irse a su hogar sin dinero para comprar la comida y los medicamentos que necesita para su hijo. Es consciente que además de ella expone a sus menores, pero se aferra a su fe divina porque hasta el momento no le ha pasado nada.

Desigualdad género Honduras
Una de las hijas de doña María, sostiene un cartel pidiendo leche y pañales para un niño con capacidades especiales. En el bulevar Kennedy, desde la primera entrada hasta la tercera, varias mujeres piden comida desde que inició la cuarentena y el toque de queda debido a que se quedaron sin trabajo.

«Nosotras somos las que sufrimos «

A más de cinco kilómetros de la Kennedy, orilladas en las sombras de los arbustos, en la Avenida Juan Manual Gálvez, frente a la Asociación Hondureña de Planificación de Familia (Ashonplafa), se puede visualizar a tres mujeres mayores que cargan a sus bebés. Una de ellas, Sahira Ávila, una mujer delgada, con voz tímida, quien lleva un mes solicitando dinero.

Lo que más le interesa a Sahira es juntar dinero para comprarle leche y pañales a su hijo de un mes, quien es sostenido por los brazos de su abuela, mientras Sahira dialogaba con nosotros. Aparte del bebé, tiene dos hijos más. Todos los días piden jalón desde la colonia La Sosa para llegar al arbusto de la colonia Alameda, que se ha convertido en su sitio de acción.

Desigualdad género Honduras
Sahira permanece de pie, con su mascarilla en la barbilla. Sentada en la grama de la acera de la Avenida Juan Manuel Gálvez de la colonia Alameda se turna con su madre para pedir alimentos en medio de la calle, la que antes ocupaban malabaristas. En su mayoría estas mujeres han sido suspendidas o despedidas de sus trabajos debido a la emergencia sanitaria por la Covid-19.

En las calles no ha recibido discriminación, de hecho, las personas que rondan también se encuentran en la misma situación precaria. Su pareja trabaja en una pollera, pero las actividades de la empresa están paralizadas.

Ávila le dice al gobierno que son ellas quienes están sufriendo, al pagar energía eléctrica y agua potable, sin recibir ningún aporte de las autoridades. A su familia y a ella le da miedo contagiarse, pero no se puede hacer nada, pues tienen que buscar la comida diaria. «Qué vamos a hacer si la necesidad nos obliga”, comenta.

Desigualdad género Honduras
La madre de Sahira, sostiene en sus piernas a su nieto de un mes, mientras se alimenta con refresco y tajaditas de plátano. La solidaridad a pesar de la Covid-19 se puede observar en estas mujeres que comparten tal vez el único alimento del día.

Las mujeres no solo son obligadas por la crisis a solicitar ayudas económicas en las calles, deben cuidar a sus hijos menores, asumir las tareas del hogar, frente a una irresponsabilidad paternal, recayendo todo el peso en ellas. Todo esto es invisibilizado por un Estado que coloca en un rango de inferioridad a las mujeres, dejándolas desprotegidas y asumiendo que son ellas las que deben realizar los trabajos domésticos.

Para Wendy Cruz, de la Vía Campesina, todos los actos de corrupción que han sido señalados durante la pandemia, por la irregular ejecución de fondos por parte de las instituciones encargadas de la emergencia sanitaria, tienen un impacto directo en la vida de las mujeres. «No estamos en condiciones igualitarias y estamos sufriendo las malas políticas del Estado», señala.

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