Mi problema con el nuevo Código Penal, y con sus opositores

Alianza

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

Es que yo obedezco, pero no creo en la ley, que antes decían que era revelada y ahora que es fundamento de la civilización, pero solo es recurso del poder. Prefiero en todo caso los mandamientos sin alguno que se mete con mi deseo, que es más profundo que yo,  y solo las leyes positivas naturales me parecen evidentes. Un radical pudiera decir, anarquista. Pero soy un hombre sencillo.

Entiendo que nuestra longanimidad frustrada con el despotismo libertino de la clase política asquerosa nos alborota ahora contra su última criatura, el nuevo Código Penal. Simpatizo. Claramente los servidores públicos no deberían determinar sus beneficios, ni los delincuentes delimitar sus propios castigos. Hay que reaccionar de algún modo para que por lo menos quede registrado que nos dimos cuenta del retruécano en el adefesio.

Me sumo además a la protesta por capilaridad porque mis amigos están todos de este lado y esgrimen todas las razones. Los diputados, aún mudos, tienen todos los votos y la determinación. Creen que se les va el pellejo en ello y lo más probable es que vamos a perder esta cruzada. Se nos concede el derecho al pataleo. ¿A cuenta de que esperar más, si el poder es lo que es y la ley es su recurso? Y odio ser políticamente correcto.

He puesto mucha atención y escuchado los argumentos para impugnar al nuevo código. (Fundamentalmente los que demuestran ¡que reduce las penas para delitos que nos parecen abominables, mientras que las incrementa por tipificaciones que podrían ser más bien ejercicios de responsabilidad cívica!) Pero el tema de las penas no supera mi escepticismo. ¿Acaso no es mezquino, pedir dos años más por malversación? Y ¿no es un equívoco pedir menos años de castigo por ejercer un derecho cívico irrenunciable como la protesta, o la libertad de expresión?

Tampoco quiero perderme en el discurso normativo que, al final, evade lo real concreto. El problema no solo es el código, si no que la justicia es una porquería. En la práctica, cuando no es un pretexto de la crueldad, la ley es la excusa a la que recurrimos cuando evadimos comprometernos con la justicia. Es el poder que otorgamos al sistema. Y, si va a ser dura, que sea justa. Que sea respetuoso el agente, decente el fiscal, que el buen juez, esté obligado a dar cuentas y que el castigo sea digno. Y sabiendo lo que sé de tantos policías abusivos, fiscales y jueces corruptos y de las condiciones infames en las cárceles, crematorios y patíbulos, en todo caso, ningún código es legítimo y nadie debería ser sometido a condena inhumana. No es un problema periodístico. Empieza con la ley del talión en el Código de Hammurabi.[1]

¿En que habrá estado pensando Roque Dalton cuando escribió que las leyes las hacen los ricos para que las obedezcan los pobres? Frase que durante mucho tiempo me impresionó, hasta caer en cuenta de que, en este país, Pedro, los ricos se rehúsan a obedecer las leyes, y explican que no están obligados, porque son ricos, y los pobres desobedecen las leyes, excusando ser pobres, que no pueden. Y la clase media solamente las medio obedece, invocando su propia medianía. El estado encargado de hacerla cumplir ¿de parte de quien está? El número de reos inocentes es infinito. No ando yo perdonando la ofensa que se le hizo a otro, pero dicen que cada quien habla de la feria según le fue en ella.

Déjenme rememorar mis propios encuentros cercanos con la justicia. Solo he estado confinado una vez, por seis días, en 1973 en la casa cural de Macuelizo, Santa Bárbara, a los 25 años, por una conspiración de la Matrona del burdel de Callejones, porque insistía yo, siendo presidente del Patronato, en sacar el aludido comercio de la calle principal del poblado. Pero ¡acusado formalmente de secuestro de menor! ¡Porque le amarré la muñeca a un “guirro” (niño) con su cabuya, para llevarlo -caminando ambos- a la luz del día, a la casa de sus padres a dos cuadras, cuando lo encontré infraganti cortando mis postes para llevarse leña! En 2004 R. L. Callejas me procesó por calumnia porque insinué que no era del todo honesto. Y estuve un día detenido en 2005, por un fiscal santurrón y abusivo, que me acusó de sacar la arena de mi potrero sin pagar el canon contratado, que no me renovaba el recién electo Kilgore, para quitarme la concesión.

Toda proporción guardada que también tu lector eres hijo de Dios, Jesús el Nazareno, carpintero de Belén a quien adoro, fue preso varios días antes de ser cruelmente ejecutado, porque alguien dijo que era el Rey de los Judíos. Mi maestro Sócrates, quien se rehusó a huir de la prisión, cuando ofrecían sacarlo sus alumnos, antes de tomar la cicuta, fue condenado ¡por perversión de menores! Porque les había enseñado a los jóvenes que se cuestionaran.

El poeta Ezra Pound por traidor a su país, pasó varios días en una caja metálica en el patio de un campamento militar, y después, tiempo en confinamiento solitario, hasta que se le conmutó esa pena, por la reclusión en un asilo para enfermos mentales, y escribió en uno de los celebérrimos Cantos, ningún hombre que ha pasado un año en la cárcel cree en jaulas para los animales.

Y mi maestro en materia legal, el ardoroso y justo José María Palacios, recordaba que en El espíritu de las leyes Montesquieu, expresaba que las leyes no se hacen para castigar al culpable, si no para proteger al inocente. Argumentaba que la principal amenaza contra la libertad, valor supremo, proviene del poder, es decir del Estado que asegura fundamentarse en ley. Y, como no se podía evitar tener una ley, redactó «Chemita» el más garantista de todos los Códigos, hoy casi desechado porque supuestamente daba ¿demasiadas garantías? Y ¿nos quejamos de lo que hacen a los presos políticos? ¿Y a Magdaleno? ¿Al pobre diablo de David Romero?  Pero ¿queremos que el verdugo se ahorque solo?

Los latinos somos especialmente propensos a la alucinación de pensar que la ley es el problema y en la ley está la solución. No es por las leyes que nadie obedecía, que estamos tan mal, ni con muchas puras leyes, que vamos a salir o enderezar este entuerto. Tenemos que forjar una justicia más confiable, y formar una ciudadanía más decente. Es imperativo volver a hacer la ley que proteja al inocente, para que no tengamos la excusa de que la hicieron sus victimarios, y para que nos comprometamos todos a obedecerla. Y antes que más códigos, necesitamos una ley suprema que instituya los principios básicos de convivencia, y asegure los derechos inalienables que se desprenden de nuestra condición de ciudadanos, hombres y mujeres libres.

[1] Rey de Babilonia que recibió las leyes de mano del dios Marduk

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