Opinion

Las lecciones sobre política legadas por el COVID-19

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Por: Luigi Zingales

CHICAGO – Si una mente malvada diseñara el virus perfecto para acabar con una especie animal, elegiría la combinación óptima de transmisibilidad y tasa de letalidad por infecciones. Sin embargo, para eliminar a la humanidad, la mente malvada tendría que desarrollar un virus capaz de neutralizar las respuestas de los humanos frente a dicho virus, y no tan sólo las respuestas individuales (que son insuficientes para hacer frente a una pandemia), sino también las colectivas. Por lo tanto, un virus asesino perfectamente diseñado sería capaz de explotar las ineficiencias en nuestra toma de decisiones colectivas. Da la casualidad que eso es lo que parece haber conseguido el virus SARS-CoV-2

Si no creemos en el diseño inteligente, tampoco deberíamos creer en el diseño malvado. Incluso en dicho caso, la evolución darwiniana nos dice que la presión de supervivencia eventualmente generará virus más efectivos. Muchos virus nuevos han saltado de los animales a los humanos, pero ninguno en los últimos 100 años fue tan devastador como el SARS-CoV-2.

Sí, es verdad que el COVID-19 es menos letal que el Ébola y menos infeccioso que el resfriado común. Cuando el más letal Síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS) surgió por primera vez en el año 2012, se lo contuvo y se lo eliminó en gran medida en el espacio de tan sólo unos pocos meses. ¿Por qué, entonces, el COVID-19 es tan evasivo en cuanto a ser controlado? La respuesta es que este virus aprovecha las debilidades de nuestras instituciones. Y al hacerlo, proporciona una lección útil sobre lo que debemos corregir para hacer frente a futuras amenazas existenciales.

Para empezar, la progresión exponencial del coronavirus desafía la naturaleza reactiva de las instituciones democráticas. Así como fue necesario que se produzca el ataque japonés a Pearl Harbor para arrastrar a Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial, se necesitó que Lehman Brothers colapsara para impulsar al gobierno estadounidense a organizar una respuesta a la crisis financiera mundial. Según una cita que a menudo se atribuye erróneamente a Winston Churchill, “siempre se puede confiar en que “los estadounidenses” harán lo correcto, una vez que se hayan agotado todas las demás posibilidades”.

Esta estrategia funciona bien en un contexto lineal, pero es extremadamente arriesgada en uno exponencial, donde hacer lo “correcto” puede ser mucho más difícil cuando la respuesta se retrasa. Si bien todos los virus tienden a crecer exponencialmente si no se los controlan, la propagación asintomática y pre-sintomática del COVID-19 hizo que este virus fuera mucho más difícil de manejar.

Si bien es más difícil, no es imposible manejar este virus. Hoy en día disponemos de la tecnología necesaria para rastrear los movimientos e interacciones de las personas, pero las democracias liberales generalmente no quieren usarla. Recientemente, el sitio web de un medio de comunicación católico fue capaz de rastrear las aventuras sexuales de un sacerdote de alto rango simplemente mediante el uso de datos de teléfonos móviles disponibles en el mercado comercial. Google y Facebook pueden hacer prácticamente de todo para orientar sus anuncios publicitarios para que lleguen a un mercado objetivo determinado. Sin embargo, en una democracia, las mismas tecnologías aparentemente no están disponibles para salvar vidas.

Los efectos desiguales del COVID-19 a lo largo toda la población también son muy efectivos para debilitar las políticas de respuesta frente a dicho virus. Montar una respuesta colectiva habría sido más fácil si la tasa de letalidad fuera similar a lo largo de todos los grupos etarios; pero no lo es. Hasta que surgió la variante Delta, un veinteañero tenía más probabilidades de ser alcanzado por un rayo que de morir de COVID-19. Por el contrario, para un octogenario, la tasa de letalidad del COVID-19 se acerca a la de la viruela.

Una respuesta común a la pandemia que sea eficaz necesita de un sentido compartido de pertenencia. Por ejemplo, los estadounidenses que se beneficiaron de los programas de asistencia social del New Deal en la década de 1930 estuvieron más dispuestos a enlistarse como voluntarios durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, muchos jóvenes en la actualidad se sienten cada vez más marginados  por la economía y responsabilizan a las generaciones con más edad de su difícil situación. ¿Debería asombrarnos que dichos jóvenes no estén tan dispuestos a sacrificar los mejores años de sus vidas para proteger a los más ancianos?

No obstante que a las sociedades más colectivistas de Asia les fue mucho mejor que a muchos países occidentales en la lucha contra la primera fase de la pandemia, les fue bastante mal en el desarrollo, y la obtención, de suficientes dosis de vacunas contra el COVID-19. Esto subraya el hecho de que el desarrollo de vacunas depende de las capacidades científicas, no de las instituciones que imparten políticas. No es de extrañar que los países científicamente más avanzados, entre los que se encuentran Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania y China, se situaran a la vanguardia de los esfuerzos de investigación y desarrollo de vacunas.

La propagación asintomática del COVID-19 y sus tasas de letalidad marcadamente variadas entre grupos demográficos habrían sido por sí solos factores bastantemente malos. Pero el problema se ha agravado terriblemente por el averiado sistema de medios de comunicación de Occidente, mismo que ha  provocado un máximo grado de confusión.

En Estados Unidos un enemigo extranjero no podría haber hecho un mejor trabajo en cuando a difundir rumores falsos y provocar histeria sobre el virus, especialmente durante las primeras fases de la pandemia, cuando una respuesta colectiva hubiera sido más efectiva. ¿Cuántas veces escuchamos la frase “es sólo una gripe”?, y eso no sólo se difundió en las redes sociales. El 26 de febrero de 2020, un mes después de que Wuhan fuera confinada, el Journal of the American Medical Association  aún comparaba al COVID-19 con la gripe. Como reveló una entrevista reciente con Dominic Cummings, el ex asesor principal del primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, esta desinformación perjudicó la toma de decisiones al más alto nivel.

Las constantes mutaciones del coronavirus podrían hacer que las vacunas COVID-19 existentes sean insuficientes para eliminar la pandemia. La respuesta (o la falta de ella) del gobierno de la India al virus afectó en gran medida tanto a ese país como al resto del mundo. Si para Estados Unidos le resulta tan difícil organizar una respuesta común, parece imposible desarrollar una a nivel de las Naciones Unidas.

Puede que ahora el comercio y las comunicaciones sean globales, pero la gobernanza no lo es. Si queremos seguir viviendo en una economía mundial, necesitamos desarrollar un sistema eficaz de gobernanza global.

Esta es la mayor lección que nos deja el COVID-19. Una economía global hace que los problemas locales sean globales. Incluso si nos las podemos arreglar para salir del paso y superar esta pandemia, no significa que necesariamente vamos a supera la siguiente, ni que vamos a superar otros problemas, como el cambio climático, todos ellos problemas que también tienen un impacto exponencial y desigual, y que requieren de soluciones globales. Si no aprendemos esta lección, nuestra especie merece extinguirse.

Luigi Zingales es profesor de Finanzas en la Universidad de Chicago y coanfitrión del podcast Capitalisn’t.

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