Las cuentas de Tomás

Por: Julio César Raudales

julio césar  raudales

 

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 Un joven economista francés muy ilustrado y creativo, publicó hace unos meses un libro que ha hecho furor, tanto en la academia como en los círculos políticos y medios de comunicación más importantes del mundo. El tono del debate alrededor de su propuesta ha alcanzado tales decibeles, que muchos piensan que su trabajo está destinado a cambiar la forma de hacer investigación social. El nombre del autor: Thomas Piketty y su libro tiene un título realmente sugestivo, no por su originalidad, sino porque pareciera ser una versión actualizada de aquel otro libro que hace siglo y medio, obligó a los filósofos y políticos a replantear su forma de ver el mundo: Piketty llamó a su libro “El Capital” y para que no queden dudas sobre su intención, lo complementa con el subtítulo: “En el siglo XXI”.

El tema, aunque parece trillado, sigue siendo vigente y provocador: sostiene que las desigualdades generadas por el capitalismo en su forma natural, serán el germen que cause su destrucción. Después de Marx, lo sostuvieron con firmeza sus seguidores y también algunos de sus detractores. Así Lennin, Gramsci y hasta los conspicuos Shumpeter y Tobin señalaron en sus investigaciones, la imperiosa necesidad de buscar “alternativas” al mercado libre para paliar sus “abyectos” efectos. Los primeros propusieron cambios violentos originados en las masas de trabajadores inconformes y los otros sugieren reformas tendientes a equilibrar, mediante la intervención del gobierno, los ingresos familiares, de modo que todos puedan a la vez, disfrutar de la bonanza económica y el bienestar provenientes de la economía de mercado.

El debate alrededor de la obra ha sido ríspido: neomarxistas y socialdemócratas consideran la tesis de Piketty como reafirmante de los postulados básicos que justifican la estatización de la economía, mientras los liberales critican su  propuesta, dudando desde la validez estadística de los datos presentados, hasta la ausencia de recomendaciones de políticas consistentes. Dejaré por ahora esta discusión de lado y centraré mi reflexión en qué tan cierto es eso de que la desigualdad provoca efectos tan devastadores como para acabar con un sistema económico y si podemos hacer algo para reducirla en Honduras, considerando las enormes diferencias sociales que hacen de nuestro país, no solo uno de los más inequitativos, sino de los más pobres del continente.

La desigualdad de ingresos tiene efectos sociológicos más graves que los económicos. En mi cátedra de Política Económica, mis estudiantes y yo examinamos las consecuencias de este fenómeno, y concluimos que en rigor, un coeficiente de Gini muy elevado, es decir, una muy mala distribución de los recursos no nos dice gran cosa sobre el grado de bienestar material de las familias. Por ejemplo, Chile es en este aspecto, más desigual que Nicaragua. De acuerdo a las cifras, un gerente financiero chileno gana 16 veces más que su chofer, pero el sueldo del mismo funcionario en Managua es solo unas 7 veces el de su conductor, sin embargo, en términos materiales, el chofer chileno vive en mejores condiciones que su colega centroamericano, es decir, pareciera que la diferencia estriba más en el país donde vivimos que en las condiciones de igualdad dentro del mismo. Pero ¿es esto suficiente?, un análisis más profundo, considerando dimensiones distintas a las netamente materiales nos muestra que posiblemente, el hecho de vivir en una sociedad más igualitaria permite, bajo ciertas circunstancias, una mejor convivencia social y esa es la razón por la cual, países como Finlandia, Eslovenia e incluso algunos de África Subsahariana, muestran buenos niveles de paz social y no así los países petroleros, en donde existe gran disparidad y mucha violencia.

Esa y no otra es quizás una de las principales razones de que en Honduras haya tanta criminalidad y violencia. Un estudio reciente del Banco Mundial (junio 2015), coloca a Honduras como el país con peor distribución del ingreso en Latinoamérica. A esto hay que agregar que nuestra patria es agobiada por una elevada tasa de hogares en pobreza externa, es decir, no solo somos desiguales, también somos muy pobres (que no es lo mismo, se puede ser rico y desigual como Singapur). Es por ello que debemos hacer algo con esta situación. 

De lo anterior me atrevo a deducir algunas cosas y las digo en orden de importancia: primero, es fundamental que en el país se apliquen políticas que permitan, más que la igualdad de ingresos, la igualdad de oportunidades, por ejemplo, la precisión en los derechos de propiedad, el establecimiento de reglas claras para la inversión y la garantía de un sistema de justicia transparente. En segundo lugar las autoridades deben priorizar el uso de los impuestos o de cualquier otra fuente de financiamiento público, en la provisión de una infraestructura de calidad y servicios sociales básicos, de manera que todos, incluidos los más pobres, puedan hacer uso de los mismos sin restricción. Por último, una política social focalizada, en forma de bonos o atención a grupos postergados, la cual debe gestionarse con transparencia y siguiendo criterios técnicamente confiables.

La forma más veloz de provocar una crisis social de graves consecuencias, no es la mala distribución de los recursos que, según Piketty provoca el libre mercado, sino la mala conducta de gobernantes, que, en un afán de satisfacer a la clientela, provocan mayores divisiones y con ello, el resentimiento de quienes con derecho, se sienten excluidos.

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