Por: Giovani Funa
La justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, así como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento. Un libro se publica en Cambridge, Massachusetts, en 1971. Su autor es John Rawls, profesor de filosofía en Harvard. Su título, Teoría de la justicia. El mundo que rodea a ese libro es el de una sociedad en crisis. El conflicto de Vietnam ha dividido a Estados Unidos. El movimiento por los derechos civiles ha puesto en cuestión la legitimidad de las instituciones. La desigualdad crece, la desobediencia civil se extiende. La pregunta por la justicia ya no es académica. Es una pregunta que late en las calles, pero en las universidades la pregunta por la justicia tiene otra forma. Desde hacía más de un siglo, la tradición dominante en la filosofía política anglosajona era el utilitarismo. La idea de que una sociedad es justa cuando maximiza la felicidad total, cuando produce el mayor bien para el mayor número. Una fórmula simple, una fórmula poderosa, una fórmula que para John Rawls es profundamente insuficiente.
¿Dónde se juega la justicia? ¿Dónde se decide si una sociedad es justa o injusta? La respuesta es precisa. La justicia se aplica a la estructura básica de la sociedad, no a las decisiones individuales, no a los actos privados, a las grandes instituciones que conforman el marco dentro del cual transcurren las vidas de las personas. La estructura básica incluye la Constitución Política, incluye las leyes que regulan la propiedad, incluye el sistema económico, incluye las instituciones que distribuyen derechos, deberes, oportunidades, riqueza. Es el andamiaje sobre el que se construye la vida social. es lo que determina en gran medida qué tipo de vida podrá llevar cada persona.
Así, la estructura básica es el objeto primario de la justicia, porque sus efectos son profundos y están presentes desde el nacimiento. No elegimos la familia en la que nacemos, no elegimos la clase social en la que crecemos, no elegimos los talentos con los que venimos al mundo. Pero todo eso, la familia, la clase, los talentos, será decisivo para nuestras vidas y todo eso está moldeado por la estructura básica. La justicia no puede exigirnos que respondamos por lo que no elegimos. La justicia debe responder por cómo la estructura trata esas diferencias que no merecemos. ¿Qué significa que la estructura básica sea justa? Significa que los derechos y deberes fundamentales están distribuidos de manera equitativa. Significa que las oportunidades no dependen del azar o del nacimiento. Significa que las desigualdades sociales y económicas solo se justifican si benefician a los menos favorecidos.
Estos son los principios que John Rawls defenderá. La pregunta más fundamental. ¿Qué es la sociedad? La sociedad no es solo un conjunto de individuos que coexisten, es un sistema de cooperación, un esfuerzo conjunto para producir bienes, distribuir responsabilidades, y organizar la vida en común.
Los seres humanos no podrían prosperar en soledad. Necesitan de otros, necesitan reglas, necesitan instituciones que coordinen sus acciones. La cooperación social es la condición de posibilidad de una vida digna. Pero la cooperación social puede ser justa o injusta. Puede beneficiar a todos o puede beneficiar solo a algunos. Puede ser voluntaria o puede ser impuesta. La pregunta por la justicia surge precisamente allí, donde la cooperación produce beneficios que deben ser distribuidos. ¿Cómo decidir quién recibe qué? ¿Cómo decidir qué cargas son razonables y cuáles no? ¿Cómo asegurar que todos participen en condiciones de igualdad?
En la obra se parte de una idea simple. La sociedad es un sistema de cooperación entre personas libres e iguales. No súbditos, no vasallos, no amos y esclavos. Personas libres que eligen cooperar porque saben que juntos producirán más que separados, personas iguales que merecen ser tratadas con el mismo respeto. Esta idea de sociedad implica un modo específico de pensar la justicia. No se trata de maximizar la felicidad total. Se trata de encontrar principios que personas libres e iguales puedan aceptar racionalmente para regular su cooperación. Esta forma de pensar la justicia tiene una tradición larga. Es la tradición del contrato social. La idea de que la autoridad política no es natural, sino convencional, de que las reglas de la vida en común deben ser acordadas por quienes las obedecen. La idea de que la legitimidad de las instituciones descansa en el consentimiento de los gobernados.
John Rawls recupera esta tradición, pero le da una forma nueva porque sabe que el contrato social histórico siempre fue un contrato entre desiguales. Y un contrato entre desiguales no es un contrato, es una imposición. El problema del contrato social tradicional es que supone que las personas negocian desde sus posiciones reales, pero si las posiciones son desiguales, el resultado será desigual. El fuerte impondrá sus condiciones, el débil aceptará lo que pueda. La justicia no será el resultado del acuerdo, será el resultado del poder. Para John Rawls, esto es inaceptable. La justicia no puede depender de la suerte de nacimiento, ni de la fuerza, no puede depender de las circunstancias que las personas no eligieron.
Para corregir esta injusticia de origen, John Rawls propone un recurso teórico radical. Imagina que quienes deben elegir los principios de justicia no saben qué lugar ocuparán en la sociedad, ni si serán ricos o pobres. No saben si serán talentosos o no, ni si pertenecerán a una mayoría o a una minoría. Están tras un velo de ignorancia. Solo saben que son personas racionales que desean cooperar. Solo saben que una vez que se levante el velo ocuparán alguna posición, pero no saben cuál.
¿Qué principios elegirían en esa situación?
Esa situación es la posición original. No es un lugar histórico, no es un lugar real, es un dispositivo teórico, y su propósito es profundamente práctico. Asegurar que los principios de justicia no estén contaminados por las contingencias que hacen a las personas desiguales.
Tras el velo de ignorancia, nadie puede presionar en favor de sus propios intereses, porque nadie sabe cuáles son sus intereses. Todos deben elegir desde la imparcialidad. Todos deben elegir principios que pueda aceptar cualquiera desde cualquier posición. John Rawls ha planteado las bases. La sociedad como cooperación, la estructura básica como objeto de la justicia, la posición original como dispositivo para elegir principios. Ahora queda una pregunta. ¿Qué principios elegirían personas racionales tras el velo de ignorancia? ¿Qué principios de justicia merecen gobernar la estructura básica de una sociedad libre e igualitaria? La filosofía tiene un recurso que la distingue de otras formas de conocimiento. El experimento mental. No necesita laboratorio, no necesita microscopio, necesita imaginación, necesita rigor, necesita la capacidad de suspender lo que damos por cierto para preguntarnos qué sería verdadero si las condiciones fueran distintas. John Rawls construye su teoría de la justicia sobre uno de los experimentos mentales más poderosos de la filosofía política, la posición original.
La posición original es una situación de acuerdo. Es el momento en que los miembros de una sociedad, representados como personas libres e iguales, se reúnen para elegir los principios que gobernarán la estructura básica de su vida en común. No es un evento histórico. No ocurrió en ningún momento del pasado. No ocurrirá en el futuro. Es un recurso teórico, pero su propósito es muy concreto. Modelar las condiciones bajo las cuales un acuerdo sobre la justicia sería verdaderamente justo.
¿Qué hace que un acuerdo sea justo
La respuesta es simple. Que ninguna de las partes pueda imponer sus ventajas sobre las otras. Pero en la vida real, las personas negocian desde posiciones profundamente desiguales. Algunos tienen riqueza, algunos tienen poder, algunos tienen talentos que la sociedad valora, algunos nacieron en familias que les abrieron puertas. Si permitimos que esas diferencias entren en la negociación, el resultado será injusto.
Los privilegiados impondrán principios que protegen sus privilegios. Los desfavorecidos aceptarán lo que puedan. La justicia será un reflejo del poder, no de la razón. Para eliminar estas desigualdades arbitrarias, introduce su concepto más conocido, el velo de ignorancia. Tras ese velo, las personas que eligen los principios de justicia no saben qué posición ocuparán en la sociedad. No saben si serán ricas o pobres. No saben si serán talentosas o no. No saben si pertenecerán a la mayoría o a una minoría. No saben su género. No saben su raza. No saben su clase social. No saben si tendrán salud o enfermedad. No saben nada de las circunstancias particulares que podrían sesgar su juicio. Tras el velo de ignorancia, nadie sabe si será inteligente o no, pero la inteligencia es en gran medida producto de la genética y el entorno.
Nadie merece ser más inteligente que otro, ni haber nacido en una familia que estimuló su desarrollo intelectual. Tras el velo, nadie sabe si tendrá talentos que la sociedad recompensará. Pero los talentos son también una lotería natural. Nadie merece haber nacido con una habilidad que otros valoran. Tras el velo, nadie sabe si será hombre o mujer. Pero el género es una contingencia que ninguna persona elige. La justicia no puede basarse en lo que no elegimos. El velo de ignorancia es la expresión teórica de una intuición profunda que ha guiado las luchas por la justicia a lo largo de la historia. Nadie debería tener ventajas o desventajas por razones que no puede controlar, como el color de su piel, el género, la clase social de nacimiento, los talentos naturales. Todo esto es arbitrario desde el punto de vista moral. No merecemos nuestras ventajas, no merecemos nuestras desventajas. La justicia consiste en parte en neutralizar el impacto de estas arbitrariedades, en construir una sociedad donde el lugar de nacimiento no determine el destino.
¿Quiénes son las personas tras el velo de ignorancia?
John Rawls las describe como personas racionales que no son ángeles, ni santos, no se preocupan por el bien de los demás por encima del suyo propio. Son personas que tienen sus propios planes de vida, sus propias concepciones del bien, sus propios intereses. Pero tras el velo saben cuáles son esos intereses. Solo saben que cualesquiera sean, querrán tener los medios para realizarlos. Solo saben que preferirán más recursos a menos. Solo saben que preferirán más libertad a menos. Solo saben que cuando el velo se levante, querrán estar en la mejor posición posible para vivir según sus propias convicciones. La combinación de racionalidad y velo de ignorancia produce un resultado paradójico. Las personas tras el velo son racionales, lo que significa que buscarán maximizar sus propias ventajas.
Pero como no saben cuáles son sus ventajas, deben elegir principios que protejan a cualquiera, porque podrían ser cualquiera. No pueden arriesgarse a elegir principios que beneficien solo a los talentosos, porque podrían ser los menos talentosos. No pueden arriesgarse a elegir principios que beneficien solo a los ricos porque podrían ser pobres. La racionalidad individual bajo el velo de ignorancia conduce a una elección imparcial. Cada uno vela por sus propios intereses, pero como no sabe cuáles son, vela por los intereses de todos. Las partes en la posición original no son personas reales, son representaciones. Cada una representa una persona real, pero despojada de las contingencias que la hacen particular. Son como ciudadanos ideales, libres, iguales, racionales, interesados en su propio bien, pero ignorantes de las circunstancias que podrían sesgar su juicio. John Rawls no está describiendo cómo las personas realmente negocian. está modelando cómo deberían negociar si quisieran llegar a un acuerdo justo.
La posición original es un dispositivo de representación, un modo de hacer visible la idea de justicia como imparcialidad, pero no inventa la idea del contrato social, la recupera de una tradición que se remonta a Locke, Rousseau, Kant, pero transforma esa tradición de un modo decisivo. El contrato social clásico imaginaba un acuerdo entre personas que sabían quiénes eran. El resultado inevitablemente reflejaba las desigualdades de poder. Introduce el velo de ignorancia para purificar el contrato de esas desigualdades. No se trata de acordar desde lo que cada uno tiene. Se trata de acordar desde lo que cada uno es como persona libre e igual. No se trata de negociar intereses particulares, se trata de elegir principios que nadie podría rechazar razonablemente.
¿Qué supuestos filosóficos sostienen este experimento mental? El libro es explícito. Las personas, para su teoría, son libres e iguales. Libres porque tienen la capacidad de formular, revisar y perseguir su propia concepción del bien. Iguales, porque todas tienen esta capacidad en el mismo grado relevante para la justicia política. No importan sus talentos específicos, no importan sus logros particulares. En lo que importa para la justicia, todas las personas merecen el mismo respeto. La posición original es el dispositivo que hace visible esta igualdad fundamental.
Tras el velo, nadie puede argumentar que merece más porque es más talentoso, porque no sabe si lo es. Tras el velo, nadie puede argumentar que merece menos porque es menos hábil, porque no sabe si lo es. La posición original es un artificio. John Rawls no lo niega, pero es un artificio con un propósito. Modelar nuestras convicciones más profundas sobre la justicia.
¿Qué principios elegiríamos si no supiéramos quiénes somos?
Esa pregunta nos obliga a tomar distancia de nuestros intereses particulares, nos obliga a pensar desde la perspectiva de cualquiera y a preguntarnos si los principios que defendemos podrían ser aceptados por alguien en una posición diferente. La posición original no es un lugar físico, es un ejercicio de imaginación moral. Es la pregunta que cada persona debería hacerse antes de defender una sociedad como justa. Aceptarías sus principios si no supieras qué lugar ocuparás en ella. Sabe que la posición original es una abstracción. Sabe que las personas reales no negocian tras un velo de ignorancia. Pero sostiene que esta abstracción es necesaria para pensar la justicia. Porque si permitimos que las contingencias, la riqueza, el talento, la clase, el género entrención de los principios, entonces los principios reflejarán esas contingencias y las contingencias, desde el punto de vista moral, son arbitrarias.
Una sociedad justa permite este desarrollo, provee las condiciones para formular proyectos de vida y fomentar el sentido de justicia. La historia está llena de negaciones de la persona moral a ciertos grupos, esclavos, mujeres, indígenas. Se les negaba racionalidad y sentido de justicia. Rolls afirma que todas las personas, independientemente de raza, género o clase, tienen estas capacidades. Son iguales en dignidad, merecen el mismo respeto. Esta concepción tiene consecuencias. Si todos tienen racionalidad y sentido de justicia, todos merecen los derechos y libertades para ejercer esas capacidades, oportunidades reales de desarrollar sus proyectos y ser tratados con respeto.



