La pandemia de la corrupción y la impunidad

Por: Gustavo Zelaya

La gestión oficial de la pandemia y las “mesas multisectoriales” muestran que el gobierno reinstala viejos voceros oficiales y los disfraza con el nombre de COHEP, Asociación de Maquiladores, Confraternidad Evangélica y redundancias similares, así, divulgan que la “apertura inteligente” de la economía y sus medidas de bioseguridad obedecen a peticiones populares. Pero esa simulación no puede ocultar que el contenido esencial de la política hondureña sea la corrupción y la impunidad. Tal cuestión verse casi desde el momento de la independencia. Desde entonces, lo importante es gobernar para enriquecerse. Es tanto el descaro de los que representan esa política vernácula, liberal o nacionalista, que al ser señalados por actos de corrupción exigen pruebas que lo demuestre. Antes ocurrió con Callejas Romero, ahora se ha visto con Marco Bográn, el de Invest-Hn, y un larguísimo etcétera.

 Desde el siglo XIX asoma la corrupción y la impunidad con la descarada estafa del ferrocarril nacional y en el siglo XXI confirman sus costumbres con casi 3 mil muertes provocadas y más de 7 mil millones de lempira robados por los gobernantes en el asalto al Seguro Social. Es tan fuerte la práctica delictiva de los políticos tradicionales que posiblemente no exista una sola entidad estatal saqueada. Todo ese accionar se torna más macabro en plena pandemia con las compras de material de salud sobrevalorado y la continua aprobación de préstamos que aceleran el endeudamiento público y engordan sus cuentas bancarias. Parece, pues, que la corrupción y la impunidad está impresa en los genes de los que han gobernado y en los que actualmente gobiernan.

Por otro lado, parece que en los momentos de crisis sanitaria los grupos del poder intentan reinventarse y anuncian algo distinto, la “nueva normalidad”, es decir, más de lo mismo en otras condiciones. Tal lenguaje no tiene ningún vínculo con la distribución equitativa de la riqueza producida en el país ni siquiera con cosméticas reformas laborales o estatales. Nada más se trata de otros usos gramaticales, simulacros públicos, espectáculos presididos por el gobernante y sus secuaces, el mismo CC-4 que en opinión de Luís Almagro es víctima de una “falta absoluta de credibilidad” y que no tiene “ninguna razón para dudar” de su honestidad y buen corazón.

Algunos momentos inmediatos de la “nueva normalidad” han sido enunciados por ciertos empresarios: Mario Canahuati, presidente de los maquiladores, sostiene que ese sector «está comprometido y recuperando el 100% de los empleos» perdidos durante la pandemia; otro incondicional del gobierno, Juan Carlos Sikaffy, presidente del Consejo Hondureño de la Empresa Privada anuncia que junio será difícil pero que” El pago del décimo cuarto mes de salario o “catorceavo” es irrenunciable… Lo que va a pasar es que muchas empresas y colaboradores van a llegar a arreglos de pago para que vayan difiriendo el pago del décimo cuarto mes de salario”, remachó Sikaffy.

La presidenta del Consejo Empresarial Latinoamericano y ex del COHEP, Aline Flores, muy seria afirma que la mesa multisectorial en apoyo a la contención del COVID-19 y sus efectos en Honduras, “es un ejemplo de unidad en favor de lo que más conviene al pueblo hondureño y en este caso es salvaguardar su salud”. Según ella lo principal de la “nueva normalidad es que todos debemos ser responsables de ciudadanos para así cuidar también a nuestras familias y compañeros de trabajo”.

El gobierno se alegra con las inversiones en el sistema de salud, aunque el crecimiento de la deuda pública parece indetenible, igual aumentan las compras de equipos médicos sobrevalorados, los salarios de los funcionarios y, con el pretexto del distanciamiento social, sigue sometiendo cualquier intento opositor, aunque permita que el virus electoral infecte los partidos políticos.

La impunidad y la corrupción son aspectos inseparables del sistema político hondureño; son momentos sustanciales de esa tradición y se manifiesta en laicos, religiosos, militares, empresarios, hasta erigir en modelos de perfección moral a los que se lucran del poder, a la supuesta “reserva moral” que avalan la responsabilidad empresarial de los que expolian recursos públicos y explotan a grandes grupos de la población.

Entre la corrupción, la ilegalidad del gobernante, el oportunismo electoral, la pandemia, la “apertura inteligente” y las concesiones del territorio nacional, parece no haber elementos esperanzadores en Honduras. Sin embargo, entre el espectáculo que cada noche muestra el gobernante con sus cadenas informativas, entre tanto bufón con mascarilla, sea médico, periodista, empresario o de alguna ONG gobiernista, no se puede ocultar el relativo reclamo popular, la diaria petición de comida en cada calle, de salud en cada esquina, en silenciosa articulación que reventará en la cara del cínico grupo gobernante.

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