La jaula sobre el río Chiquito: el ascenso y caída de la antigua “PC”

El emblemático edificio, que albergó la Antigua Penitenciaría Central, construido durante la gestión  presidencial de Marco Aurelio Soto, se ha convertido hoy en un centro de convivencia en el centro histórico de Tegucigalpa.

Tegucigalpa — Sus muros de adobe y piedra han sido testigos de revoluciones, dictaduras, versos prohibidos y gritos de libertad. Lo que alguna vez fue el lugar más temido de la capital hondureña hoy es parte del patrimonio cultural, pero sus paredes aún guardan las voces de quienes pasaron años —y en muchos casos, décadas— tras sus rejas.

Corría 1876 cuando el presidente Marco Aurelio Soto, empapado de las ideas liberales que recorrían América Latina, ordenó la construcción de algo que Honduras nunca había tenido: un verdadero sistema penitenciario. Adquirió un terreno en El Molinón, hoy barrio La Hoya, y para 1883 comenzaron los trabajos que culminarían cinco años después, durante el gobierno de Luis Bográn en 1888, con la edificación de la Penitenciaría Central de Honduras, popularmente conocida como la “PC”. 

Antigua Penitenciaría Central. Foto: Issuu.com

Treinta mil quinientos doce lempiras con sesenta y tres centavos invirtió el Estado en aquella primera etapa. Parecía dinero suficiente para una estructura con capacidad para albergar a 300 personas privadas de libertad,  pero nadie imaginó entonces que esa edificación se convertiría en el espejo donde se reflejarían las peores crisis políticas y sociales del país durante más de un siglo.

Los «hogares»

Dentro del complejo, la vida tenía una organización peculiar. A cada espacio donde dormían los internos se le llamaba «hogar», una ironía del lenguaje para describir conjuntos de cinco o seis celdas donde hombres, mujeres y hasta menores de edad —pues también funcionó una escuela correccional— compartían el encierro, separados únicamente por edades y género.

En 1889, el primer año del que se tiene registro completo, la población penitenciaria alcanzaba 184 personas: 167 hombres y 17 mujeres, un número modesto si se compara con los cerca de cuatro mil privados de libertad que llegaría a albergar en sus momentos más críticos, cuando el hacinamiento convertía cada celda en un infierno de enfermedades y desesperanza.

Pero la necesidad, como suele ocurrir, empujó a la creatividad. Las autoridades penitenciarias, conscientes de que el presupuesto no alcanzaba ni para alimentar a los imputados, decidieron ponerlos a trabajar. Los mismos internos que habitaban el lugar cultivaban los terrenos disponibles dentro del complejo, sembrando legumbres que luego vendían para su propio sustento. El Río Chiquito, vecino incómodo, solía desbordarse e inundar los cultivos hasta que los propios prisioneros construyeron, piedra sobre piedra, un malecón de ochenta metros en su orilla norte. Así, con sus propias manos, los privados de libertad  fueron moldeando el lugar que los mantenía cautivos.

La historia de la Antigua Penitenciaría Central

Poetas, políticos y perseguidos

La historia de la Penitenciaría Central no puede contarse sin mencionar a quienes poblaron sus celdas por razones que poco tenían que ver con el crimen común. Aquí estuvieron los que osaron alzar la voz contra gobernantes que no toleraban críticas e incluso a presidentes que fueron víctimas de golpes de Estado

A finales del siglo XIX, el poeta Juan Ramón Molina — una de las plumas más poderosas que ha dado Honduras— fue encarcelado por órdenes del entonces presidente Terencio Sierra. El delito: sus versos incómodos, su pensamiento libre. Unos años después, en 1904, Manuel Bonilla no soportó las críticas hacia su gobierno de algunos diputados y los envió tras estas mismas rejas. Los diputados liberales y opositores al gobierno conservador,  Policarpo Bonilla y Miguel Ángel Navarro también conocieron el sabor del encierro político.

Ya en tiempos más cercanos, los nombres se multiplican: Ramón Custodio, el incansable defensor de derechos humanos; Gautama Fonseca, el abogado de causas perdidas; Ramón Villeda Bermúdez (hijo el expresidente Ramón Villeda Morales); Carlos Roberto Reina, quien décadas después llegaría a ser presidente de la República. Todos ellos respiraron el mismo aire encerrado, miraron las mismas rejas, escucharon los mismos ruidos de una ciudad que afuera seguía su curso mientras ellos esperaban.

La era Carías y la arquitectura del miedo

Fue durante la administración de Tiburcio Carías Andino que la penitenciaría adquirió su fisonomía más reconocible. El viejo edificio fue reconstruido casi por completo, adoptando lo que los historiadores llaman «arquitectura defensiva». El complejo se extendió hacia el este, engullendo parte del barrio La Plazuela, y las murallas se reforzaron hasta parecer inexpugnables.

PROPUESTA URBANO-ARQUITECTÓNICA PARA LA ANTIGUA PENITENCIARÍA CENTRAL

Aparecieron entonces los torreones, se construyó una pequeña capilla —también de piedra— donde los privados de libertad podían encontrar consuelo espiritual. Y a la galera original se le agregó un segundo nivel, rebautizándola como «nave Carías», nombre que conservaría por décadas.

Los mismos privados de libertad, con su trabajo forzado, fueron los artífices de estas transformaciones. Sus manos levantaron los muros que los contenían, en una paradoja que se repetía una y otra vez: el preso construye su propia prisión, literalmente.

Luces entre sombras

No todo era oscuridad en aquellos muros. La década de los setenta trajo un aire diferente. Dueños de almacenes del centro capitalino, junto con algunos institutos de segunda enseñanza, lograron algo que parecía imposible: fundaron el primer colegio dentro del recinto penitenciario.

Por primera vez en su historia, la Penitenciaría Central graduó bachilleres y peritos mercantiles. Hombres que habían entrado analfabetos aprendieron no solo a leer y escribir, sino también un oficio. El viejo centro vocacional, construido durante la administración Carías pero largamente olvidado, volvió a la vida. Allí, en talleres de zapatería, carpintería y sastrería, muchos encontraron una razón para creer que la vida después de la condena era posible. Aprendían a hacer botas, muebles, trajes; herramientas para montar su propio negocio una vez en libertad.

El juzgado, la morgue y el río

Las instalaciones de la penitenciaría albergaban también otras funciones de la maquinaria judicial. En sus predios funcionaron el Juzgado Primero de lo Penal y la Morgue Judicial. Allí donde unos esperaban sentencia, otros esperaban ser identificados después de la muerte. La vida y la muerte, la justicia y el castigo, convivían en un mismo espacio.

Y luego llegó el río. El 30 de octubre de 1998, el huracán Mitch desató su furia sobre Honduras. El Río Chiquito, ese vecino con el que los privados de libertad habían aprendido a convivir desde los tiempos del malecón de piedra, creció como nunca antes se había visto. Sus aguas enfurecidas embistieron la porción occidental de la penitenciaría, derribando muros que habían resistido más de un siglo. Los reclusos saltaban de los torreones para salvar sus vidas, arrastrados por la corriente. Muchos no lo lograron.

Cuando las aguas se retiraron, la Penitenciaría Central había dado su último suspiro. Los sobrevivientes fueron trasladados a la nueva Penitenciaría Nacional Marco Aurelio Soto en Támara. El viejo edificio quedó en silencio, abandonado, herido de muerte.

Con la llegada de Jorge Aldana a la alcaldía, en 2022, se invirtieron 40 millones de lempiras para restaurar esta edificación, símbolo de la política represiva de finales del Siglo XIX y el Siglo XX, convertida, a partir de 2002, en Monumento Nacional, un espacio cultural y de memoria histórica donde se promueve la convivencia pacífica.

  • Mi continua búsqueda de conocimiento se traduce en una profunda pasión por la lectura y el análisis de las narrativas que abordan temas socioambientales. En un entorno donde el paisaje del periodismo ha experimentado una transformación significativa, mantengo firme la creencia que, incluso en la era de las redes sociales, es posible ejercerlo de manera profesional, evitando prácticas perjudiciales de sensacionalismo y desinformación que socavan nuestra labor informativa

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