Por: Rodil Rivera Rodil
No hay duda de que el gesto de las tres cuartas partes de los diputados liberales de votar por el candidato nacionalista para la presidencia de la Junta Directiva del Congreso Nacional constituyó un acontecimiento extraordinario en la historia política de Honduras. Más allá de la corrupción que algunos denuncian que pudo haber en el mismo -que en nuestro medio no puede descartarse- lo innegable es que solo puede interpretarse como el primer paso en firme del bipartidismo hacia su fusión orgánica, como una sola fuerza política, de la derecha hondureña.
Dicho sin ironía, los liberales hicieron con la mayor tranquilidad, sin ninguna pena o vergüenza, lo que antes hubiera sido impensable y causa de inexorable expulsión. Por lo demás, serán las circunstancias por venir las que determinarán si los dos partidos, en su momento, se integrarán en uno nuevo o el partido Nacional absorberá al Liberal, tomando en cuenta su mayor cohesión ideológica y la verticalidad de su estructura.
La identificación doctrinaria entre los partidos tradicionales se inició en la década de los ochenta del siglo pasado -tal vez un poco atrás- con el advenimiento del neoliberalismo en Inglaterra y Estados Unidos, y cobró fuerza como consecuencia de la irrupción de Libre en la escena política a raíz del golpe de Estado del 2009. El triunfo de este en los comicios del 2021, conseguido no tanto por su propio esfuerzo como por la coyuntura que se le dio con el abrumador repudio popular contra el expresidente Juan Orlando Hernández, provocó el pánico en la derecha que se embarcó inmediatamente en un tremendo empeño para satanizarlo y expulsarlo del poder, sin contar el decisivo apoyo que le brindó el presidente Trump.
Es oportuno aclarar que la renuencia de los apenas 10 diputados liberales que no acompañaron a sus compañeros de bancada en su respaldo al Partido Nacional no obedeció a ninguna diferencia de principios, sino, meramente, a la rivalidad que ya está planteada entre Roberto Contreras y Salvador Nasralla por la próxima candidatura presidencial del liberalismo, que todo indica que se volverá la contradicción fundamental del partido en los siguientes cuatro años y que promete ser de lo más enconada dado el temperamento que se gastan los dos, y en la que, sin duda, jugará un papel importante el visceral rechazo de Trump al segundo.
En el período que se avecina, salvo un milagro político o que el presidente Asfura nos depare una agradable sorpresa, veremos la profundización del neoliberalismo a su máxima expresión, así como la entronización -pues van juntas- de una corrupción no muy alejada de la que imperó durante el régimen de JOH.
Por lo que debemos esperar la proliferación de concesiones, exoneraciones y de negocios turbios por debajo y encima de la mesa, evasión de impuestos a diestra y siniestra, más ZEDES, la privatización de la ENEE, la supresión de programas sociales, la resurrección de los fideicomisos para poner otra vez el presupuesto de la nación bajo el control privado, y en fin, de todo cuanto favorezca a la élite del empresariado, justo como en la época de JOH. Y quien, dicho sea de paso, parece que este mismo año regresa a reasumir el liderazgo del Partido Nacional, lo que sea que eso pueda significar para el gobierno del señor Asfura.
La deriva del liberalismo hacia posiciones conservadoras tan distantes de sus históricos postulados se pudo apreciar en la primera sesión del Congreso con su iniciativa sobre la ley del empleo por hora, la cual, aparte de violentar la estabilidad laboral consagrada en el artículo 129 de la Constitución, es falso que acarreará decenas de miles de trabajos nuevos, como arguyó el diputado que la introdujo.
Lo que ocurrirá será exactamente lo mismo que cuando estuvo en vigencia, del 2010 al 2022, esto es, que lo que se contarán por decenas de miles serán los empleos permanentes que se convertirán a esta modalidad con la consiguiente reducción de salarios, y con ella, de los gastos de operación de las empresas, que es el verdadero objetivo que se persigue. Creer que la nueva redacción de la ley lo impedirá denota una mayúscula ingenuidad. El empleo por hora, además, priva a los trabajadores de su condición de sujetos de crédito en los bancos que no pueden seguir prestando dinero a quienes su fuente de ingresos se tornó precaria, a menos que dispongan de garantías adicionales.
Y que nadie se llame a engaño, en esa euforia legislativa que se ha apoderado de los diputados del bipartidismo hay mucho de hojarasca, si no de populismo. No es cierto que vayan a promulgar las reformas electorales trascendentales ni las demás de supuesto corte democrático que han ofrecido, y si aprueban algunas, serán convenientemente maquilladas para que resulten inútiles o surtan el menor efecto posible y cumplir así con la filosofía gatopardista de la derecha: «Para que todo siga como está, debemos hacer que todo cambie». Y, por si fuera poco, obsérvese que en la vehemencia que los embarga no ha habido ni una sola mención seria de los tópicos que tocan lo más hondo de nuestra sociedad, como son la pobreza y la desigualdad.
Lo que buscaba la derecha era sacar a Libre del poder y ya lo logró. Ahora, tiene que demostrar que puede hacer mejor las cosas. Porque la gente está cansada y ya no quiere saber nada del tema electoral. Ni siquiera que el embajador de Francia, cual moderno Quijote, se dedicaba a rescatar a las doncellas que corrían despavoridas en la madrugada por las calles de Tegucigalpa huyendo de Libre.





