Reflexiones
Por. Rodil Rivera Rodil
He leído y oído en las últimas semanas infinidad de declaraciones de diversos políticos de los partidos tradicionales -más del Partido Liberal, por cierto- exigiendo indignados que el Congreso Nacional estrene el juicio político acusando a no sé cuántos funcionarios y ex funcionarios de Libre por tampoco recuerdo cuántos delitos políticos y no políticos. Los más graves, según parece, que se han cometido en toda la historia de Honduras, lo que explica la santa cólera que los embarga, ya que sus correligionarios que han ejercido el poder -JOH incluido, por supuesto- han sido tan virtuosos que ahora mismo podrían ser canonizados sin trámite alguno.
Si bien los juicios políticos en sus orígenes, en la Inglaterra del siglo XIX, se instituyeron para perseguir a los ministros y otros servidores del Rey por los delitos que cometieran contra la corona, en la actualidad, solo sirven de instrumento de los políticos para deshacerse de sus adversarios, por lo que, más que juicios, propiamente dichos, constituyen meros espectáculos de circo. He aquí la definición que de ellos brindó el ex presidente Gerald Ford en 1970: “Son -dijo- lo que el Congreso y el Senado de los Estados Unidos quieren que sean para destituir al presidente”.
He escuchado, igualmente, a algunos comentaristas y periodistas apoyar dichos juicios con el argumento de que la vida da vueltas y ahora toca al gobierno anterior pagar por lo que sea que le haya hecho a quien haya sido. Lo que, en cualquier parte, no digamos en medio de la polarización que vivimos en Honduras, solo tiene un nombre: revancha o venganza, aun cuando los que la promueven juren y perjuren que lo hacen en nombre de la justicia y la democracia.
Esa “justificación”, además, sigue una lógica retorcida, dado que, a la postre, la venganza en política acarrea su propia negación, por cuanto la vida no da una sola vuelta, sino que las sigue dando sin parar. Y nadie puede asegurar que en una de ellas Libre -o cualquiera de los partidos tradicionales, puesto que el precedente será válido para todos- no se hallará de nuevo en el poder, y por lo tanto, en su turno de cobrar venganza de la venganza, y así sucesivamente, hasta que algún día llegue al poder alguien cuerdo que le ponga término a semejante sinrazón.
Entre los que los reclaman se hallan también los que su motivación fundamental no es tanto política como ideológica, cual es el odio que les ha generado su anticomunismo troglodita copiado del que a mediados del siglo pasado se apoderó de la extrema derecha de los Estados Unidos y dio paso a una enardecida “caza de brujas”, como se la llamó, promovida por el senador Joseph McCarty contra políticos, artistas, profesionales, actores de cine, a las propias Fuerzas Armadas, y en fin, contra buena parte de la intelectualidad norteamericana, a la que acusaba de ser “agente de Moscú”. Y que más tarde, durante la Guerra Fría, inspiró la tristemente célebre “Doctrina de la seguridad nacional” con la que, entre muchos otros desafueros, se indujo u obligó a los ejércitos de América Latina a derribar los gobiernos sospechosos de “poca lealtad” a Norteamérica. Y la que ahora, dicho sea de paso, pudiera estarse reviviendo bajo el eufemístico nombre “Escudo de las Américas”.
La historia prueba que nunca ha sido aconsejable mezclar la política y la ideología con sentimientos extremos de ninguna clase, y menos, con exaltadas pasiones. Se pierde la serenidad y la objetividad que se requieren para navegar en este proceloso mar, que lo mismo puede llevar a la toma del poder que a la cárcel o al destierro. E igual puede acontecer con los vencedores que abusan de su victoria.
Breno o Brennus fue un caudillo galo (de lo que ahora es Francia) que en el año 390, antes de Cristo, consiguió tomar Roma e impuso el pago de una gran suma para liberarla. Muy pronto, se cuenta, los romanos descubrieron que la balanza en la que debían colocar sus joyas y dineros para reunir el rescate había sido alterada significativamente. Pero ante sus protestas, Breno desenvainó su enorme espada y la lanzó sobre el platillo de contrapeso con soberbio gesto exclamando: “¡Ay de los vencidos!”, expresión con la que hasta el día de hoy se entiende que los vencidos no deben pedir ni esperar piedad de los vencedores.
No obstante, a los pocos días, en un inesperado vuelco de su suerte, Breno fue aplastado por un violento contraataque que logró montar el general romano Marco Furio Camilo desde su destierro en la cercana ciudad de Ardea. Y algo similar le ocurrió al mencionado senador McCarty con su rabioso anticomunismo, pues terminó su carrera hundida en el total desprestigio y en un funesto alcoholismo que lo condujo a la muerte a la temprana edad de 48 años.
La democracia, por definición, implica la coexistencia de todas las formas del pensamiento político, incluyendo, desde luego, el progresista o de izquierda. Y el odio y la venganza, sostienen los entendidos, son perturbaciones del alma viles y contraproducentes. Aunque la peor es el rencor que nos impulsa a la venganza, pero nos engaña al hacernos creer que quedaremos impunes. Como desde hace mucho lo proclaman las sabias palabras atribuidas a Confucio: “Si buscas venganza, cava dos tumbas”.
Tegucigalpa, 11 de marzo de 2026.





